Nadie tiene que marcharse

Hace pocos días un destacado político extremeño dejó ir una frase desgraciada: «Si Catalunya se declara independiente que nos devuelva a los 150.000 extremeños que nos fueron sustraídos». Cabe decir que al día siguiente se disculpó. Y las disculpas deben aceptarse.

Por lo tanto este editorial de hoy no pretende ser ni polémico ni agresivo con este extremeño. Ni contra nadie en particular. Ahora bien, cuando se escapa una frase como esta es porque existe una percepción y un estado de ánimo recelosos. No siempre del todo conscientes, pero que por la razón que sea están ahí y son suficientemente importantes como para provocar en un momento dado frases tan fuera de tono como la que comentamos.

No es la primera vez que cuando la reivindicación nacional cobra un fuerte impulso, ante la actitud cerrada española, se produce una situación muy tensa. Que cuando la opción independentista toma vuelo hay quien –en Catalunya mismo o desde fuera de Catalunya– intenta utilizar el hecho de que muchos catalanes sean de cerca o de lejos originarios de fuera de Catalunya para provocar reacciones contrarias a una posible independencia catalana, ya sea avivando sentimientos anticatalanes, ya sea fomentando el miedo por lo que en una Catalunya independiente pudiera ocurrir con la gente de origen no catalán. Incluso recorriendo al engaño de que «os van a echar». Y, ahora, con una variante, la de «que nos devuelvan a los extremeños que nos sustrajeron».

A parte de la rectificación del propio autor de la frase, lo que ha habido es la respuesta de muchas personas de origen extremeño que viven en Catalunya -muchas de ellas desde hace muchos años- expresando su desacuerdo. Y muchas de ellas manifestando también que Catalunya no las sustrajo, que vinieron aquí por razones no imputables a Catalunya y que aquí, ellos y sus familias –hijos y nietos–, se han establecido y que se sienten de aquí. Eso nos alegra a todos y nos honora.

Es evidente que gran parte del crecimiento de la población de Catalunya durante todo el siglo XX no fue vegetativo, sino por inmigración. Y que ahora una proporción realmente importante de la población catalana mucho o poco es fruto de esa inmigración. Por la vieja ilusión que algunos políticos españoles habían tenido de que la inmigración borraría la personalidad de Catalunya ha fracasado. Esa ilusión ha fracasado.

La convivencia cotidiana, la mezcla en todos los ámbitos –también el familiar– de catalanohablantes y castellanohablantes, la existencia de un ascensor social muy eficaz para todos los ciudadanos de Catalunya, y en general la actitud de la sociedad catalana, han hecho que en Catalunya haya convivencia y mezcla, cohesión y respeto.

Así ha sido. Y así debería ser, llegado el caso, si Catalunya fuera independiente. Y así sería. Porque Catalunya tan solo es viable consolidando la mezcla y la integración, la convivencia, el respeto entre todos y un proyecto común.

Al servicio de esto ha habido desde hace muchos años un proyecto y una idea. De hecho, una idea de lo que quiere decir ser catalán. Más allá del lugar de nacimiento, de la lengua y de los antepasados. Una idea formulada y defendida por varios sectores políticos y sociales. Desde la idea, que viene de lejos, que «es catalana cualquier persona que vive y trabaja en Catalunya, y que lo quiere ser y acepta serlo» hasta el eslógan más reciente –de hecho el primero en formularlo fue el PSUC– de «Catalunya, un sol poble». O bien la idea de que lo que cuenta más que la sangre es la tierra, como decía Candel. O bien la de que los hombres y las mujeres somos de donde son nuestros hijos y nuestros nietos.

Somos del futuro. Y por eso necesitamos un proyecto colectivo. Que Catalunya debe estar en condiciones de formular y proponer a su gente. A toda la gente que vive y trabaja en Catalunya. Y eso no lo podrá hacer en las condiciones que a estas alturas nos imponen. Por eso cuando ya parece que definitivamente, después de la sentencia del Tribunal Constitucional y de la política practicada por los partidos españoles, nos imponen un marco institucional, financiero y social que hace que Catalunya sea inviable como una sociedad de progreso económico, de bienestar social, con identidad respetada y con todas las herramientas que ayudan a la convivencia, con muy poco tiempo, después de la sentencia del Tribunal Constitucional, mucha gente del país ha virado ostensiblemente hacia la independencia. De una Catalunya de la que no se debería tener que marchar ningún catalán. Y ya ha quedado dicho qué es un catalán, una catalana.

Es de agradecer que una personalidad importante de Extremadura dijera lo que dijo. Porque lo rectificó enseguida. Y eso le honra. Y nos ha dado la oportunidad de recordar de acuerdo con nuestra vieja idea, y voluntad, que en Catalunya (independiente o no) cabe todo el mundo, y que es de Catalunya todo aquel que quiera serlo. Y que el país se debe construir al servicio de todos.

Jordi Pujol, expresidente de la Generalitat.

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