Napoleón no está muerto

El hecho de empezar el año evocando la memoria de Napoleón es, sin lugar a dudas, un propósito inesperado, pero resulta que he dedicado las vacaciones de Navidad a leer una biografía de Napoleón de un historiador británico, Andrew Roberts (Napoleon, a life). Por principio, evito leer nada sobre Napoleón, sin duda porque cuando era pequeño, condicionado por la escuela pública francesa, admiraba a ese tirano. Hace mucho tiempo que me he deshecho de esa veneración estúpida, pero sigue afectando a una gran mayoría de los franceses. Y siguen publicándose libros de Napoleón en todos los idiomas cada año, que se suman a los 60.000 de los que se tiene constancia en el mundo, desde el primero de ellos dictado por el propio Napoleón: El Memorial de Santa Elena. Las críticas tan elogiosas de la obra de Andrew Roberts, en Gran Bretaña y en Estados Unidos, vencieron mis reticencias; me dejé tentar y no me arrepiento. Por lo general, las biografías de Napoleón escritas por los franceses son ha giográficas, y siempre generan odio cuando se publican en Gran Bretaña y, más todavía, en Rusia. Estos son, que yo sepa, los tres principales países productores.

Andrew Roberts no sigue los cánones tradicionales y propone una biografía que es casi una autobiografía, porque se basa fundamentalmente en la correspondencia de Napoleón, que era un grafómano que dictaba o escribía veinte cartas al día, de las que nos han llegado varias decenas de miles. Lo que me llamó la atención sobre todo fue la tesis fundamental del autor, que nos convence de que Napoleón fue, en realidad, su principal enemigo y que solo fue vencido por él mismo. Por su ambición desmesurada e ilimitada, su hybris, como decían los griegos, pero también –esto es más interesante, más nuevo y más actual– por su ignorancia de los principios elementales de la economía. Esta ignorancia de la economía, e incluso su negación (lo que los políticos llaman pomposamente «voluntarismo»), sigue siendo una enfermedad francesa, pero también afecta a dirigentes políticos de todo el mundo.

Según Andrew Roberts, el bloqueo continental, la prohibición del libre cambio entre Europa y Gran Bretaña, fue el error fatídico del Emperador. Prohibir el comercio, tanto en aquella época como hoy, es ir en contra de la naturaleza humana y empobrecer a los pueblos a cuyo cargo se está. Napoleón, que no escuchaba a nadie más que a sí mismo, atribuía cualquier revés en el bloqueo a su aplicación imperfecta, y así es como se vio obligado a aumentar incesantemente sus conquistas, a fin de controlar todos los puertos de Europa, desde el mar del Norte al Mediterráneo, aunque en vano. Las mercancías británicas pasaban a pesar de todo, mientras que el contrabando permitía sobrevivir a los europeos de la misma manera que el mercado negro, en tiempos de la Unión Soviética, garantizaba un sustento mínimo a la población. Para acabar con el bloqueo, el Imperio Ruso se volvió contra Napoleón en 1812, y fue el primer acto de su caída final. La economía determinó la historia.

Si hubiese renunciado al bloqueo, Napoleón habría seguido siendo el soberano de una Francia poderosa, y le habría evitado a Europa diez años de guerra y varios millones de víctimas. Andrew Roberts atribuye el proyecto de bloqueo al odio a Inglaterra y al fracaso de la invasión, pero citaré una anécdota que no está en su libro y que muestra que el desconocimiento de Napoleón (y de cualquier déspota) de las leyes de la economía se remonta más atrás en el tiempo. Resulta que, en 1803, Jean-Baptiste Say, al que se considera el primer profesor de Economía de la historia de Francia, publicó un Tra tado de economía política en el que recopilaba las leyes de la economía tal y como se conocían entonces, incluyendo, entre otras, las enseñanzas de Adam Smith.

Say enunciaba, en concreto, que los motores del crecimiento eran «el empresario», un término que inventó, y el libre cambio. Napoleón convocó a Jean-Baptiste Say (no sabemos si el intercambio fue escrito u oral) y le ordenó que modificase su obra para incluir en ella el elogio al Estado y al proteccionismo. Say se negó, y el Tratado fue prohibido y solo se publicó después del Imperio. Desde entonces existe en economía una «ley de Say» que afirma que los productos crean sus propios mercados y a la que ahora se conoce más comúnmente como «ley de la oferta» (o supply side economy). Esta ley de Say inspiró concretamente al reaganismo y en ella se basa Silicon Valley. Allí, los empresarios no dejan de inventar productos inéditos antes de identificar a sus futuros consumidores: la oferta crea efectivamente la demanda.

Pues bien, creo que este enfrentamiento entre Say y Napoleón sigue siendo eterno. En 2015, en toda Europa, los defensores del principio de realidad (y de la ley de Say contra el hybris napoleónico), los que aceptan la naturaleza humana tal y como es y las leyes de la economía tal y como existen, se medirán a los «voluntaristas» en unas elecciones. Estos son, en la derecha y en la izquierda, los herederos, evidentemente inconscientes, de la ideología napoleónica. El desenlace del enfrentamiento es incierto, así como el destino de los europeos que se derivará de él.

Guy Sorman

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