Natural, un calificativo equívoco

Muy a menudo utilizamos el calificativo natural refiriéndonos a muchas cuestiones, en particular las que se refieren a ciencia o tecnología, pero también a objetos de consumo e incluso a comportamientos. Nuestra forma de vida integrada en grandes ciudades donde viven millones de individuos nos hace idealizar un mundo sin artificio. Aunque históricamente no siempre ha sido así, llenamos de valores positivos todo lo que nos dicen que viene de la naturaleza sin adulterar. La promoción indiscriminada de lo que alguien califica como natural puede dar lugar a equívocos y puede acabar sintiéndose como una dictadura.

Cuando buscamos la definición de natural, encontramos en diferentes diccionarios el concepto articulado en contraposición a artificial, que sería lo que ha sido construido con artificio, es decir, por la actividad humana. Esto plantea de entrada sus dificultades, y una de ellas es que la especie humana es tan natural como cualquier otra y su actividad es parte de la evolución del planeta. Por tanto, la distinción muy a menudo puede ser arbitraria. Pero la dificultad viene sobre todo de los valores que queremos incluir en este concepto, que van cambiando con el tiempo y que significan cosas diferentes para cada individuo. Solo hay que recordar que no hace mucho se calificaba de forma generalizada la homosexualidad de actividad «contra natura».

También vemos muy a menudo el uso del concepto natural para proponer un producto. Aparece en todo tipo de alimentos; por ejemplo, en los que el reclamo de natural se vende como un aspecto positivo, en contraposición a maneras más elaboradas de prepararlos. Pero no se tiene en cuenta que siglos de agricultura los han hecho muy diferentes de lo que se puede encontrar en la naturaleza, y que por ello son más productivos y seguros. O también aparece esta contraposición cuando se trata de aplicar nuevas metodologías de reproducción asistida o de diagnóstico prenatal, sin hablar de aquellas que se utilizan al final de la vida. Cuántas veces se ataca alguna nueva tecnología de uso en medicina o alimentación como antinatural, cuando puede ser la manera de resolver problemas y su riesgo puede haber sido evaluado ampliamente. Una de las instituciones más respetadas del campo de la bioética, el Nuffield Council of Bioethics de Gran Bretaña, publicó el año pasado un muy exhaustivo informe sobre el tema en el que analiza cómo se introduce este concepto en los debates, sobre todo en relación con las nuevas biotecnologías, pero también en el comercio. Termina haciendo unas recomendaciones que proponen evitar el uso del concepto natural y sugiere que cuando se utiliza para vender un producto o defender una idea en el debate público, los valores que cada uno le quiere poner detrás se hagan explícitos.

Lo que nos puede preocupar más puede ser la inclusión de conceptos como este a la hora de construir la sociedad que queremos en el futuro. Clásicamente ha habido dos vías de pensamiento en esta cuestión: la que nos dice que la naturaleza vivía en un estado de armonía antes de la acción de los humanos, y otra que nos dice que la vida de los humanos ha sido una lucha constante para quitarnos de encima los peligros y dificultades que produce la naturaleza sobre nosotros. Actualmente parece que esta lucha haya sido ganada por los humanos, pero que esté habiendo como una revancha de la naturaleza por los excesos que estamos haciendo. Seguramente es necesario que actuemos para corregir algunos de estos excesos, que, en particular, están influyendo sobre el clima de forma que puede alterar la forma como vivimos. Pero al mismo tiempo no parece que la vía sea idealizar todo lo que no es producto de la acción humana. Nuestra vida actual, en la que más de la mitad de los humanos vivimos en zonas urbanas, depende de multitud de artificios, algunos de ellos muy complejos, como la misma producción de energía eléctrica, sin los cuales la sociedad tal como la conocemos no podría existir. Y tenemos que ir muy lejos para encontrar algún lugar del planeta que no esté influido de algún modo por la actividad humana.

En algunos lugares de la Tierra se ha intentado restaurar un mundo alejado de la sociedad tecnológica y urbanizada. El año pasado se recordaban los 40 años de la llegada al poder en Camboya de los Jemeres Rojos, que forzaron a millones de personas a abandonar las ciudades y volver al campo. El resultado de dos millones de muertos da que pensar. Es un caso muy extremo, pero vamos sintiendo propuestas políticas o ideológicas, e incluso comerciales, que hacen referencia al retorno a un estado natural que idealizan. No hay duda de que debemos reflexionar sobre la presión que la actividad humana está haciendo sobre el conjunto del planeta y que puede acabar siendo perjudicial para la misma vida de los humanos. Necesitamos propuestas en este sentido, pero hay que explicitar los valores que se quieren defender y ser muy conscientes de sus consecuencias.

Pere Puigdomènech, investigador.

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