¿Navidad o solsticio de invierno?

Tierra Santa vuelve a mandar en el prime time de los medios de comunicación. Por un lado, el presidente Trump quiere ejecutar una antigua decisión del Congreso de Estados Unidos, por la que Jerusalén debe ser el destino de la actual embajada en Tel- Aviv. Por otro, la cercana Navidad pone en portada el viejo debate del sentido de los símbolos religiosos en los espacios públicos. Y si el primer tema tiene una carga política importante, el segundo muestra también una interesante vertiente jurídica ante los Tribunales de Justicia. Esto ha ocurrido, por ejemplo, en Estados Unidos y Francia. El Consejo de Estado francés (noviembre de 2016) decide, en dos sentencias simultáneas y algo complejas, que, si el cristianismo es un elemento de la cultura francesa, los belenes pueden estar presente en los espacios públicos, siempre que no tenga la finalidad de proselitismo religioso. Es decir, en la medida en que se mueva en el marco de los eventos culturales, artísticos o festivos. Algo parecido vino a decir el Tribunal Supremo norteamericano en Lynch v. Donnelly (1984). Lo que posteriormente confirmó en la sentencia Scarsdale v McCreary (1985). En este caso, el Tribunal Supremo ha entendido legítima la presencia de un belén en un parque público, aduciendo el valor de la tradición y el carácter cultural de la representación de un suceso importante para la historia de la civilización. El belén, de algún modo, era comparable a la exposición de cientos de cuadros religiosos en los museos sostenidos por el Estado, como la National Gallery. Por el contrario en Allegheny County v. Greater Pittsburgh , (1989) entendió que un belén instalado sobre la escalinata de acceso a un Tribunal, en la medida en que contenía un lema espiritual, podría entenderse como proselitismo.

El último pronunciamiento judicial -aunque de rango inferior- es la sentencia emitida por un juez federal de distrito Freedom From Religion Foundation (FFRF) v. Gobernador Greg Abbott. (13 octubre 2017) Es una curiosa decisión que valida un «belén laico». Esta es su síntesis. Una organización atea (FFRF) coloca un belén satírico que representa a tres padres fundadores (Franklin, Jefferson y Washington), celebrando la Declaración de Derechos americana (15 diciembre de 1791), que aparece colocada sobre un pesebre.

El Gobernador Abbot ordenó que se retirara la exhibición de FFRF, argumentando que «el tono satírico de la representación» ofendía los sentimientos de parte de la población. El tribunal dictaminó que Abbott violó los derechos de libertad de expresión de FFRF. Es curioso observar que, con frecuencia, el llamado «laicismo radical» en vez de defender con franqueza su posición tiende a emular la religión en su simbología, en una suerte de mimetismo provocador que logra popularidad a costa de otros.

Si me he detenido algo en esta decisión es porque, desde mi punto de vista, parece evidente que cuando se elige un belén para expresar un hecho de caracter cultural relevante, indirectamente está resaltándose la importancia cultural del acontecimiento que representa: la Navidad.

En definitiva, es esto también lo que ha venido a decir el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo (Lautsi, 2011), al entender que instalar un símbolo religioso en un colegio público, pertenece al margen de apreciación del Estado correspondiente, es decir, considerarlo o no como un signo de identidad de un pueblo, y un símbolo del sistema de los valores de libertad, igualdad, dignidad humana y tolerancia.

En el fondo, la jurisprudencia aludida -de una u otra forma- alerta frente a posiciones jurídicas de un cierto «vandalismo cultural», que puede desembocar en una suerte de Alzheimer histórico, de amnesia ante las raíces culturales de los pueblos.

Hace unos días he coincidido en la Asociación Española para el Estudio del Derecho Europeo con J.H.H. Weiler, un constitucionalista de origen judío, profesor de la New York University y presidente del Instituto Universitario Europeo (Florencia). Está considerado uno de los más importantes estudiosos de la integración europea. Curiosamente, y no obstante ser judío, ha escrito uno de los libros más rigurosos sobre las raíces cristianas de Europa. Para él, buena parte de la cultura europea está condicionada por su herencia cristiana y también por la lucha contra dicha herencia. El influjo cristiano sobre la cultura occidental es simplemente abrumador: en la arquitectura, en la música (sobre todo la clásica), en las artes figurativas, en la literatura o en la poesía. Algo similar ha pasado con la cultura política, en el campo de las ideas y de los valores: la sensibilidad moral europea está condicionada por la herencia cristiana y, más recientemente, por la lucha contra ella.

Algo parecido a lo que ha dicho Ben Stein, escritor y ganador de un Emmy: «Soy judío y todos mis antepasados lo fueron. Y no me molesta en absoluto cuando la gente llama a esos iluminados árboles, ‘árboles de Navidad’. No me siento amenazado. No me siento discriminado. Porque eso es lo que son: árboles de Navidad. No me molesta cuando la gente me dice Feliz Navidad. No me molesta si hay un pesebre en un cruce de carreteras cerca de mi casa. Si la gente quiere un nacimiento a mí me parece bien, como bien me parece que unos pocos metros más allá esté una Menorah (Candelabro de siete brazos, que es uno de los símbolo más antiguos de la religión judía) No me gusta que me avasallen por ser judío y no creo que a los cristianos les guste que les avasallen por ser cristianos».

Hace un tiempo, en la Universidad de Turín, recibí -junto con Sir Alan Peacok (economista inglés) y Gerald Wells ( neuropatógo, también inglés)- el Doctorado Honoris Causa por esa prestigiosa institución. Mi discurso versó sobre las Bases de la cultura jurídica europea. En la celebración posterior, un grupo de académicos de diversas ideologías coincidimos en resaltar con Louis Moulin que, cuando se contempla el complejo entramado de relaciones entre el cristianismo y las instituciones jurídicas y políticas de Occidente, se detecta que nuestras opciones políticas fundamentales dejan entrever reflejos secularizados y democratizados de infraestructuras religiosas que veinte siglos de cristianismo han inscrito en el patrimonio sociocultural de Europa. Desde los rasgos que marcan la silueta de los principios liberales de la defensa e instauración de un orden laico de la vida -en el cual todos los hombres puedan vivir y buscar la verdad a través de la libertad- hasta esa inspiración solidaria que late en los socialismos modernos, siempre que los consideremos desvinculados de sus desviaciones totalitarias.

Repárese, que los grandes protagonistas de la unificación europea (Schuman, Adenauer, De Gasperi) eran políticos de extracción cristiana y, por lo tanto, amantes de la libertad. Su sueño de una Europa unida, surgido de las cenizas de la Primera Guerra Mundial y reforzado por los horrores de la época nazi, derivaba directamente de su odio a la tiranía. Coincidían así con Arnold Toynbee, para el que la causa más de fondo de la profunda crisis del mundo occidental entre la Primera y la Segunda Guerra mundiales se encontraba en el alejamiento de los valores espirituales con un desmedido culto a la técnica, a la nación y al militarismo. Para Toynbee, había que regresar a respirar oxígeno en la herencia religiosa de todas las culturas, pero especialmente en «lo que ha quedado del cristianismo occidental».

Efectivamente, los fundamentos cristianos de nuestra civilización -incluida la española- parecen dormir entre el estrépito de una sociedad «Macdonalizada» (George Ritzer), en medio de las «catedrales del consumo». Pero estos permanecen en capas subterráneas, como lo hace el petróleo en la piedra pómez. Y, de pronto, emergen suave pero firmemente. Y no me refiero ahora al derrumbamiento de los sistemas ideológicos que durante más de 70 años sustentaron a los países del Este. Apunto, más bien, a ese tiempo que llamamos Navidad. Por eso prefiero esta denominación a la de «solsticio de invierno», con todo respeto para los que no opinen así.

¡ Ah !, y Feliz Navidad para los lectores.

Rafael Navarro-Valls es catedrático, académico y presidente de las Academias Jurídicas de Iberoamérica.

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