Navidades con Arafat en Belén

Dos semanas después de regresar a mi país, el 18 de mayo de 1994, tras la firma del Acuerdo Gaza-Jericó, decidí viajar de Gaza a Belén y Jerusalén después de un largo día de trabajo.

Llegué al atardecer, ya demasiado tarde: la Plaza de la Natividad estaba desierta y las tiendas tan cerradas como las puertas de la Basílica de la Natividad. Eché un vistazo por la plaza y caminé por ella, para después volver a mi coche totalmente decepcionado. Entonces, algo milagroso ocurrió. De repente, la plaza cobró vida. Las campanas de la iglesia comenzaron a tañer, los cierres de las tiendas se levantaron y los portones del templo chirriaron al abrirse. Mucha gente acudía a decirme: “Bienvenido a Belén. ¿Cuándo llega el Viejo? Viene usted a preparar la visita de Abu Amar, ¿verdad? Ahlan Uasahlan“.

Me invitaron a entrar en la iglesia, en las tiendas y en los corazones de los talhamíes, que así llamamos nosotros a los habitantes de Belén. Nadie aceptaba ni un céntimo por lo que compraba. Nunca olvidaré ese momento, ni tampoco la generosidad de Belén y de sus gentes.

Esa feliz ocasión se me quedó dentro hasta la Navidad de ese mismo año. Nunca había estado en Belén en esas fechas, así que esperaba con impaciencia la llegada del 24 de diciembre de 1994. Abu Amar, esto es, Yaser Arafat, había llegado a Gaza un mes después de mi primera vista a Belén, y estaba igualmente deseoso de ir, pero le informaron de que no se le permitiría entrar en Cisjordania hasta que Israel cediera allí el control a la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Yo decidí probar suerte.

Llegué desde Gaza cuando ya había oscurecido. La gente ya estaba empezando a congregarse en la Plaza de la Natividad. Hacía un poco de frío, pero el calor que emanaba de los reunidos se imponía. A medida que la plaza se iba atiborrando de gente, se iba escuchando un murmullo: Nabeel Shaat está en Belén y puede que Abu Amar venga también.

El proceso de paz se hallaba entonces en su apogeo. En Gaza y Jericó, la Autoridad Palestina estaba constituyendo el primer Gobierno palestino. Había problemas, pero hacíamos lo posible por solventarlos. El principio de “Gaza primero” se iba a extender pronto a Cisjordania. Ese año, la Navidad tenía un sabor especial. Eran unas fiestas felices, gozosas. Yo estaba como flotando. Después de 46 años en el exilio, había vuelto para pasar las Navidades en Belén.

Visité al alcalde y a su corporación, en la que había muchas personalidades de Cisjordania. Regresé a la plaza y saludé a todo el mundo con un abrazo y los tradicionales tres besos palestinos en las mejillas. Los coros y las bandas musicales visitantes estaban comenzando a actuar en un escenario instalado a tal efecto en la plaza.

Entré en la iglesia, donde me presentaron a todos los sacerdotes que allí había, y pregunté: “¿Puedo asistir a una misa cristiana?”, algo que condujo a horas y horas de negociaciones. Los israelíes se negaron tajantemente a dejarme entrar. Gady Zohar, jefe de la administración civil israelí en Cisjordania, fue quien dirigió esas negociaciones. Pocos días antes estábamos en El Cairo tratando sobre el traslado gradual de la autoridad en Cisjordania a la ANP, pero ahora se negaba a permitirme entrar en la iglesia, y contaba con sus soldados para imponer su decisión. Según me dijo, el “statu quo” dictaba que a la iglesia asistieran las autoridades competentes en el momento, y como nosotros aún no gobernábamos en Belén, se negaba a dejarme entrar, ya que mi presencia en el interior del templo podría indicar la existencia de un acuerdo sobre Cisjordania al que todavía no se había llegado.

En cambio, todo lo que hacían los israelíes condicionaba de antemano ese acuerdo: sus asentamientos, su apropiación de tierras en Jerusalén y toda la ocupación en sí de nuestro territorio. Así que mi asistencia a la misa de Navidad en Belén se convirtió en la única “actividad ilegal” que los israelíes lucharon por evitar esa noche. Quedó claro que se había consultado a Rabin y que la respuesta había sido un no rotundo.

Sentí amargura, decepción y tristeza, pero desde luego no quería estropear esa maravillosa noche. No obstante, justo antes de que comenzara la misa del gallo, fui introducido subrepticiamente, como por arte de magia, dentro de la iglesia. Asistí a la misa de modo clandestino y contemplé la imponente figura del patriarca Sabah que, acompañado de varios magníficos sacerdotes, la dirigía desde una balconada interior cercana al techo del templo. Estaba fascinado. Me calmé y recobré la serenidad. Era de nuevo un feliz niño palestino que, ante el pesebre de Belén, se empapaba de toda esa santa atmósfera de espiritualidad, amor y paz que Jesucristo, Al-Sayyid Al-Masih, había llevado a Palestina. Al año siguiente, Inshallah, asistiría oficialmente a la misa de Navidad en la basílica, y esta vez con Abu Amar. Y así fue.

El Acuerdo Transitorio se firmó en Washington y la Autoridad Palestina fue poco a poco tomando el control de las ciudades y principales localidades y pueblos de Cisjordania, a excepción de nuestra ciudad santa de Jerusalén. En Navidad, Belén se convirtió en una ciudad palestina liberada y nosotros en una Autoridad con capacidad de gobierno.

En la Navidad de 1995 yo me había casado con Raja Abu Ghazaleh, una encantadora mujer de Nablús que trabajaba con Faisal Huseini en la llamada Casa de Oriente de Jerusalén. Para nuestro regocijo y el de miles de palestinos que celebraron esa Navidad en Belén, el 24 de diciembre de 1995 entré en esa ciudad junto a mi novia, mi hermano y mis amigos, acompañando a Yaser Arafat. Dentro de la basílica, Raja y yo nos sentamos en la parte delantera, al lado de Abu Amar y su esposa. En la plaza, que estaba abarrotada, miles de personas celebraban la Navidad. Abu Amar estaba por fin allí.

Desde ese momento y hasta la Navidad del año 2000, entre el 23 de diciembre y el 19 de enero Abu Amar se instalaba en el monasterio de la Basílica de la Natividad, y asistía a ritos navideños católicos, protestantes, ortodoxos y armenios. Yo estaba con él casi siempre. A él le encantaba todo eso, y Belén estaba encantada con él.

Arafat puso un gran empeño en reconstruir y renovar la ciudad para las celebraciones de la llegada del Tercer Milenio posterior al nacimiento de Jesucristo. Invitó a dirigentes de todo el mundo y muchos de ellos acudieron. Solía decirme: “Palestina, ya Nabeel, es santa por sus santos lugares y por sus ciudadanos cristianos y musulmanes. Sin Belén, Jerusalén y los cristianos, Palestina no sería la Tierra Santa. Solo seríamos un territorio ocupado más del Tercer Mundo”.

Arafat se casó con una cristiana palestina que le acompañaba todos los años. En Belén se encontraba de maravilla y la ciudad le quería. Pasar allí la Navidad era su momento de felicidad anual.

Pero el 24 de diciembre de 2001 el asedio israelí le impidió acudir a su amada ciudad. Y ya no pudo volver más.

Los israelíes tampoco le habían permitido nunca visitar Jerusalén, su patria chica y la encarnación de todos los sueños de Palestina, del propio Estado palestino. Únicamente pudo verla de lejos, desde un helicóptero que en 1994 le llevaba desde Gaza a Jericó. Viajábamos juntos y, cuando vio la cúpula dorada de la Mezquita de la Roca, lloró en silencio.

Abu Amar manifestó su deseo de ser enterrado en Jerusalén, en la Mezquita de Al Aqsa, pero los israelíes ni siquiera le concedieron eso. Fue enterrado temporalmente en Ramala, hasta que Al Quds Al Sharif, como él llamaba a Jerusalén Este, vuelva a ser la capital de una Palestina libre.

Desde que murió Abu Amar, no he vuelto a asistir a la Basílica de la Natividad durante las Pascuas, pero aún quiero a la ciudad de Belén y nunca he olvidado mis primeras Navidades en ese templo.

Nabeel Shaath, dirigente de Al-Fatah y fue responsable de Asuntos Exteriores palestino de 1994 a 2004. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo

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