¿Necesita Dios una radio?

Por Quintín García González, sacerdote dominico y periodista (EL PAÍS, 09/11/05):

Llevo una temporada larga con problemas acusados de insomnio por despertar precoz. A tempranísima hora se me escapa el sueño reparador y me veo enchufado al vértigo laborioso de la consciencia. Me dicen que es la edad, que con los años el organismo necesita menos horas de sueño. Pues qué fastidio y qué desilusión, porque quiere decir que este insomnio que me amarga las amanecidas no tiene cura, como los años. Como no tienen cura tampoco otras desilusiones y desesperanzas mucho más graves. Verán: en uno de esos insomnios en los que la mente, entre perezosa y ávida, se ve asaltada por desvaríos y estados de ánimo temblorosos, decidí buscar asilo espiritual en la radio de los Obispos pensando que a esa hora tan monacal de los laudes encontraría un remanso de pensamientos espirituales y/o alabanzas divinas. Fatal equivocación: lo que había era una voz desgañitada que repartía latigazos y preveía catástrofes sin fin.

En vez de serenar mi espíritu, la voz alteró mi alma. Aunque despierto, a esas horas procuro mantener un nivel de actividad mental bajo. Pero ese día me fue imposible: se me despertaron todos los sentidos como si luces de emergencia y tenía que reprimir la tentación de vestirme y salir corriendo hacia Portugal -apenas a 130 kilómetros- para que las ruinas de España y de la civilización occidental y cristiana no me pillaran debajo. Además, confieso que aquel tono tronante y apocalíptico, y ese morbo que tienen siempre las descalificaciones personales y las condenas rotundas me mantenían cautivo, en tensión y pendiente de todo lo que aquella boca iba desgranando en materia económica, política, cultural, histórica, bolsística, deportiva y hasta climática, que también el clima y la sequía obedecían a una conjura manifiesta contra España y la civilización occidental y cristiana perpetrada por los enemigos de la patria. No faltó la crónica y crítica televisiva y periodística -todo es basura-; ni el espacio del corazón.

Llegó un momento, avanzados ya el alba y el tono jeremíaco, que me sentí realmente incómodo en aquella tensión porque, la verdad, yo no había ido a buscar ese producto radiofónico que se me estaba ofreciendo. Me decía: cambia el dial. Pero aguantaba: tú espera que ahora vendrá el enfoque espiritual propio y específico de esta Cadena que es la portavoz de una entidad religiosa. Ansiaba ahora más, en medio del vértigo mental en el que me había sumido aquella voz, escuchar algunas frases del Evangelio, testimonios de cristianos heroicos que alimentaran mi esperanza ya alicaída, o algo de canto gregoriano al menos. Pero allí seguía puro y duro, sin ningún planteamiento moral o evangélico, un mensaje económico ultraliberal -respetable como opinión particular-, una interpretación ultraconservadora de la historia -respetable-, un enfoque parcial de cuestiones culturales -perfectamente respetable, cada uno tenemos nuestras visiones-, una defensa partidista de siglas y personajes políticos -igualmente respetable a nivel personal, no eclesial, cada uno tenemos nuestras ideas-, una identificación afectiva con un equipo de fútbol determinado -como todos-, un ataque personal despiadado a otros profesionales de los medios -no respetable- y hasta unos juicios climáticos acordes con sus tonos catastrofistas.

Molesto por el nivel excesivo de consciencia al que me había obligado aquella voz con sus estridencias; decepcionado como consumidor de radio por no encontrar a esas horas aún vírgenes lo que la etiqueta del producto radiofónico me indicaba, me dejé invadir por preguntas y preguntas que se me amontonaban en la lengua. Y por alguna conclusión. Como ésta: esa voz tiene todo el derecho del mundo a expresar las ideas económicas, políticas, sociales, históricas, culturales, lingüísticas, climáticas, bolsísticas, periodísticas, deportivas, que quiera. Y sus fobias y filias. Y sus exageraciones y deformaciones, como hacemos los demás también. Incluso a ese tono montaraz, lleno de navajazos; allá él con su conciencia personal, con su ética profesional o con los tribunales. Pero -y he aquí las preguntas- si la Cope es la voz pública de la Iglesia católica; si es la radio de los curas, como dice la gente; si es la radio de los Obispos, entonces ¿los juicios económicos, políticos, históricos, culturales, deportivos, climáticos vertidos expresan la opinión de los creyentes católicos, de los curas católicos, de los obispos católicos sobre esas materias? ¿Acaso pensamos todos igual? Más: ¿es que como católicos hay una valoración común sobre esos temas? ¿En base a qué? La perplejidad y el desasosiego subieron de tono cuando se me apareció en mitad de la mente la pregunta clave: si la Cope dice interesadamente que es la voz de fieles, curas y obispos católicos, ¿será también la voz de Dios? ¿Necesita Dios una radio? ¿Será Dios ultraconservador en economía, política, en interpretación de la historia, en asuntos patrióticos y nacionalistas? ¿Es Dios del Madrid y contrario al Barcelona y otros? ¿Las predicciones de Bolsa tendrán el auxilio milagrero de algún santo último cuyas andanzas terrenales fueron aficionadas a las finanzas? Cuando el portavoz defiende a un partido y a unos políticos frente al resto, ¿hay que entender que volvemos a la vieja y antievangélica práctica de los partidos confesionales, tan equívocos, y la prensa católica, tan cautiva? ¿Es el católico libre de elegir las mediaciones políticas, económicas, culturales que crea en conciencia más acordes con el mensaje evangélico, o sólo los portavoces eclesiásticos y radiofónicos tienen esa libertad? ¿Tendrá algo que ver todo esto con el aumento acelerado de cristianos sin Iglesia? Embalado como estaba, aún ascendía el nivel de mis preguntas: ¿dónde iremos a parar los fieles, curas y obispos -¿los hay?- que no tenemos idearios ultraconservadores a pesar de tantas imposiciones?: ¿al infierno?, ¿al limbo? (que quizá hay que reinventar para los que sigan aceptando la doctrina del Vaticano II sobre la autonomía de las realidades temporales). Cuando el portavoz radiofónico insulta, desprecia, se mofa, ¿hay que entenderlo como un imperativo del mandato evangélico del amor al prójimo o es fruto del seguimiento de aquel gesto del Señor Jesús cuando cogió un látigo y fustigó a quienes habían convertido el templo en una cueva de ladrones y traficantes de dineros, doctrinas interesadas, negocios a costa del pueblo, privilegios, influencias y poderes?

En buen berenjenal me había metido el insomnio: cuando me levantara, a las tareas normales del día tendría que añadir el consultar a las autoridades competentes -eclesiásticas, por supuesto- esa batería de preguntas. ¡Qué ruina! Pero no acabó ahí mi aventura radiofónica mañanera. De la decepción por elengaño y manipulación de la etiqueta del producto radiofónico Cope; de la tensión por haber sido arrastrado a un ritmo mental inapropiado a esa hora; de una cierta vergüenza por haberme dejado embaucar por el morbo del insulto personal y el simplismo de juicios -el que no está conmigo está contra Dios, la patria, los católicos-, pasé directamente a la indignación y hasta a la rabia cuando al portavoz le tocó el turno de hablar de los “subsaja” (sic), como antes los “sudaca”, a los que llamó delincuentes por atentar contra la soberanía española. Dijo más: ésos que pueden viajar hasta ahí no son pobres, los moros -Marruecos- usan a los negros para conquistar las ciudades cristianas y españolas de Ceuta y Melilla, la Europa cristiana no puede dejar entrar a esos millones de musulmanes, el Gobierno y la policía y el Ejército son unos blandengues en la represión, etcétera. ¡No daba crédito a mis oídos: la pobreza del mundo reducida a una cuestión de nacionalismos y credos! Esa pobre gente, empujada por el hambre y las condiciones de vida inhumanas e injustas en sus países de origen, fruto de un sistema económico y de valores absolutamente perverso -precisamente porque produce esas situaciones-, sólo merecía del portavoz eclesiástico un análisis simplón de corte ultranacionalista, xenófobo y racista. ¡Ni una palabra de misericordia, ni una lágrima, ni un sentimiento hacia esos hombres y mujeres crucificados en una valla de cuchillos, y antes en las condiciones de vida de sus países, y antes en las leyes del comercio internacional y las relaciones de poder antiguas y nuevas, y después en la desolación y abandono de los desiertos africanos! Ni una condena -ahora sí, por motivos humanitarios y evangélicos- al Gobierno socialista por practicar y colaborar en la represión inhumana e ilegal de esos emigrantes y en el sistema económico y político global que los genera, por violar derechos humanos. Ahora no me surgieron preguntas y perplejidades sobre lo que piensan los fieles, curas y obispos, que también hay de todo. Tenía claro por haber leído y recordado muchas veces el testamento del Señor Jesús, el único que fundamenta mi fe: “Lo que hicisteis con uno de mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis… Venid, benditos, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed, estuve en la cárcel, enfermo…, fui robado y arrojado a la orilla del camino de la historia… y fuisteis prójimos míos…”. ¡Tanta radio católica para acabar riéndose de los pobres!

Definitivamente el portavoz eclesiástico me había puesto de mal humor. Y desde la cama, con la luz aún incierta y sonrosada, empecé a gritarle ingenuamente, como si me fuera a escuchar: usted y su grupo de comunicación y los jerarcas eclesiásticos que les sustentan -en viaje de regreso hacia el nacionalcatolicismo- tienen todo el derecho del mundo a tener sus opiniones. Yo las respeto, como pido respeto para las mías. Pero no digan que sus opiniones son las de los católicos españoles. Es mentira. Yo soy católico, y a mí sus opiniones y sus insultos no me representan. Ni a otros muchos que empiezo a oír en la calle o en los medios. Ni pueden representar a una comunidad que, en cuanto tal, ha de tener convicciones evangélicas, no intereses. Dice la gente que son ustedes la radio de los curas. Mentira. Yo soy cura y no necesito, como otros muchos -bien es verdad que otros sí, ¡pluralidad!-, una radio comercial para mis tareas. Ni la Iglesia española necesita para ser testigo del maestro Jesús de Nazaret un instrumento comercial que le ha exigido ya -recuerdo la dictadura-, le exige hoy y le seguirá exigiendo unos costes y servidumbres empresariales -cuántos conflictos y resquemores laborales-, comerciales -financiación por entidades de claro comportamiento injusto-, unos maridajes partidistas que la hacen inservible para los objetivos que teóricamente dice perseguir. Hay otras fórmulas de radio no comercial que se ajustan técnicamente mejor al objetivo de servicio, no de competencia ni confrontación por tartas publicitarias y lucha por audiencias cautivas y votos que sólo los dan los contenidos políticos. La fórmula de Cope radio comercial es un arma de presión social y política heredada de la época de los privilegios omnívoros para seguir defendiéndolos, es un instrumento sociopolítico que maneja a su beneficio un solo sector de los obispos, de los curas, de los católicos, de los grupos de comunicación; es una confusión de planos y de mentes, una ocasión de peleas estériles hacia dentro y hacia fuera. Lo pienso ahora que se ha incendiado el tema y lo pensaba hace años cuando estudiando periodismo me ofrecieron puestos en una emisora. Y que conste que lo grito por desahogo moral, no porque albergue esperanza alguna ni de curar el insomnio que me reprodujo este vértigo de fastidios, perplejidades y rabias, ni de que los sectores ultraconservadores de la Iglesia suelten su presa. Así que sólo me queda un consuelo: hacer objeción de conciencia al portavoz eclesiástico, desobedecerle y brindar con Freixenet en Navidad. Se puede, ¿no? ¿O es pecado?