Necesitamos inmigrantes con habilidades, pero ¿quién dice que trabajar duro no lo es?

Alguien declaró hace poco que “cuando México manda a su gente, no envía a los mejores”. El hombre que dijo esto nunca conoció a Manuel Chaidez.

Manuel tenía apenas 16 años cuando llegó desde Sonora, México, a F-Bar, el rancho de mi familia ubicado en las afueras del pueblo de Snowflake, al norte de Arizona. Yo era un niño de unos 6 años y, para mí, Manuel parecía un hombre adulto. Por supuesto que no era más que un niño pero trabajaba como si mi familia dependiera de él. Probablemente así era. No podría haberse esforzado más si el rancho hubiera sido suyo.

En términos de posesiones materiales, Manuel era un hombre invisible. Su capacidad para el trabajo duro y pesado fue su único título en la vida. Ningún burócrata en Washington lo habría considerado como un inmigrante de “gran valor”. No hablaba mucho inglés. No venía de una familia adinerada. No había terminado la preparatoria. No había realizado ninguna innovación tecnológica ni había fundado una empresa.

En otras palabras, Manuel está entre el 99 por ciento de los inmigrantes que han llegado a este país desde sus inicios, entre ellos, muchos de nuestros antepasados, los “desamparados y rechazados” que se instalaron aquí tan pronto como pudieron y convirtieron este país en lo que es hoy en día.

Todo lo que Manuel tenía como carta de recomendación era su fuerza y la creencia de que Estados Unidos era un lugar donde, con el sudor de tu frente, podías forjarte una vida. Eso es todo. Mi papá de vez en cuando contrataba a alguno de mis compañeros de la escuela. El trabajo era tan pesado que a menudo renunciaban después de uno o dos días. Manuel no.

La historia no lleva registros del trabajo poco glamoroso y a menudo atroz que implica mover la tubería de los rociadores, cavar zanjas, cortar heno o mantener en funcionamiento el desvencijado camión de suministro un año más. Manuel hacía todo eso y más (como darme consejos de amores mientras arreglábamos un tractor a la orilla de un campo de alfalfa durante un verano solitario). Sin todo este trabajo no habría haciendas. Sin haciendas, mi ciudad y otras ciudades perderían su estabilidad. Así que, en mi opinión, Manuel es el inmigrante con el “valor más alto” que puede existir y, si nos olvidamos de eso, estamos olvidando algo elemental sobre Estados Unidos.

La hoja de vida de Manuel lo ubica junto a muchos hombres, mujeres y niños de todas partes del mundo que, desde los orígenes del experimento estadounidense, dejaron atrás todo lo que conocían para venir a un lugar que habían visto solo en sus sueños, con la esperanza de construirse una vida, ya fuera para ellos o para sus hijos. Al trabajar codo a codo, me di cuenta de que estos estadounidenses por elección son los ciudadanos más inspiradores del país.

Tal como los miembros de mi familia soportaron el dolor y el sufrimiento de una vida de trabajo en F-Bar, así también lo hizo Manuel. En total dedicó 24 años de su vida a la hacienda. Su trabajo se vio interrumpido una decena de veces durante los primeros años, cuando a Manuel lo pillaba la Patrulla Fronteriza y lo enviaba de vuelta a México. En cada ocasión, logró regresar.

Se casó a finales de la década de 1970 y obtuvo su Green Card, con la que recibió el estatus de residente permanente. Él y su esposa, Frances, criaron siete hijos: tres niños y cuatro niñas, una de las cuales fue adoptada. Todos los hijos de Chaidez son ciudadanos que contribuyen a la sociedad estadounidense.

Cuando el presidente Donald Trump presentó una propuesta que reduciría en un 50 por ciento la inmigración legal, me opuse pensando en los trabajadores inmigrantes con los que crecí. Al revaluar la política de inmigración es correcto darle prioridad, a través de un sistema de puntuación o de otro tipo, a quienes tienen capacidades y habilidades únicas para la nueva economía. Hicimos esto en 2013, con el proyecto bipartidista de ley de inmigración que aprobó el senado. Sin embargo, siempre debe haber un lugar en Estados Unidos para aquellos cuyos únicos títulos sean una espalda fuerte y el deseo de usarla.

Hace algunas semanas, cuando estuve con mi madre y mis diez hermanos en el funeral de mi padre, dándole el último adiós, también estaba Manuel con su sombrero vaquero en mano. “Mi hijo”, me dijo al acercarse.

Estados Unidos sería un país de menor envergadura sin Manuel Chaidez y tantos otros como él.

Jeff Flake, senador republicano por Arizona, es el autor de Conscience of a Conservative: A Rejection of Destructive Politics and a Return to Principle.

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