Necesitamos leones, no liebres

Este jueves, durante el memorable acto de entrega de los Leones de EL ESPAÑOL en el Teatro Real, justo cuando Rafa Nadal añadió, sobre la marcha, a su medido discurso de agradecimiento, ese “¡Somos un gran país!” que le salió del alma, dejé volar mi fantasía. ¿Se imaginan cómo sería España si tuviéramos un presidente del Gobierno con la audacia, la inteligencia y la tenacidad de Florentino Pérez; la valentía, el sentido del deber y la abnegación de Ignacio Echeverría; y la pasión, la competitividad y la autoexigencia del propio Rafa Nadal?

No estaba contraponiendo a ninguno de ellos por separado con la personalidad del actual inquilino de la Moncloa -nuestros premiados están en un plano muy distinto al de la política- sino pergeñando una carta a los Reyes Magos sobre el modelo ideal de liderazgo.

Pero el sueño se trocó en pesadilla a medida que fui elucubrando sobre lo que ocurriría, sensu contrario, si en esa posición clave hubiera alguien que pretendiera gestionar los asuntos públicos más graves desde el inmovilismo; afrontar una situación-límite, de las de a vida o muerte, desde la cobardía; y encarar un gran desafío jurídico-constitucional desde la ley del mínimo esfuerzo. Ecce homo. He aquí a Rajoy, fiel a sí mismo, en ese enervante arrastrar los pies que ha caracterizado su conducta durante la crisis catalana.

Mis dos peores augurios de la semana pasada se han cumplido, de forma aparentemente contradictoria, en este sábado que pasará a la Historia como “el del 155”. El Consejo de Ministros extraordinario ha corporeizado un mito, pero simultáneamente lo ha jibarizado en su extensión y duración.

Examinemos los hechos de estos últimos días. La insistencia del Gobierno en que bastaría con que Puigdemont desmintiera claramente haber declarado la independencia, para que el 155 continuara en su cartuchera -o, atención, volviera a ella-, ha terminado por asimilar la aplicación de este artículo de la Constitución al supuesto más extremo de la deslealtad institucional.

Si en vez de contestar con lo que es una negativa implícita en toda regla -nadie puede amenazar con declarar la independencia en el Parlament, habiéndolo hecho ya previamente-, Puigdemont hubiera contestado al segundo requerimiento de Rajoy con una negativa explícita, el reloj de la cuenta atrás se habría detenido a las doce menos cinco. Habría sido como si el llamado “procés” no hubiera existido o, peor aún, no siguiera existiendo.

Y si todo lo demás resultaba o resulta soslayable, con tal de que se deshiciera o deshaga este equívoco formal sobre la Declaración de Independencia, estamos ante la consagración no sólo de la condición de bomba atómica del constitucionalismo, atribuida al 155 en el imaginario del buenismo político, sino también de sus muy restrictivas condiciones de uso.

El mensaje entre líneas ha sido muy claro: usted puede utilizar las instituciones y recursos del Estado para intentar destruirlo, usted puede montar embajadas para minar la imagen de España en el extranjero, usted puede convertir los colegios en madrasas para inocular el odio a todo lo español, usted puede pasarse por la entrepierna las resoluciones judiciales, usted puede celebrar un referéndum suspendido por el Tribunal Constitucional… Usted puede hacer todo eso, pero como se le ocurra declarar la independencia –o jugar al que calla, otorga, al respecto-, yo abriré solemnemente la panza del Estado y entonces se va a enterar usted de lo que vale un peine porque dejaré caer sobre su poblada azotea el pepinazo del 155. Sólo faltaba la música de 2001, Odisea en el Espacio, acompañando las imágenes del Enola Gay sobre el cielo de Hiroshima.

El problema es que, al pactar con el PSOE y Ciudadanos una modalidad del 155, tan limitada en el tiempo como la aprobada este sábado, el Gobierno ha dado la sensación de que a la hora de la verdad no ha lanzado la bomba atómica, sino tan sólo su espoleta.

No hay proporción entre el agravio reflejado en los mensajes del Rey del 3 de octubre y este viernes y la respuesta del Gobierno. Una “deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado”, una “conducta irresponsable que puede poner en riesgo la estabilidad económica”, “un inaceptable intento de apropiación de las instituciones históricas de Cataluña”, un “inaceptable intento de secesión de una parte del territorio”, “un proyecto que puede conducir al aislamiento y al empobrecimiento de un pueblo”, un golpe de Estado casi consumado, en suma, no puede saldarse con “un máximo” de seis meses de exclusión de la cancha de los cabecillas, como si se tratara de una falta leve en un partido de balonmano.

Con la carga nuclear que se le atribuía al 155, la única metáfora alternativa a la solemne apertura del vientre del bombardero sobre la pelambrera del todavía hoy Molt Honorable era la de la erección de la rampa de lanzamiento de un misil de largo alcance apuntando al corazón de su proyecto. Ingenuos de nosotros. Esperábamos que un Big Bertha saliera de los silos del Estado y debemos conformarnos con una cerbatana extraída de un cajón de la Moncloa.

Es cierto que la flecha tiene una intencionada carga venenosa que podría paralizar el ‘procés’, pero para hacer efecto necesita bastante más tiempo del acordado por Rajoy. Un Rajoy mucho más obsesionado en cubrirse bajo la manta del consenso para preservar la condición de mal menor desde la que gobierna en minoría, que en afrontar, desde su responsabilidad intransferible, los riesgos que conlleva no sólo sofocar el golpe separatista sino impedir su recidiva.

Pensar que con un gobierno de subsecretarios, o para ser más exactos, con una secretaría general técnica ampliada, Soraya va a poder contrarrestar desde Madrid, ¡y en un “máximo” de seis meses!, la intoxicación que la sociedad catalana viene padeciendo desde hace cuarenta años es una quimera. Y encima manteniendo intactas las estructuras del separatismo, permitiendo que el Parlament ejerza como caja de resonancia del victimismo “indepe” -ampliado por el oportunismo de Colau e Iglesias- y sin tiempo para que la Justicia persiga, juzgue y condene con la inhabilitación y algo más a los golpistas del 1-O.

El monumental error de vincular la aplicación del 155 con la convocatoria inmediata de unas nuevas elecciones autonómicas convierte en la práctica -como ya advertí la semana pasada- el freno hidráulico ideado por los constituyentes para bloquear sine die una autonomía, por razones de interés general, en un mero reseteador del conflicto político inherente. Porque a ver cómo diablos se preserva la unidad de España a partir de abril de 2018, si en esas elecciones cuya precampaña comienza ya, y cuya campaña se convertirá en un show mediático mundial, vuelven a ganar los separatistas. Y todavía cabe otro escenario peor: el del boicot del PDECat, ERC y la CUP, privando de legitimidad al resultado y estableciendo una especie de poder paralelo, a modo de gobierno en el exilio… en el interior de Cataluña.

En la primera escena del primer acto de Coriolano, cuando todavía no ha aflorado cuánto hay de negativo en el protagonista del más complejo drama político de Shakespeare, su entrada en escena nos trae una memorable diatriba contra el politiqueo de cortas miras del que en la Roma de entonces era el partido de los populares. Merece la pena aplicarnos el cuento de sus principales argumentos.

“No os gusta la guerra ni la paz, la una os espanta, la otra os embravece”. Y es que Rajoy ha pasado seis años en la Moncloa, sin intentar ni combatir el separatismo catalán ni negociar con sus paladines.

“Quién se fie de vosotros verá que sois liebres, no leones; gallinas, y no zorros”. Y es que cuando hacía falta el compromiso del valor político, sólo hemos encontrado escapismo saltarín; cuando necesitábamos maquinadores astutos, sólo hemos contado con medrosas ponedoras de huevos tecnocráticos.

“No sois más seguros que el ascua sobre el hielo o el granizo bajo el sol”. Y es que el fuego fatuo de las medidas a plazo, como la adoptada este sábado, se extingue pronto; y la consistencia de lo fraguado con la frialdad de la burocracia, apenas resiste el calor de los primeros rayos de la realidad.

“Lo vuestro es ensalzar al infractor envilecido y maldecir a la justicia que le humilla”. Y es que, aunque las cosas no hayan llegado a ese extremo todavía, la previsible lenidad con Puigdemont, Junqueras o Forcadell, redundará en un mayor deterioro del estado de Derecho y la seguridad jurídica en Cataluña.

“Quien merece la grandeza, merece vuestro encono; y vuestro impulso es el móvil del enfermo que quiere más lo que le daña”. Y es que de sobra sabemos cómo la mediocridad de Rajoy y de su entorno les ha movilizado contra cualquiera que destacara en las inmediaciones; y cómo el aparato del PP ha cerrado filas ante cualquier intento de renovación.

“Quien dependa de vuestro favor, nadará con aletas de plomo y talará robles con juncos”. Y es que, después de tantos años condicionados por el lastre de la corrupción y la atrofia política, esperando el momento de contar con un hacha contundente para hacer frente a la mole que ocupa ya todo el jardín catalán, los defensores de la Constitución se encuentran con que lo único que se les entrega ahora es un fláccido serrucho con fecha de caducidad.

Esto sólo será un mal parche que puede incluso contribuir a empeorar las cosas. Miremos pues hacia lo alto, hacia ese monte Athos que sirve de morada a los gigantes, hacia ese Monte Rushmore en el que están esculpidas las efigies de algunos de los grandes que en España han sido, hacia ese Everest imaginario en cuya cima las nubes tapan nuestras mejores glorias, y murmuremos, con esperanza democrática en una milagrosa metamorfosis, la más sencilla de las plegarias: “Necesitamos leones, no liebres”. También en la política, sobre todo en la política.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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