Necesitamos una política exterior europea

Para entender por qué Europa necesita una política exterior, intentemos adivinar cómo se ve desde Zhongnanhai. Me imagino a los dirigentes chinos sentados en este complejo próximo a la Ciudad Prohibida, tomando té y riéndose de las ridículas payasadas de los europeos que, en otro tiempo, saquearon y humillaron a su país. Hoy, esos europeos parecen mendicantes que se presentan ante el trono imperial a suplicar que hagan negocios con ellos para levantar sus economías tambaleantes. David Cameron en nombre de Reino Unido, Nicolas Sarkozy en nombre de Francia, José Sócrates en nombre de Portugal; cada uno pide por su país.

¿Y los derechos humanos? ¿Y los valores europeos? ¿El Nobel injustamente encarcelado? Ah, sí, también mencionaron esas cosas, ¿verdad? Durante la cena, claro, o en una reunión privada (los líderes europeos, al hacer declaraciones a sus medios de comunicación nacionales, siempre exageran sobre unos comentarios que en realidad son breves, en voz baja y muy diplomáticos y que los historiadores acaban por descubrir, tarde o temprano, en los documentos oficiales). O, como hizo Cameron el miércoles pasado, con un cuidadoso ejercicio de equilibrismo ante los estudiantes de la Universidad de Pekín (como es natural, su equipo “vendió” incansablemente su discurso a los medios británicos por adelantado).

Todo ello de forma muy educada, por supuesto, porque ¿acaso la educación no es también un valor europeo? Y con tanta discreción que el emperador puede fingir que no se da cuenta. La mención de los derechos humanos es una de esas costumbres groseras que tienen los europeos, como meterse el dedo en la nariz cuando están en público. Tal vez con el tiempo, a medida que China adquiera más riqueza y poder, los diablos extranjeros se vuelvan más civilizados.

En conjunto, la conducta de los dirigentes europeos es una invitación permanente a que cualquier gran potencia mundial emplee el divide y vencerás. La Rusia de Putin no necesitó esa invitación. Estados Unidos, con Obama, trata de resistirse a la tentación y busca sinceramente el número de teléfono europeo al que llamar. China se muestra ambivalente. A Pekín le resulta muy complicado y muy pesado tener que tratar por separado con todos esos países pequeños, vanidosos e hipersensibles, y la economía china se beneficia enormemente de la existencia de un mercado europeo único. Pero la invitación permanente a que China nos divida es difícil de rechazar.

Por ejemplo, para hablar de un caso menor, pero muy simbólico, en estos momentos China está intentando convencer a todo el mundo -incluidos los embajadores de la UE- para que boicoteen la ceremonia de entrega del pre

mio Nobel de la Paz a Liu Xiaobo en Oslo, el 10 de diciembre. Cuando se habla de Tíbet o Xinjiang, China insiste en la importancia del respeto absoluto a su soberanía. Pero ahora dice a los europeos que no deben asistir a una ceremonia europea en Europa. O sea, la soberanía de China es absoluta, pero la soberanía de otros es negociable (Estados Unidos tiene un doble rasero similar).

Está claro lo que tiene que hacer Europa. Los 27 Estados miembros de la UE deben anunciar sencillamente que todos sus embajadores en Noruega asistirán a la ceremonia. Nada más. Sin embargo, en vísperas de la visita imperial del presidente Hu Jintao a París hace unos días, leí que el ministro francés de Exteriores “dijo que anunciaría antes del 10 de diciembre si pensaba asistir a la entrega del Premio Nobel”. Una vez más, Europa está dividida. Más risitas entre tazas de té en Zhongnanhai.

Hace dos semanas, cuando estaba en Bruselas para la reunión anual del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, un think-tank dedicado a reflexionar sobre la política exterior europea y promover su desarrollo (y a cuya junta directiva pertenezco), hablé con algunos de los encargados de tejer dicha política exterior. Me dijeron, con una mezcla de ironía e irritación, que, en relación con China y Rusia, los Estados miembros de la UE casi siempre quieren que la postura colectiva de la UE sea más firme que sus posturas individuales.

No me malinterpreten; sobre todo, que no me malinterpreten los lectores chinos que hayan conseguido sortear el gran cortafuegos para leer este artículo. No digo en absoluto que Europa, ni Occidente en general, deba tratar de imponer sus valores a China, como hizo en el pasado a fuego y espada (cualquier inglés que visita las ruinas del palacio de verano en Pekín, destruido por las tropas británicas y francesas, se avergüenza de nuestra barbarie europea). No digo, desde luego, que los europeos debamos organizarnos porque China es el enemigo, como lo era la Unión Soviética en la guerra fría.

No, el futuro del planeta depende de que tengamos una relación constructiva y estable con esta potencia mundial en ascenso. Tenemos intereses económicos vitales en China, y China en Europa.

Ahora bien, lo que sí pido es cierta coherencia, dignidad y unidad en nuestra estrategia frente al gigante (re)emergente. Estoy seguro de que los europeos tenemos más probabilidades de triunfar en la defensa de nuestros intereses a largo plazo y la difusión de nuestros valores si permanecemos unidos en vez de separarnos. Afirmo, además, que es preciso entender los que denominamos valores europeos como una propuesta de valores universales, y que se puede llegar a la adhesión a unos valores muy similares a partir de la trayectoria histórica de China, pese a lo muy diferente que es. Eso es exactamente lo que dice el artista chino Ai Weiwei. Que son valores universales.

China y Rusia son probablemente los casos más difíciles para la política exterior europea. Desde la perspectiva de otros países más pequeños del resto del mundo, o de los Balcanes, la UE parece más fuerte. Dentro de poco tendremos ocasión de comprobarlo, con las elecciones presidenciales que se celebrarán en Bielorrusia el 19 de diciembre. ¿Mostrará la UE una reacción unida y eficaz si el presidente Alexander Lukashenko proclama su victoria en las elecciones aunque, en realidad, las haya perdido?

En la sala de máquinas de Bruselas, ahora es cuando están empezando a instalarse los mecanismos de una política exterior europea supuestamente única (es decir, mejor coordinada). Después de incontables peleas y gruñidos en el Parlamento Europeo, así como enormes presiones nacionales, Catherine Ashton, la alta representante de la UE, ha nombrado a cuatro altos funcionarios muy capacitados: un francés, un irlandés, un polaco y un alemán. De las más de 130 delegaciones de la UE, aproximadamente 28 cuentan con nuevos embajadores. Para el año que viene, el nuevo Servicio de Acción Exterior tendrá un modesto presupuesto de 435 millones de euros, pero podrá ayudar a fijar la asignación de miles de millones de euros pertenecientes a los fondos de la UE, sobre todo los de la ayuda al desarrollo, de la que Europa es, con mucho, el mayor donante mundial. Una cuestión clave que debe abordar Ashton es cómo poder utilizar otras dimensiones del poder económico de Europa en la política exterior. Por ejemplo, China se toma en serio a la UE a la hora de hablar sobre la concesión del estatus de economía de mercado, tal vez a cambio de la garantía de que China respete más los derechos de propiedad intelectual.

Como pasa siempre en la UE, todo va más despacio y es más complicado de lo que nos gustaría. En la cumbre del G-20 de Seúl no ha habido una voz europea unida. La cumbre EE UU-UE que se va a celebrar dentro de unos días parece un mero apéndice a la cumbre de la OTAN inmediatamente anterior. El llamamiento de Angela Merkel a cambiar el Tratado de Lisboa con el fin de abordar el problema de la deuda soberana en la zona puede dar pie a más años de distracción institucional, que Europa no puede permitirse.

Y, sin embargo, parafraseando a un gran científico italiano, se mueve. Y Europa debe moverse hacia adelante para no retroceder. Porque, aunque las cosas vayan bien, lo que los europeos consigamos concentrando nuestros recursos solo servirá para compensar a duras penas nuestra pérdida de poder ante los viejos-nuevos gigantes que están resurgiendo en Oriente.

Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.