Negar los hechos, descubrir la verdad

Por Slavoj Zizek, filósofo esloveno y autor de Irak. La tetera prestada. Traducción de Pilar Vázquez (EL PAÍS, 09/01/07):

No deberíamos llorar la muerte de Sadam Husein. Las imágenes de Sadam repetidas interminablemente en nuestras pantallas antes de la guerra (Sadam agarrando un rifle y disparando al aire) lo convirtieron en una especie de Charlton Heston iraquí, en el presidente no sólo de Irak, sino también de la Asociación Iraquí de Amigos del Rifle… Guardemos nuestras lágrimas para otras cosas.

Uno de los héroes más populares de la guerra de Irak fue sin duda Muhammed Saïd al-Sahaf, aquel desafortunado ministro iraquí de Información que en las conferencias de prensa diarias negaba heroicamente incluso los hechos más evidentes, sin salirse nunca de la línea oficial. Cuando los tanques americanos estaban tan sólo a unos cuantos cientos de metros de su despacho, continuaba afirmando que las imágenes de la televisión estadounidense de los tanques circulando por las calles de Bagdad no eran más que efectos especiales hollywoodenses. Su misma manera de funcionar como una caricatura exagerada revelaba la verdad oculta de la cobertura informativa “normal”: sus comentarios salían sin el pulimento de la interpretación, por parcial que fuera; sólo una sencilla, rotunda, negativa. Sus intervenciones tenían en cierto modo una frescura liberadora; exhibían un arresto liberado del control de los hechos y, por consiguiente, de la necesidad de sesgar positivamente sus aspectos menos agradables. Su posición era la de aquel que dice: “¿En qué crees más, en lo que ven tus ojos o en lo que dicen mis palabras?”. Además, a veces incluso soltaba alguna extraña verdad: enfrentado, por ejemplo, a la afirmación de que los americanos controlaban una zona de Bagdad, espetó: “Los americanos no controlan nada; ni siquiera se controlan a sí mismos”.

¿Qué es exactamente lo que no controlan los americanos? Retrocedamos a 1979, cuando Jeanne Kirkpatrick publicó en Commentary su artículo Dictators and Double Standards (“Dictadores y dobles raseros”) en el que hacía una elaborada distinción entre regímenes “autoritarios” y regímenes “totalitarios”. Esta distinción sirvió de justificación para la política colaboracionista de Estados Unidos con ciertos dictadores de derechas, mientras que trataba con mucha mayor dureza a los regímenes comunistas: los dictadores autoritarios son gobernantes pragmáticos a quienes les preocupa su poder y su riqueza y les traen sin cuidado las cuestiones ideológicas, aun cuando apoyen de boquilla alguna gran causa; en comparación con ellos, los líderes totalitarios son unos fanáticos desinteresados que creen en sus ideologías y están dispuestos a quemarlo todo por sus ideales. De modo que uno puede tratar con los gobernantes autoritarios, pues reaccionan de una manera racional y predecible a las amenazas materiales y militares, mientras que los líderes totalitarios son mucho más peligrosos y hay que enfrentarse a ellos directamente…

Lo irónico del asunto es que esta distinción es la síntesis perfecta de los errores cometidos por Estados Unidos en la ocupación de Irak: Sadam era un dictador autoritario y corrupto que empleaba toda su fuerza para mantenerse en el poder y al que sólo guiaban brutales consideraciones pragmáticas (consideraciones que le llevaron a colaborar con Estados Unidos durante los años ochenta). La prueba definitiva de esta naturaleza secular de su gobierno es el hecho, irónico por demás, de que en las elecciones iraquíes de octubre de 2002, en las que Sadam consiguió un refrendo de un 100%, superando así en un 5% los mejores resultados de Stalin, la sintonía de la campaña, continuamente emitida por todos los medios de comunicación estatales, era ni más ni menos que I Will Always Love You (“Siempre te querré”) de Whitney Houston.

Una de las consecuencias de la intervención estadounidense en Irak es que generó en el país una constelación político-ideológica “fundamentalista” mucho más intransigente, siendo el resultado último de la ocupación el predominio de las fuerzas políticas pro-iraníes: básicamente la intervención puso a Irak en manos de la influencia iraní. Uno se puede imaginar que si el presidente Bush hubiera de ser juzgado en un consejo de guerra stalinista, sería inmediatamente condenado como agente iraní… Los violentos arrebatos de la política reciente de Bush no son así ejercicios de poder, sino ejercicios de pánico, passages á l’acte completamente irracionales.

Recordemos la vieja historia del obrero acusado de robo: todas las tardes, salía de la fábrica conduciendo una carretilla; los guardas la inspeccionaban cuidadosamente, pero nunca encontraron nada, siempre estaba vacía… Hasta que cayeron en la cuenta: lo que se llevaba el obrero eran las carretillas mismas. Ésta es la trampa que intentan tendernos quienes hoy afirman “¡Pero en cualquier caso el mundo está mejor hoy sin Sadam! Sí, el mundo está mejor sin Sadam, pero ¿está mejor si incluimos en la panorámica de con-junto los efectos ideológicos y políticos de la ocupación?

Estados Unidos investido de policía mundial: ¿por qué no? La situación tras el final de la Guerra Fría demandaba un poder global que viniera a llenar el vacío. El problema no reside ahí: recordemos esa extendida percepción de Estados Unidos como nuevo Imperio Romano. El problema de Estados Unidos hoy no es que funcione como nuevo imperio mundial, sino que no lo es, o sea, que aparentando serlo, sigue actuando como un Estado-nación que no se detiene ante nada en la consecución de sus intereses.

Es como si la línea directriz de la política reciente de Estados Unidos fuera una extraña inversión del conocido lema de los ecologistas: actúa globalmente, piensa localmente.

Después del 11 de septiembre, Estados Unidos tuvo la oportunidad de darse cuenta del mundo del que formaba parte. Podría haber utilizado esa oportunidad, pero no lo hizo. Y en lugar de ello optó más bien por reafirmar sus compromisos ideológicos tradicionales: ¡se acabó la responsabilidad y la mala conciencia con respecto a un Tercer Mundo empobrecido! ¡Ahora las víctimas somos nosotros! Hablando del Tribunal de La Haya, Timothy Garton Ash afirmaba en tono patético: “No se debería volver a permitir que ningún Führer ni Duce, ni Pinochet ni Idi Amín ni Pol Pot se sintieran protegidos de la intervención de la justicia del pueblo tras las puertas palaciegas de la soberanía”. Basta con tomar nota de lo que falta en esta lista de nombres, que, aparte de la pareja típica de Hitler y Mussolini, contiene tres dictadores del Tercer Mundo: ¿dónde aparece uno, al menos, de los Siete Grandes? O, para no alejarnos mucho de la lista estándar de “malos”, ¿por qué Ash, Michael Ignatieff y compañía, quienes, por otro lado ensalzan con el mayor de los patetismos la labor del Tribunal de La Haya, guardan silencio con respecto a la idea de entregar a Noriega y a Sadam a ese mismo Tribunal? ¿Por qué Milosevic y no Noriega? ¿Por qué no se juzgó nunca públicamente a Noriega? ¿Fue acaso porque podría revelar su pasado en la CIA, un pasado que incluía que Estados Unidos aprobó su participación en el asesinato de Omar Torrijos Herrera?

De forma semejante, el régimen de Sadam fue un estado autoritario abominable, culpable de muchos crímenes, la mayoría de ellos perpetrados contra su pueblo. Sin embargo, no deberíamos olvidar el hecho extraño, pero clave, de que cuando los representantes de Estados Unidos y los fiscales iraquíes enumeraban los perversos delitos de Sadam omitieron sistemáticamente lo que sin duda fue su mayor crimen (en términos de sufrimiento humano y de violación de la justicia internacional): la agresión a Irán. ¿Por qué? Porque Estados Unidos y la mayoría de los Estados extranjeros ayudaron activamente a Irak en esa agresión. Y eso no es todo: Estados Unidos está hoy prolongando por otros medios el mayor crimen de Sadam, su intento de derrocar al gobierno iraní. Una razón más para preguntar: ¿Quién ahorcará a George W. Bush?

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By Slavoj Zizek, the international director of the Birkbeck Institute for the Humanities, is the author, most recently, of “The Parallax View” (THE NEW YORK TIMES, 05/01/07):

ONE of the pop heroes of the Iraq war was undoubtedly Muhammad Said al-Sahhaf, the unfortunate Iraqi information minister who, in his daily press conferences during the invasion, heroically denied even the most evident facts and stuck to the Iraqi line. Even with American tanks only a few hundred yards from his office, he continued to claim that the televised shots of tanks on the Baghdad streets were just Hollywood special effects.

In his very performance as an excessive caricature, Mr. Sahhaf thereby revealed the hidden truth of the “normal” reporting: there were no refined spins in his comments, just a plain denial. There was something refreshingly liberating about his interventions, which displayed a striving to be liberated from the hold of facts and thus of the need to spin away their unpleasant aspects: his stance was, “Whom do you believe, your eyes or my words?”

Furthermore, sometimes, he even struck a strange truth — when confronted with claims that Americans were in control of parts of Baghdad, he snapped back: “They are not in control of anything — they don’t even control themselves!”

What, exactly, do they not control? Back in 1979, in her essay “Dictatorship and Double Standards,” published in Commentary, Jeane J. Kirkpatrick elaborated the distinction between “authoritarian” and “totalitarian” regimes. This concept served as the justification of the American policy of collaborating with right-wing dictators while treating Communist regimes much more harshly: authoritarian dictators are pragmatic rulers who care about their power and wealth and are indifferent toward ideological issues, even if they pay lip service to some big cause; in contrast, totalitarian leaders are selfless fanatics who believe in their ideology and are ready to put everything at stake for their ideals.

Her point was that, while one can deal with authoritarian rulers who react rationally and predictably to material and military threats, totalitarian leaders are much more dangerous and have to be directly confronted.

The irony is that this distinction encapsulates perfectly what went wrong with the United States occupation of Iraq: Saddam Hussein was a corrupt authoritarian dictator striving to keep his hold on power and guided by brutal pragmatic considerations (which led him to collaborate with the United States in the 1980s). The ultimate proof of his regime’s secular nature is the fact that in the Iraqi elections of October 2002 — in which Saddam Hussein got a 100 percent endorsement, and thus overdid the best Stalinist results of 99.95 percent — the campaign song played again and again on all the state media was Whitney Houston’s “I Will Always Love You.”

One outcome of the American invasion is that it has generated a much more uncompromising “fundamentalist” politico-ideological constellation in Iraq. This has led to a predominance of the pro-Iranian political forces there — the intervention basically delivered Iraq to Iranian influence. One can imagine how, if President Bush were to be court-martialed by a Stalinist judge, he would be instantly condemned as an “Iranian agent.” The violent outbursts of the recent Bush politics are thus not exercises in power, but rather exercises in panic.

Recall the old story about the factory worker suspected of stealing: every evening, when he was leaving work, the wheelbarrow he rolled in front of him was carefully inspected, but the guards could not find anything, it was always empty. Finally, they got the point: what the worker was stealing were the wheelbarrows themselves.

This is the trick being attempted by those who claim today, “But the world is nonetheless better off without Saddam!” They forget to factor into the account the effects of the very military intervention against him. Yes, the world is better without Saddam Hussein — but is it better if we include into the overall picture the ideological and political effects of this very occupation?

The United States as a global policeman — why not? The post-cold-war situation effectively called for some global power to fill the void. The problem resides elsewhere: recall the common perception of the United States as a new Roman Empire. The problem with today’s America is not that it is a new global empire, but that it is not one. That is, while pretending to be an empire, it continues to act like a nation-state, ruthlessly pursuing its interests. It is as if the guiding vision of recent American politics is a weird reversal of the well-known motto of the ecologists — act globally, think locally.

After 9/11, the United States was given the opportunity to realize what kind of world it was part of. It might have used the opportunity — but it did not, instead opting to reassert its traditional ideological commitments: out with the responsibility and guilt with respect to the impoverished third world — we are the victims now!

Apropos of the Hague tribunal, the British writer Timothy Garton Ash pathetically claimed: “No Führer or Duce, no Pinochet, Amin or Pol Pot, should ever again feel themselves protected from the reach of international law by the palace gates of sovereignty.” One should simply take note of what is missing in this series of names which, apart from the standard couple of Hitler and Mussolini, contains three third world dictators: where is at least one name from the major powers who might sleep a bit uneasily?

Or, closer to the standard list of the bad guys, why was there little talk of delivering Saddam Hussein or, say, Manuel Noriega to The Hague? Why was the only trial against Mr. Noriega for drug trafficking, rather than for his murderous abuses as a dictator? Was it because he would have disclosed his past ties with the C.I.A.?

In a similar way, Saddam Hussein’s regime was an abominable authoritarian state, guilty of many crimes, mostly toward its own people. However, one should note the strange but key fact that, when the United States representatives and the Iraqi prosecutors were enumerating his evil deeds, they systematically omitted what was undoubtedly his greatest crime in terms of human suffering and of violating international justice: his invasion of Iran. Why? Because the United States and the majority of foreign states were actively helping Iraq in this aggression.

And now the United States is continuing, through other means, this greatest crime of Saddam Hussein: his never-ending attempt to topple the Iranian government. This is the price you have to pay when the struggle against the enemies is the struggle against the evil ghosts in your own closet: you don’t even control yourself.