Negocios y complicidades discretas

Hace unos meses, el presidente valenciano, Francisco Camps, y su homóloga de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, mantenían un encuentro de trabajo bajo el lema Madrid-Comunidad Valenciana, destino compartido, para «abordar temas comunes y seguir estrechando vínculos». Muchos observadores se rieron entonces de la polisémica ocurrencia de los expertos populares en márketing político. Para los bienpensantes, aquel lema simbolizaba el auténtico «eje de la prosperidad» del Estado. Pero, para otros, constituía una profecía judicial destinada a autorealizarse en breve. Meses después, las pesquisas del juez Baltasar Garzón sobre presuntas corruptelas perpetradas por políticos de distinta divisa refuerzan el segundo significado de aquel lema. El caso Millet, en Barcelona, y la magnitud de la tragedia de Santa Coloma de Gramenet, en que están presuntamente implicados altos cargos socialistas catalanes y dos notables del nacionalismo fetén, subrayan un destino transversal al mapa ideológico y territorial.

Hace años, las periodistas francesas Sophie Coignard y Marie-Thérèse Guichard publicaron Les bonnes fréquentations. Histoire secrète des réseaux d’influence, un libro en el que analizaban la importancia de ciertas complicidades para explicar la vida pública. Las autoras señalaban con razón la Histoire des Treize, de Honoré de Balzac, como precedente de esta clase de literatura que hoy solo publican los mejores diarios. El centauro de periodista y detective debería repasar aquel libro sobre las complicidades discretas, pues ningún ámbito de la vida escapa a estas influencias informales al margen de las cuales es muy difícil llegar, hacer carrera o convertirse en presidente. Ni en la economía, la política, la curia o la república de les letras. Las autoras describen con profusión de datos las solidaridades existentes entre ciertas redes sociales no institucionalizadas, ocultas y laberínticas que sirven para hacer negocios, para escoger alcaldes, para recalificar terrenos, para abrir o silenciar debates públicos. «Juegan un papel esencial en el funcionamiento de la sociedad francesa», señalan las periodistas. Y, en efecto, más allá de las militancias políticas, estas redes de complicidad «forman el verdadero organigrama» de las sociedades actuales: «aquel que no se hace jamás público, pero que explica mejor que los discursos y documentos oficiales muchas decisiones».
Años antes, Josep Pla solía dividir a su gente entre «amigos, conocidos y saludados». Sin duda, una taxonomía científica basada en el método inductivo que aplicaba nuestro mejor prosista a la descripción de la realidad. Pero nuestra experiencia vital nos presenta otro tipo de personas y de perfiles más en la línea seguida por las periodistas francesas. Son los «cómplices», una categoría diferente a aquellas que estableciera Pla. La complicidad pertenece a otro plano, muy a menudo complementario. La taxonomía planiana y el libro de las periodistas me vienen estos días a la mente ante la profusión de complicidades más o menos discretas que descubrimos al margen de todas las distinciones ideológicas y territoriales.
Ante las redes, influencias y comisiones publicitadas, el analista de brocha gorda tendrá la tentación de no distinguir el grano de la paja y disparará por elevación contra la práctica política en su totalidad. Considerar la corrupción como un rasgo estructural de la sociedad y de la política no añade ningún valor al diagnóstico que no sea una redundancia sobre la condición humana. El uso del ventilador, como algunos amenazan y otros temen, no parece tampoco una práctica muy democrática.
En este contexto, el «sistema de controles» que reivindicaba Ralf Dahrendorf para «democratizar la democracia» siempre será insuficiente ante ciertas promiscuidades cómplices. Quizá por la amplitud semántica actual de aquel mensaje sobre el destino compartido nadie se atreve a lanzar la segunda piedra sobre el estanque putrefacto de ciertos negocios que, como algunos usos lingüísticos, solo se practican en la intimidad.
Al parecer, el miedo al rumor de alfombras se ha instalado en este ruedo más ibérico que nunca. Los casos de corrupción actuales –en Valencia, Madrid, El Ejido y en Barcelona– nos enseñan que ciertas relaciones de complicidad entre amigos, conocidos y saludados determinan la vida civil mucho más que los votos. Quizá nos encontremos ante el final de una inocencia colectiva, pero también de una democracia de baja intensidad.

Más allá de las ideologías y de las instituciones existen grupos de interés que, a veces con la cruz de Sant Jordi como distintivo, impugnan las reglas formales del juego democrático. Es una lástima, como digo, que nadie se atreva con la segunda piedra. Mientras, la información y la publicidad son los únicos antídotos contra los intereses creados y los poderes de la sombra. Si algo hay de positivo en esta crisis de credibilidad democrática que emerge desde el fango, es la función de servicio público de determinados medios de comunicación, no solo de titularidad pública. Por lo menos sabemos quién y cómo se gasta nuestro dinero.

Toni Mollà, periodista.