Nenikékamen!

Por Rafael Sánchez Ferlosio, escritor (EL PAÍS, 23/02/06):

Según EL PAÍS del 13-IX-06, Dan Bartlett, asesor de la Casa Blanca, acababa de decir: “Todo se debe encaminar a un solo objetivo: la victoria en Irak”. Se podría demostrar hasta qué punto es falso que el ejército sea un instrumento; no lo ha sido nunca, y uno de los argumentos está en el hecho de que la victoria sea primordialmente, y con gran diferencia, un fin para el ejército mismo; cualesquiera otros fines alegados, aun de buena fe, para la guerra, se dejarán de lado con tal de que el ejército consiga el suyo: la victoria. Que el presidente haya lanzado ahora el eslogan de “una estrategia de victoria” debe de ser porque sabe que para recobrar el favor de los americanos hay que remontar el que a ese pueblo de “winners” el número de muertos estuviese empezando a olerle ya a derrota. Pero el presidente arriesga mucho en esta última jugada, si tenemos en cuenta que la índole esencial de la victoria connota un componente simbólico imposible de eludir; certeramente lo decía mi malogrado amigo don Jacinto Batalla y Valbellido: “Lo que hace victoria a una victoria no es el hecho, sino la noticia”.

Un proceso de paulatina reducción de los entrecruzados conflictos iraquíes, aun en el improbable supuesto de que se lograra, carecería del carácter de notificabilidad capaz de euforizar y embanderar esa mala pasión de borrachos de aguardiente de alcohol de quemar que es el patriotismo, con su “lujuria por los bombardeos en masa”, que decía Susan Sontag. El paradigma de la victoria sigue siendo el de la clásica batalla campal, que coronaba de sangre y de gloria un día singular -“jornada” la llamaban los cronistas castellanos- y dejaba clavada “en la historia” una fecha memorable. Si el ejército lograse en Irak algo al menos análogo a esto, algo que acabase cuajando en un momento preciso en que se pudiese decir “¡Hemos ganado!” (“Nenikékamen!”, en la lengua del corredor de Maratón), sin necesidad de que marcase el fin de la guerra, pero con las dimensiones requeridas, que no son otras que las de las letras de tamaño mayor de los titulares de primera plana y a seis columnas de los grandes rotativos, ya veríamos la actual impopularidad del presidente espectacularmente invertida de un día para otro en un clamoroso “landslide”, saludado por una delirante explosión de orgullo americano. Que algo espectacular quiere intentarse, tras el envío de los 21.500 hombres de refuerzo, lo hacen sospechar ciertas noticias, como la de EL PAÍS del 5-II-07: “… el coronel Doug Heckman señaló que EE UU pondrá en marcha ‘pronto’ una campaña para estabilizar Bagdad y la ofensiva contra los militantes será de una escala jamás vista en estos cuatro años de ocupación. ‘Será una operación nunca vista en la ciudad’, subrayó el coronel”.

A esto se sacrificarían probablemente otros supuestos fines, entre ellos, el tantas veces repetido de que las fuerzas iraquíes puedan llegar a valerse por sí mismas; respecto de lo cual el presidente no se ha recatado en la desvergüenza de amonestar a Nuri al Maliki, diciéndole que “la paciencia de los Estados Unidos es limitada” (Abc, 26-X-06), como recriminándole de que no se emplee a fondo con las fuerzas armadas que tiene a su disposición. Pero todos sabemos cómo todo encuentro más o menos intenso entre cualesquiera facciones iraquíes se ha resuelto al final con bombardeos, de helicóptero o de avión, o cañoneo de tanques, todo ello armamento americano, del que no están dotadas las fuerzas iraquíes. Últimamente ha habido incluso quejas por parte del gobierno de Al Maliki, apelando precisamente al hecho de que mientras, por una parte, se le exige más empeño y más esfuerzo en valerse por sí mismo, por la otra, se retrasa cada vez la provisión de armamento y otros medios de guerra hace ya tiempo prometidos. Se dice que los americanos no acaban de fiarse de los iraquíes para dotarlos de un instrumental de muerte que podría acabar en manos que lo volviesen contra los propios proveedores, lo cual, a juzgar por las cosas que se dicen, no parece infundado.

Por su parte, el Partido Demócrata, hoy ya mayoritario en las dos Cámaras, tampoco parece que tenga nada que hacer, si tenemos en cuenta hasta qué punto la sacrosanta y conminatoria religión nacional del patriotismo ejerce permanentemente su extorsión desde la propia base electoral. Y, por si no bastara, el presidente mismo se ha cuidado de atizar esa extorsión, potenciándola con la que he dado en llamar la “doctrina Jeremy Moore” (este general británico, vencedor de la Guerra de las Malvinas, dijo: “Ahora las Falkland son nuestras porque las hemos pagado [cursiva mía] con vidas de jóvenes británicos; todo intento de cuestionar este derecho es, sin más, una ofensa a los muertos”), consistente, como se ve, en el principio de capitalización moral y hasta jurídica de los muertos. El presidente Bush, al esgrimirla contra cualquier opción de retirarse de Irak antes de “haber cumplido la misión” (EL PAÍS, 22-X-06), ha sido aun más explícito: “… irnos deshonraría a los hombres y mujeres que han dado sus vidas allí, significaría que su sacrificio ha sido en vano”. El populismo de esgrimir en sus alocuciones dirigidas al pueblo americano el honor de los muertos le permite, así pues, al presidente hacer rentables las vidas de los combatientes como instrumento de extorsión indirecta (“indirecta”, puesto que se tramita a través del electorado) de los senadores o los representantes, que, por temor a la reprobación de sus propios electores, no le pondrán muchas trabas para seguir su guerra.

La patria, nacida en el antagonismo y la victoria (“la violencia creadora de derecho” de Walter Benjamin), se perpetúa bajo un signo de amenaza; los sucesivos hijos de la patria, engendrados en el seno del acatamiento de aquel derecho originario, tienen congénita la condición de vencedores y se reputan por legitimados para conminar a los que desacatan: “Vae uictis!”. Así se forma la tacha de “antipatriotismo” como un estigma socialmente execrable, que los trances de guerra, al remedar su origen, exasperan y agigantan. Cualquier palabra mínimamente atenuante sobre el enemigo provoca la clásica, amenazadora, pregunta: “Oye, ¿tú de qué lado estás?”. No digo ya el pacifismo, sino cualquier tendencia hacia lo que hoy se designa como “apaciguamiento” es una ofensa a los muertos, porque intercepta el odio al enemigo. He dado a este fenómeno el nombre de “escatologización de los antagonismos”. “Escatologizar” significa llevar hasta el fin, hasta ellímite (y “más allá del límite”, si nos atenemos a la certera observación de Hegel: “pensar el límite es traspasarlo”); la resonancia teológica no es inoportuna, ni tan siquiera metafórica, dado el halo religioso que envuelve las reuniones de la Casa Blanca, y aun la propia guerra de agresión a Afganistán y a Irak; “Faith-Based War” la llama el comentarista Garry Wills; y el propio presidente Bush consagró sus hazañas con estas palabras: “Ha llegado el Juicio Final para los terroristas”.

Una carta recuadrada del Abc del 15 de enero, titulada “¡No queremos paz, sino victoria!”, se lamenta del triste destino de la palabra “paz” -“tan hermosa”, “tan profundamente cristiana”-, por haberse visto “manipulada, manoseada”, casi “prostituida” por la “hipocresía” de los colectivos pacifistas a raíz del “desplome del Muro de Berlín”. “Con un lenguaje más subliminal pero igualmente falso”, la misma palabra “paz” habría sido de algún modo cómplice en que “la actitud mezquina y cobarde” de cierto sector de la opinión pública occidental, especialmente europea, con el terrorismo islamista esté permitiendo “una especie de ‘síndrome de Estocolmo’ en nuestra sociedad hasta límites que resultan nauseabundos”. Un tal proceso de envilecimiento y degeneración de la palabra “paz” viene a hacer, finalmente, rechazable cualquier posible actitud que de algún modo, tan siquiera indirecto o meramente sospechoso, pueda arrimarse a la noción de paz en relación con la ETA. Y a esto venía la exclamación del título, con la oposición entre la paz y la victoria y la enfática opción por la victoria, que ahora el texto explicita y corrobora: “Queremos la victoria del bien sobre el mal, del orden sobre el desorden, de la democracia sobre la dictadura separatista, de España sobre el terrorismo de cualquier signo”. Y, más abajo: “Esa es la paz que queremos. La paz que es consecuencia de la lucha. La verdadera paz que resulta de la legítima victoria”.

No digo que haya sido necesario que viniese de América, con su reciente serie de conflictos, este aumento generalizado del rechazo y la exasperación contra todo lo que de lejos pueda sonar a lo que hoy se designa como “apaciguamiento”, pero sí que me parece que la absolutización escatológica de la polaridad maniquea entre el Bien y el Mal, elevada de facto a la categoría de “universal real”, puede muy bien ser reflejo de las febriles reuniones religioso-patrióticas de las salas capitulares de la Casa Blanca. Una tan tenebrosa imagen del abismo entre los destinados a la bienaventuranza y los destinados a la condenación como la que está detrás de esta especie de neomaniqueísmo americano es mucho más propia de las representaciones de ciertas sectas o iglesias reformadas que de las representaciones de la iglesia Romana. A pesar de lo cual -con una gran parte de la jerarquía eclesiástica aparentemente hundida en un preocupante síndrome de afasia- no faltan indicios, al menos en un sector de los católicos españoles -autoridades incluidas-, de que ya no ofrecen resistencia alguna al neooscurantismo religioso de Ultramar.

En La Razón del 18 de mayo del 2006, bajo un titular que dice: “Blázquez indigna a las víctimas al pedirles que perdonen a sus verdugos”, se cuenta cómo monseñor Blázquez, obispo de Bilbao, con una prudencia o hasta una timidez rayana en la disculpa, avanzó unas palabras que aspiraban a ser conciliatorias y que terminaban expresando el deseo de “que se pida perdón, que se ofrezca y se reciba, para que se pueda llegar a una reconciliación”. A estas palabras podría ciertamente reprochárseles la indigencia de no apartarse un soplo de las rutinarias inercias del púlpito, pero, para enorme sorpresa y estupefacción de lo que uno habría esperado, fueron incriminadas justamente por todo lo contrario: por ofender los oídos de los fieles como una escandalosa novedad, que hasta rozaba tal vez la heterodoxia. A algo aproximadamente así debieron de sonarle por lo menos al señor Miquel Buesa, presidente del Foro Ermua, por cuanto se mostró partidario de que monseñor Blázquez estudiase su renuncia como obispo de Bilbao y como presidente de la Conferencia Episcopal, ya que sus palabras “le descalificaban totalmente como pastor de almas” y sus planteamientos sobre la cuestión terrorista diferían “bastante” de lo que piensan los católicos.

Por su parte, el arzobispo de Toledo y Cardenal Primado, monseñor don Antonio Cañizares, en una entrevista de El Mundo del 10 de julio del 2006, también defiende el perdón: “El perdón está en la entraña de la fe cristiana. Jesucristo perdonó en la cruz, dijo ‘perdónales, porque no saben lo que hacen’ y siempre estuvo dispuesto a perdonar. Pero el perdón reclama arrepentimiento. ETA debe admitir no sólo que se ha equivocado, sino que ha hecho un gravísimo daño”. Pero aquí el señor Arzobispo incurre en un lapsus de contradicción con la letra de las Sagradas Escrituras; en efecto, si el perdón “reclama arrepentimiento”, si la ETA “debe admitir” su equivocación y el gravísimo daño que ha hecho, para obtener perdón, este perdón condicionado ya no es el de Cristo en la cruz -“Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen”-, porque sólo se les otorga a los que “saben lo que han hecho”, y además, tal como implica el arrepentimiento, lo reconocen como mal. Aquí también parece que los vientos de Ultramar han llegado a soplarle al arzobispo de Toledo la doctrina de la absolutización escatológica de los antagonismos hoy renaciente en ciertas sectas o iglesias reformadas. Tal influencia podría estar corroborada por el hecho de que nuestro buen Arzobispo de Toledo parezca incluso compartir con el propio presidente Bush, ya sea la doctrina Mejía-Víctores, ya la Jeremy Moore. La primera ya la enuncié otra vez en otro texto: el general guatemalteco Óscar Arnulfo Mejía-Víctores, elevado hace años a jefe del Gobierno y preguntado si pensaba negociar con la guerrilla, dijo: “Quien negocia pierde”; la segunda es la ya mencionada más arriba, que postula la capitalización moral de los muertos, lo que sólo en términos de victoria alcanza su criterio y expresión. Recogiendo, así pues, el Arzobispo, en la misma entrevista (de El Mundo, 10-VII-06), la referencia del entrevistador a la equiparación bastante difundida entre “parlamentar” y “claudicar” o entre “negociación” y “rendición”, no se para en matices y profiere directamente estas palabras: “Rendirse es perverso, y por eso a ETA hay que derrotarla. Las víctimas no pueden plantearse la duda de que tantos muertos no han servido de nada si al final los terroristas logran su propósito”. Y aquí conviene detenerse un momento en señalar y remediar otra muy comprensible -dado el ambiente forestal en que se mueve esta cuestión- distracción del Arzobispo, pues la correlación entre las partes se le entrecruza de manera equívoca: los propósitos para cuyo logro se pretende que las víctimas sean de alguna utilidad no pueden ser más que los propósitos de los que las hacen, o sea de los etarras. Si las víctimas son, por tanto, producidas por los propios terroristas para servir a sus propósitos, el deseo del victimato tendría que ser precisamente el de que las víctimas no hayan servido para nada, lo que, de un modo más explícito, equivale a decir que no les hayan servido a los terroristas para avanzar en sus propósitos o fines. Pero no puede haber ningún razonamiento que no sea una enramada de pura logomaquia capaz de hacer idéntica o siquiera equivalente la inutilidad de las víctimas para los fines de la ETA en utilidad alguna para nadie. En todo caso, aunque mal puede haber ninguna gana para ello, cabría congratularse de que al menos hayan tenido la fortuna de no haber servido para nada.