Netanyahu, el palestino

En enero, los votantes israelíes irán a las urnas para una elección que promete darle al primer ministro Benjamín Netanyahu una renovación de su mandato. Difícilmente pueda hallarse perspectiva más odiosa para la izquierda israelí, para el gobierno del presidente Barack Obama en los Estados Unidos, para la mayoría de los líderes europeos y para muchos judíos estadounidenses.

Pero los que más la detestan son los palestinos. En la larga y dolorosa historia del conflicto árabe-israelí, a ningún primer ministro israelí han denigrado tanto como a Netanyahu (a no ser quizá Ariel Sharon). La razón es sencilla: Netanyahu es uno de ellos.

Por supuesto que no lo es en sentido literal. Pero, a diferencia de otros primeros ministros de Israel (una vez más, con la posible excepción de Sharon), Netanyahu adoptó para sí la estrategia política de “sumud” (firmeza) de los palestinos.

La filosofía de sumud hunde sus raíces en la fe inquebrantable de los palestinos en que la causa que defienden es justa y los métodos que emplean, apropiados. Esta creencia se manifiesta en la cultura palestina en formas tanto pasivas como activas; demanda obstinación y admite la crueldad, la violencia y la duplicidad.

El concepto de sumud gira en torno de una idea intransigente y cerrada, según la cual Israel es ilegítimo y no durará para siempre. Es por esta idea que los líderes palestinos han mantenido a su sociedad movilizada durante décadas, con el objetivo de que resista hasta que llegue el final de Israel. El adoctrinamiento de los palestinos comienza desde que son niños, a través de la familia, la educación y los medios de comunicación, y continúa más tarde alentándolos a adoptar formas de resistencia más agresivas, incluido el terrorismo.

Dicho de otro modo, los palestinos están preparados para una contienda larga. Pero al mismo tiempo, es notoria su falta de planes para la creación de un estado palestino que no dependa de la ayuda extranjera (de no ser por las iniciativas recientes del primer ministro de la Autoridad Palestina, Salam Fayyad).

Por su parte, Netanyahu emplea una versión de sumud que se manifiesta en sus políticas y en su retórica, centradas en la legitimidad, la necesidad y la permanencia de Israel. De hecho, sus discursos suelen dar lecciones de historia del pueblo judío y presentan la “Tierra Santa” como un derecho de los judíos y como un símbolo nacional israelí.

En su discurso de septiembre ante las Naciones Unidas, Netanyahu expuso claramente su idea central dirigiéndose a todos, pero especialmente a los israelíes: “Hace tres mil años, el rey David reinó sobre el estado judío desde nuestra capital eterna, Jerusalén. Digo esto para todos aquellos que proclaman que el estado judío no tiene arraigo en la región y que pronto desaparecerá”. Esta retórica rinde tributo a una estrategia de largo plazo consistente en reforzar el control israelí sobre áreas vitales, especialmente Jerusalén y sus suburbios.

De hecho, la construcción de asentamientos en Cisjordania disminuyó, pero no se detuvo. Entretanto, la combinación de acciones antiterroristas decididas y la barrera de separación logró reducir claramente los ataques a través de la frontera y contener el aumento de la presión en Palestina mientras el conflicto se mantiene momentáneamente en suspenso. Al mismo tiempo, Netanyahu sigue dirigiendo la expansión económica y la mejora de las relaciones exteriores, no obstante la retórica hostil de Europa y otras partes del mundo.

Aparentemente, los palestinos saben que la política de Netanyahu es una forma de sumud. La firmeza de Netanyahu (junto con el creciente desinterés internacional en este conflicto, ahora que la atención del mundo se ha trasladado al invierno islamista de la Primavera Árabe) obstaculiza cualquier avance hacia un acuerdo.

Es posible que, por su parte, Estados Unidos esté igualmente frustrado. Se supone que los primeros ministros israelíes vienen en dos variedades: europeos del este con acento fuerte y militares encanecidos que ponen toda clase de reparos antes de acceder a las demandas de Estados Unidos o del resto del mundo en materia de concesiones, negociaciones o ayudas. Si bien hubo primeros ministros, como Menájem Beguín e Isaac Shamir, a los que les gustaba dar discursos, al menos sus intenciones estratégicas eran claras.

La negativa de Netanyahu a hacer concesiones desconcierta, confunde y, a menudo, irrita a los estadounidenses. A sus implacables disquisiciones sobre temas como el entorno estratégico de Israel, sus necesidades de seguridad, sus puntos no negociables y la historia del pueblo judío, los matiza solamente con un discurso conciliatorio acerca de reabrir las negociaciones, oferta que los palestinos (tan temerosos como él de dar señales de debilidad) rechazan de inmediato.

Además, la evaluación desapasionada que hace Netanyahu de la situación de Oriente Próximo no coincide con la del gobierno de Obama (dominada por su tambaleante romance con los islamistas moderados) ni con la de sus partidarios más fervientes entre los judíos estadounidenses. Ni los unos ni los otros comprenden a Netanyahu, quien con sus proclamas de los derechos de los judíos, su defensa de los intereses de Israel y sus amagos de conciliación que luego no acompaña con concesiones se parece mucho a un líder árabe típico.

A pesar de un importante grado de malestar de los israelíes con el partido, los aliados y las políticas de Netanyahu, este no tiene rivales creíbles. Los israelíes aceptan a regañadientes que el país y su situación geopolítica se encuentran relativamente estables, especialmente en comparación con sus vecinos más cercanos (Siria ardiendo en llamas, Egipto al rojo vivo y el volátil Líbano). Por añadidura, parece que las variables que podrían jugar en contra de la reelección de Netanyahu (por ejemplo, la situación en Gaza y Líbano o el empeoramiento de las condiciones en el Sinaí y Jordania, situaciones todas ellas que podrían lanzar a Israel a un conflicto militar no deseado) en este momento difícilmente puedan influir en el resultado de la elección.

Por eso, la posición de Netanyahu es fuerte. Los palestinos iniciaron un juego de suma cero que le dio ventaja a Netanyahu. Este adoptó la misma estrategia de los palestinos y los acorraló. Después de todo, cualquier paso auténtico que pudieran dar los palestinos hacia la paz (sobre la base de una solución con dos estados sin “derecho al retorno” para los refugiados posteriores a 1948) encolerizaría a Hamás y reviviría la violencia sectaria, agregando una más a una larga lista de derrotas autoinfligidas.

Mientras los palestinos lo sigan ayudando así (por ejemplo, hace poco Hamás reprobó duramente al presidente palestino, Mahmud Abbas, por cometer el desliz de renunciar implícitamente al derecho al retorno) Netanyahu puede mantener su dominio sobre Israel y Palestina por tiempo indefinido.

Alex Joffe is a fellow of the Middle East Forum. Traducción: Esteban Flamini

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