Newton y lo políticamente correcto

Con carácter general, las leyes y los principios de las ciencias de la naturaleza pasan por un estado de conjetura hasta que la experimentación permite proclamarlas como verdades científicas. Por muy rotunda que sea la certeza de estas verdades, tienen su ámbito de aplicación y extrapolarlas fuera del mismo es una tarea de escaso sentido. Por ejemplo, Paulov, con su conocido experimento de tocar la campana al dar de comer al perro, demostró la existencia de un reflejo condicionado que hacía que, al toque de campana, el perro segregaba jugos gástricos sin necesidad de recibir comida. Pues bien, usar ese experimento para fundamentar una doctrina conductista en psicología o en pedagogía, más que ciencia parece un ejercicio de metáfora literaria. Lo mismo se podría decir del intento de aplicar las leyes de la mecánica de Newton a una sociología política de las masas. Cualquier propósito de considerar sometido a las leyes de la naturaleza –animada o inanimada– al ser humano, siempre lo he considerado un determinismo rechazable, una cosificación de las personas, y un condicionamiento mecanicista del libre albedrío, que es el atributo esencial de los seres humanos.

Dicho lo cual debo contradecirme inmediatamente y admitir que en ciertas ocasiones las masas se asemejan más a objetos inanimados que a seres racionales, lo que determina que en esos casos se cumpla el principio de acción-reacción de la tercera ley de la mecánica de Newton. Me refiero a los supuestos en los que la acción política deroga de forma irrazonable los valores vigentes en un régimen. Se produce entonces una reacción política en sentido contrario de igual intensidad, como sucede entre dos objetos que se encuentran de acuerdo con la citada ley de Newton. Se cumple rigurosamente el principio de acción-reacción.

Esto es cabalmente lo que está ocurriendo con la imposición de la nueva ética de lo políticamente correcto. Paso a paso, con una determinación imparable, una serie de minorías de los más dispares géneros ha convertido el principio democrático de respeto a las minorías en una supremacía dictatorial de las mismas. Se han ido afianzando progresivamente en los regímenes democráticos occidentales. Imponen sus posiciones minoritarias en contra de los valores tradicionalmente aceptados y son, a mi modo de ver, la causa principal de algunos movimientos populistas en Europa y en América. Principalmente los populismos de derechas porque los de izquierdas son otro problema bastante más grave. El símbolo por excelencia de este movimiento es Trump, pero con más o menos fuerza también están en auge en Francia, Holanda, Austria, Hungría, etc, etc. Todos ellos asumen como directriz política primordial la anulación de lo políticamente correcto para volver a los valores democráticos tradicionales, que intuyen que es la aspiración de una mayoría silenciosa.

¿Puede decirse que sean actitudes reaccionarias? Originariamente fueron considerados reaccionarios quienes se oponían al nuevo régimen revolucionario en Francia y conspiraban para la restauración de la monarquía desaparecida. Y la verdad, no veo yo a Trump tratando de derogar la democracia americana para volver a proclamar el régimen colonial inglés, ni a los líderes populistas europeos conspirando para reinstaurar el feudalismo. Pero no es menos cierto que también se entiende por reaccionario a quien, respetando en su esencia el régimen democrático, trata de hacerlo volver a un estado anterior de desarrollo suprimiendo o limitando nuevas libertades, para restaurar en su pureza los valores tradicionales. En este sentido, si se considera que lo políticamente correcto es un estadio más desarrollado de la democracia, se puede afirmar que Trump y sus correligionarios europeos son reaccionarios. En caso contrario, no. Y lo cierto es que tanto en Estados Unidos como en Europa, una mayoría silenciosa abomina de la nueva ética y no la considera un avance democrático válido sino una distorsión de los derechos de las minorías que han desbordado sus límites democráticos razonables.

Son las gentes que aceptan la existencia de lo que eufemísticamente se denominan opciones sexuales distintas, pero no creen razonable que a la hora de regular la institución familiar se desconozcan las diferencias entre esas opciones y la que es abrumadoramente mayoritaria entre los ciudadanos. No son viejos y ricos colonizadores racistas despreciativos de otros tintes de la piel, ni son machistas irredentos, pero piensan que la legislación se ha excedido en la discriminación positiva a favor de ciertos sectores de la población y que el nuevo lenguaje para la igualdad de sexos es de un ridículo insufrible. No pretenden volver a la economía rural ni a las ferias y mercados medievales, pero creen que a los chicos listos de Wall Street y de la City se les ha ido la mano con sus prácticas financieras. Siguen leyendo los periódicos y saben bien que la libertad de prensa está en el ADN de la democracia, pero no entienden la preponderancia asfixiante de todo lo progre sobre sus valores tradicionales en las grandes cadenas. Son respetuosos con la libertad religiosa, pero no aceptan el escarnio público de sus creencias por el cretino de turno. No consideran «islamofobia» constatar que en gran medida el terrorismo hunde hoy su raíz en algunos países islámicos, en muchos de los cuales hay persecución a las iglesias cristianas.

No son reaccionarios, respetan a las minorías, simplemente se niegan a aceptar la dictadura de la nueva ética relativista y buenista que quieren imponer.

Es democrático y legítimo que haya líderes y partidos que asuman la defensa de esa mayoría silenciosa descontenta con los excesos de la nueva ética, pero siempre dentro de la razón y la mesura. No es admisible sin embargo que contribuyan a exacerbar el descontento, ni a convertir el descontento en hartazgo, el hartazgo en irritación y la irritación en odio, con la única finalidad de obtener el poder. No es admisible una retórica que llame a una política de reacción desmedida frente a todo lo que tenga un aire de novedad. Provocarán inexorablemente una nueva reacción desmesurada en sentido contrario, y la historia nos enseña que en esta espiral de acción-reacción Europa es mucho más vulnerable que los Estados Unidos.

Unos y otros deben olvidar en la política la mecánica de Newton. Cuanto antes mejor.

Daniel García-Pita Pemán, jurista.

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