Ni con Bush ni con Chomsky. Guerra al terror

Paul Berman, el intelectual norteamericano más polémico del momento, cree que la inspiración del fundamentalismo islámico está en el nazismo y el fascismo, y que los pacifistas deberían tenerlo en cuenta para evitar viejos errores (LA NACION, 02/11/03).

La casa de Paul Berman, prolijísima y llena de luz, está en una cuadra de Brooklyn que parecería el sueño del americano promedio: árboles en las calles, casas de la misma altura, los frentes impecablemente pintados. Pero a no confundirse: para un intelectual judío de izquierda requiere cierto coraje vivir allí. Se trata del extraño epicentro del barrio fundamentalista islámico de Nueva York. Sin ir más lejos, en Al Farooq, la mezquita a la vuelta de lo de Berman, recientemente se detuvo a un clérigo yemenita acusado de enviar 20 millones de dólares a Osama ben Laden. Y fue justamente en las librerías de la cuadra donde, entre montañas de traducciones del Corán, Paul Berman encontró los textos de Sayyid Qtub, un intelectual egipcio que hoy es considerado como uno de los fundadores del fundamentalismo islámico.

“El problema con los periodistas norteamericanos es que se repiten a sí mismos en vez de salir a buscar el origen de los problemas”, explicó a LA NACION este ex profesor de la Universidad de Columbia cuyas investigaciones suelen ser tapa del New Yorker y The New York Times y cuyos libros lo convirtieron en el intelectual más polémico de los Estados Unidos.

Berman, que habla perfecto francés y castellano, es además un especialista en cubrir revoluciones. También, con el objeto de rastrear información sobre Rubén Darío y sus notas para LA NACION, llegó a Buenos Aires hace dos años, donde se volvió un adicto a las librerías de la calle Corrientes. En su casa tiene una ecléctica colección de Borges y de varios autores antinorteamericanos de las primeras décadas del siglo XX. “¡Cuando los vendedores me veían con este acento, creían que los quería para quemarlos!”, recuerda.

El intelectual del fundamentalismo

Durante un año y medio, Berman se dedicó a analizar los libros de Qtub, un escritor prácticamente desconocido en Occidente pero que dominaba las librerías de su barrio neoyorquino. El resultado fue Terror and liberalism (que será traducido como Terror y libertad , dado que la última palabra en inglés hace referencia a la izquierda moderada y no al liberalismo económico), el libro a partir del cual se considera a Qtub como el padre intelectual del fundamentalismo islámico. El trabajo de Qtub también convenció a Berman de que en el fundamentalismo islámico de Ben Laden -pero también en el baa´thismo, la ideología reinante entre Saddam Hussein y su clase dirigente- se encuentra una amenaza similar a la de los movimientos totalitarios del siglo XX, como el nazismo, el fascismo y el estalinismo. Y de que así como los europeos y americanos de espíritu progresista dudaron durante un largo tiempo de las intenciones de Hitler y de Stalin, la izquierda en Occidente está en peligro de negarse a ver sistemáticamente las amenazas reales que salen del mundo musulmán.

La teoría de Berman, por supuesto, debe su fama actual también al hecho de que no deja sector alguno de la sociedad norteamericana por ofender, porque demuele a sus camaradas de la izquierda y a los pacifistas por una “falsa ingenuidad” y, al mismo tiempo, es uno de los críticos más duros de la manera en que Bush manejó la situación en Irak y Afganistán.

-¿Cómo llegó a la teoría de que los movimientos de Ben Laden y Saddam Hussein son versiones islámicas del fascismo europeo?

-En realidad, nunca había entrado en las librerías de mi barrio por una cuestión de timidez, pero después del 11 de septiembre estaba desesperado por respuestas y me animé. Los textos de Qtub, que fue mandado matar por el presidente secularista Nasser en 1966, eran los que dominaban todos los estantes y los que más circulaban, así que no fue demasiado difícil ver que algo tenía que haber detrás de ese autor. Su lectura fue extremadamente informativa: Qtub es uno de los tres grandes pensadores islámicos y un argumentador brillante. Lo que me llamó la atención fue que yo pensaba encontrar algo radicalmente nuevo y en vez de eso comencé a reconocer mucho de lo que leía. Qtub era esencialmente un filósofo moderno y mucho de lo que decía era la versión coránica de cierta filosofía europea del siglo XX: la de la extrema derecha. Esto confirmó una sospecha que yo ya tenía: que el baa´thismo de Hussein y el radicalismo islámico de Ben Laden no son, como ambos movimientos aseguran, estrictamente autóctonos, sino que son doctrinas modernas no demasiado distintas de otras doctrinas modernas totalitarias contra las cuales la democracia tuvo sucesivas guerras a lo largo del siglo XX.

-Muchos plantean que un movimiento como el de Ben Laden es antimoderno. ¿A qué se debe esta diferencia de perspectiva?

-Por un lado ellos mismos aseguran ser los representantes de un régimen basado en el siglo VII. Se visten como si lo fueran y encima la ignorancia de Occidente impide también reconocerlos como movimientos modernos. Esa ignorancia tampoco permite ver por qué son tan atractivos para tanta gente. Es como mirar a los nazis y pensar que verdaderamente eran antiguos hunos de los bosques germanos adorando a los dioses paganos, simplemente porque era lo que ellos decían. Es como creer que verdaderamente Mussolini era una figura de la antigua Roma y sus seguidores centuriones y legionarios.

-¿Cuánto tiene en común Saddam con figuras como Hitler y Mussolini?

-Mucho. Promulgan distintas versiones de una misma ideología. El baa´thismo de Saddam fue organizado en 1943 en Damasco, en un momento en el que era perfectamente racional suponer que los fascistas iban a ganar la Segunda Guerra Mundial. Fue organizado en una atmósfera de influencia nazi y la doctrina se le asemeja en muchas formas. Una de las más evidentes, por supuesto, es la idea de una conspiración de judíos y masones para dominar el mundo, importada directamente de Europa. También está la idea de resucitar un antiguo imperio desaparecido, aunque en este caso es el califato del siglo VII. Asimismo hay un similar culto a la muerte, el compromiso a la guerra eterna y el culto al líder. Hitler obviamente fue peor que Mussolini y que Saddam, pero no hay que minimizar lo que se puede atribuir a este último, un total de cientos de miles de personas muertas. No cualquier dictador puede atribuírselo. Uno de los grandes errores es considerarlo como el líder de un movimiento antiimperialista, simplemente como una versión poco atractiva de un líder del Tercer Mundo. Gran error: el baa´thismo se fundó para la lucha contra el imperialismo británico, pero con una enorme influencia nazi. No todos los movimientos que salen del tercer mundo son buenos, como ciertos sectores de la izquierda sistemáticamente creen.

-¿Por ejemplo Noam Chomsky, a quien usted demuele en su libro?

-Chomsky presenta una visión del mundo ridículamente simple, en la cual todo el mal sale de una misma fuente: Estados Unidos. Este argumento distorsiona la realidad tanto como el de aquellos que piensan que todo lo que hace Estados Unidos está bien. Pero el efecto de un intelectual como Chomsky es bastante más grave que el de presentar simplemente una visión limitada de la realidad. Con sus palabras lleva a que mucha gente de la izquierda cierre los ojos frente a ciertas atrocidades. Puedo entender y conmiserarme con la frustración de la gente de otras partes que siente que la presencia norteamericana es una opresión y que se sienten abusados. Pero no deberían caer en la trampa de sentir que cada cosa terrible que pasa en el mundo es por culpa de los Estados Unidos.

-Usted es miembro del consejo de Dissent, la revista de la izquierda norteamericana por excelencia. Y editor de otro de sus órganos más famosos, The New Republic. ¿Cómo evalúa lo que Bush hizo hasta ahora en Afganistán?

-Lo principal que se logró es bueno. Dos años atrás, tanto Afganistán como Irak estaban gobernados por regímenes grotescos que sólo traían miseria y muerte a la población. En Afganistán, un tercio de la población estaba en el exilio, los derechos de la mujer habían sido abolidos, no se podía ir al cine ni escuchar música y había un serio riesgo de hambruna. Ese gobierno desapareció, hay un líder atractivo en su reemplazo y un nuevo gobierno que, en este momento, está construyendo la constitución para un nuevo sistema político. Que se llamará Islámico, lo cual a mí no me trae problema ya que es su país y, lo que es importante, garantiza los derechos iguales a todos. Que la situación está mucho mejor lo prueba que cerca de dos millones de afganos regresaron al país después de la invasión norteamericana. Y como los argentinos saben bien, cuando las cosas andan mal en un país la gente se va, no vuelve. Al mismo tiempo, Bush hizo todo esto con poca planificación previa y sin la suficiente participación internacional. El resultado es que volvieron algunos de los caciques locales. Yo de eso lo culpo a Bush porque planeó mal, a Bush porque no estaba verdaderamente comprometido con la reconstrucción de Afganistán y a Bush porque es un político tan poco atractivo, es más, tan repugnante, que su sola presencia impide que los otros países quieran involucrarse.

-¿Y en Irak?

-En Irak algo similar está ocurriendo, aunque está en una etapa anterior y más brutal. Siete meses atrás Irak estaba acostumbrado a una tiranía en la que se construían -y rápidamente se llenaban- fosas comunes, 300.000 iraquíes están desaparecidos, hay 5 millones en el exilio. Bueno, un millón ya volvió por una cosa muy buena que pasó: el tirano no está más. Y eso que, a pesar de lo que dice Bush -que tampoco está comprometido verdaderamente con la reconstrucción del país-, la guerra no terminó. Aún así, es fácilmente imaginable que en un par de años Irak recobre su estabilidad y tenga su propio gobierno. Los efectos de un Irak democrático no sólo son fundamentales para la prosperidad y seguridad de sus habitantes sino que pueden contribuir a convertir a Medio Oriente en una zona más segura y, con eso, un mundo más seguro. Afganistán e Irak son dos caras de una misma guerra contra el totalitarismo islámico. Otra versión de éste puede encontrarse en Irán. Afortunadamente hoy en Irán hay movimientos liberales que están luchando desde adentro, que siempre es preferible a una intervención del extranjero. Su lucha es contra facciones que, entre los actos más terribles que cometieron, aparentemente están las bombas en Buenos Aires. Los argentinos deberían ser conscientes de todo lo que está en juego en este momento y actuar.

-Por el contrario, un argumento que se repite mucho es que los atentados fueron a causa de haber colaborado con los Estados Unidos en la Guerra del Golfo y que por eso no hay que volver a participar.

-Eso es una locura. Los argentinos deberían tener la capacidad de darse cuenta de que quienes plantaron esa bomba responden a un odio irracional. Haber participado en una guerra para sacar a un tirano como Saddam en 1991 debería ser algo de lo cual sentirse orgullosos. Puedo entender que la Argentina, pasando por un momento tan complicado como el actual, no se sienta con ganas de salir corriendo a ayudar a otros, pero ése es otro tema.

-En su libro cita antecedentes alarmantes con respecto a la gente bienintencionada de la izquierda y los tiranos…

-El más evidente fue el de los comunistas que querían un mundo mejor y terminaron apoyando a Stalin. Pero hay ejemplos aún más grotescos, como el de los socialistas franceses de la década del 30. Querían evitar una nueva guerra y se rehusaban a creer que millones de personas en Alemania apoyaban a los nazis. No querían ver que un movimiento patológico de masas había tomado el poder, querían ser abiertos a lo que los alemanes decían y conmiserarse con las penas de Alemania tras la Primera Guerra. Y los socialistas franceses, con su mente abierta y un sincero deseo de evitar que algo como la Primera Guerra volviera a ocurrir, se las ingeniaron para encontrar elementos razonables y plausibles en los argumentos de Hitler. Se opusieron a que la milicia francesa fuese contra Hitler y muchos, muchos de ellos terminaron no sólo apoyando al régimen de Vichy sino siendo fascistas comprometidos.

-¿Hoy está pasando lo mismo?

-No es imposible ver algo similar en la izquierda. Con la invasión a Irak, decían que querían evitar más guerras en Medio Oriente, no estar a favor de Saddam. Sin embargo, no estaban dispuestos a hacer nada contra él. Veían a los demócratas iraquíes y kurdos luchando contra Saddam por los ideales que ellos sostienen y no hacían nada.

-¿Cuál debería ser el papel de la izquierda?

-Un buen modelo es el de otras ramas del socialismo francés en la Segunda Guerra. Como la de Leon Blum, un antifascista que estaba dispuesto a luchar por sus ideales y de hecho luchó. Ese debería ser el verdadero objetivo de los occidentales: ser antifascista, estar a favor de liberar a la gente que sufre con esos regímenes que no son sólo una amenaza para su propia gente sino también para el resto del mundo. Y esto no sólo quiere decir con las armas. Aunque Bush haga las cosas de manera equivocada, que la izquierda se limite a marchar contra él es aberrante. Hay mucho que podemos hacer. Lo mismo en Europa. Los alemanes, por ejemplo, son pacifistas y no quieren participar en una guerra. Perfecto. Pero deberían estar gastando millones de dólares en promover las ideas de libertad y democracia en Medio Oriente, ayudando a los movimientos democráticos autóctonos. Promover las ideas de libertad y democracia es la única manera de enfrentar a los movimientos totalitarios, pero ni la derecha ni la izquierda lo tienen en cuenta.