Ni contigo ni sin ti: perderán los mejores

Por Pablo Salvador Coderch, catedrático de Derecho Civil de la Universitat Pompeu Fabra (EL PAÍS, 12/01/08):

New Jersey -el Estado de Frank Sinatra, Bruce Springsteen y Whitney Houston- es a los Estados Unidos de América, como Cataluña a España: en 2004 y por cada dólar de sus impuestos federales, los residentes de New Jersey sólo recibían un retorno de 63 centavos, esto es, 37 se iban con la música a otra parte. Y no pasa nada: los norteamericanos seguirán unidos y mandando medio siglo más. Por lo menos. Tomo los datos del Departamento Federal de Comercio, que los publica con luminosidad de vitral cada año.

La afirmación recíproca no es cierta, pues la España oficial vuelve, negra, su espalda a Cataluña y se niega, recalcitrante, a hacer públicas balanzas fiscales que conoce demasiado bien. En un país libre, el mercado colma el vacío: para 2004, los ingresos per cápita de la Administración Central del Estado en Cataluña eran de 6.599 euros, y sus gastos de 5.331 euros (Fundación BBVA, Ezequiel Uriel y Ramón Barberán: Las balanzas fiscales de las Comunidades Autónomas con la Administración Pública Central (1991-2005), página 296).

El déficit catalán -más de mil euros por persona- es comparable al correlativo superávit de las dos Castillas y al de Andalucía, pero éste es mayor en Galicia y se dobla en Extremadura, comunidades, todas ellas, que son auténticos viveros de funcionarios públicos de envidiable competencia administrativa. Si se hicieran públicos los lugares de nacimiento de nuestras elites funcionariales, ustedes entenderían perfectamente de qué estoy hablando: entre los embajadores, los generales, los magistrados, o los abogados del Estado de este país se cuentan poquísimos catalanes. Estadística y antropológicamente hablando, Cataluña paga, pero no manda. Gobierna Madrid, rompeolas de España, que soporta, un déficit fiscal arrollador, pero desde el poder, es decir, con truco: el plus de la centralidad es negocio óptimo.

El estropicio de la opacidad gubernamental es grande, porque los números oficialmente proclamados darían fe de un esfuerzo innegable y contribuirían a evitar que, en comunidades beneficiadas por superávit, los catalanes fuéramos tantas veces menospreciados. Así, jamás nos entenderemos.

Hablamos, además, idiomas distintos en todos los sentidos de la palabra, los propios y los figurados. Enric Prat de la Riba (1870-1917) primer y único ideólogo del nacionalismo catalán lo recordó, brutal, en 1906, cuando desenterró unas líneas de san Agustín. Preferimos, escribía, "la compañía de nuestro perro a la de un extraño, pues, al fin y al cabo, aquél nos entiende y de éste nos separa la lengua" (La nacionalitat catalana. Columna, 1999, página 18).

Pero el desencuentro entre Cataluña y España -secular e irreducible- es devastador, pues mina los intereses estratégicos de todos, es decir, la buena marcha de nuestras culturas peninsulares a largo plazo: en una Unión Europea de 27 Estados miembros, Francia y Alemania vuelven a mandar -con Rusia resurgiendo al Este y Gran Bretaña templando al Oeste-. Entonces, una España auténticamente plural, que contara con todos y alineara, leal, a los mejores de todas partes pesaría -¡y de qué manera!- en esta Europa postwestfaliana. Unidos, contaremos. Divididos, perderán los mejores y, a la postre, todos.

Hay remedio: la España oficial ha de asumir en serio la asimetría que puso de manifiesto Prat hace cien años. Y si no quiere, perderá y mucho. La Cataluña profunda, por su parte, ha de aprender a verse como lo que es, un país de Marca sin recursos naturales ni grandes capitales, una montaña más una franja costera que es un corredor, pobladas ya por siete millones y medio de habitantes a cuya mitad Prat tampoco entendería. Un país así debe seguir siendo la casa de todos.

En esto, y paradójicamente, la Cataluña oficial debería ser como Madrid: abierta al talento venga de donde venga. La lengua llegará sola si las escuelas funcionan; si el poder político deja de una vez por todas de reservar parcelas a tantos incompetentes que carcomen los departamentos de la Generalitat y desmoralizan a la población; si nuestros gobernantes escogen a los mejores y los ponen ya a trabajar para el común en vez de pugnar por repartirse el poder hasta desmenuzarlo.

Otro catalán descomunal, el historiador Jaume Vicens i Vives (1910-1960), también recordaba en su Notícia de Catalunya (1954) las palabras de Ramón Muntaner (1265-1336): "Si aquests quatre reis que ell nomenà d'Espanya, qui són una carn e una sang, se tenguessen ensems, poc dubtaren e prearen tot l'altre poder del món" (Edicions 62 i La Caixa, 1994, página 120). Acerco la frase a España: juntos ganaremos.