Ni crisis, ni globalización, ni identidad

¿Por qué las clases medias, así como muchos profesionales, están apoyando a dirigentes autoritarios y votando a partidos de extrema derecha y a radicales de izquierda? Cuando hago esta pregunta a mis alumnos y personas de mi entorno las causas que mencionan son tres: 1) la crisis financiera y económica, 2) la globalización, 3) la inmigración. Estos factores son para ellos como los tres jinetes del Apocalipsis que estamos viviendo. Pero lo lógico es pensar que han afectado fundamentalmente a los perdedores de la globalización y de la crisis, pero no –o, al menos, no tanto– a las clases medias altas, profesionales y funcionarios que siguen conservando su empleo y tienen ingresos. Tiene que haber algo más que esas tres fuerzas.

Mi idea es que lo que está detrás de la ansiedad y la incertidumbre que mueve a estos sectores sociales, hasta ahora acomodados, a apoyar a líderes políticos autoritarios y a votar a opciones populistas de extrema derecha y de izquierda radical no es ni la globalización, ni la crisis ni la amenaza a la identidad que pueda venir de la inmigración. Es la profunda transformación estructural de en nuestras economías. Transformación asociada a la robotización, a la digitalización y a las máquinas inteligentes. Esta automatización amenaza el empleo en muchas actividades de servicios que antes requerían una elevada formación y capacitación.

Al contrario de lo que sucedió en el siglo pasado con la economía industrial, que vino a sustituir a una gran cantidad de empleos en la agricultura, esta nueva economía digital está produciendo un fuerte desacoplamiento entre aumentos de productividad y salarios. En el siglo XX las mejoras de productividad industrial, salarios y empleo fueron de la mano. La economía industrial fue sinónimo de progreso social.

Ahora, sin embargo, la automatización también trae mejoras de productividad considerables, pero que no vienen asociadas a mejores salarios. Todo lo contrario, lo que estamos viendo es la aparición de un nuevo tipo de trabajadores pobres, de precariado. Personas que tienen un empleo, pero con un salario que no les permite llegar a fin de mes y, menos aún, planificar su futuro. La economía digital asociada a plataformas digitales como Amazon, Uber, eBay o Airbnb, pero también a otras muchas empresas de sectores más tradicionales, permite contratar más trabajadores ‘freelance’, ocasionales y autónomos, que no trabajan en locales de la empresa. Son empleos que exigen total disponibilidad de tiempo a la empresa, pero no aseguran el trabajo.

Los anglosajones le han dado ya un nombre a este tipo economía basado en el trabajo ocasional y autónomo: ‘gig economy’. Algunos pronósticos señalan que para el 2020 un elevado porcentaje del actual empleo –40-50%– en nuestras sociedades será de este tipo. ¿Es bueno o malo este cambio? Sus defensores hablan de que permite a los trabajadores hacerse autónomos y lograr un mejor equilibrio entre vida laboral y personal, según las preferencias de cada cual. Es posible. Pero me temo que este argumento trata de hacer de la necesidad virtud.

¿Qué tipo de cultura viene con esta economía? Cultura entendida en el sentido de qué valores y prácticas necesitan las personas para prosperar en estas condiciones de inestabilidad y fragmentación profesional. Es verdad que este nuevo capitalismo es una pequeña parte de la economía. Pero tiene gran influencia cultural.

Esta ‘gig economy’ es un enorme reto para la sociedad. Es un desafío, por ejemplo, para el sistema de pensiones contributivas: los ‘freelance’ no cotizan cada mes, pero los pensionistas sí que cobran cada mes. Es también un reto para el tipo de lealtad entre trabajadores y empresas que requiere un proyecto empresarial de largo plazo. O también un reto para el tipo de educación que hasta ahora se transmite en las escuelas y universidades. ¿Qué clase de educación es necesaria para enfrentarse a trabajos de corta duración y con demandas laborales cambiantes?

¿Es posible hacer de la economía digital un instrumento de progreso social y realización personal o hemos de adaptarnos a esa precarización de la vida laboral y a la explotación comercial de nuestra privacidad? El desafío es enorme. De momento, esta transformación estructural genera un fuerte pesimismo frente al porvenir. Esa es la causa que está detrás del malestar de las clases medias y de su apoyo al populismo. No es ni la crisis, ni la globalización ni la identidad como erróneamente se piensa.

Antón Costas, Catedrático de Política Económica (UB).

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