Ni fui ni iré

Mi liberada:

Imagino que de vuelta de la gran manifestación irías rápidamente a ducharte. Ha vuelto el calor a Barcelona con todas sus virtudes locales. Esta humedad, como una cuarta dimensión. Esta densidad, que tan severas consecuencias tiene para el hombre solidario. Pero a ducharte habrás ido, sobre todo, por la promiscuidad y las malas compañías. Habrás tenido que vértelas junto al Rey de España y el presidente del Gobierno, y coreando lemas al unísono (y el lema más profundo, que es el del silencio) con los herederos de Franco. Te compadezco. Deberías haber seguido mi ejemplo, que he pasado la tarde tumbado al sol (fija la vitamina K), dándome agua con un aspersor de bote mientras iban y venían unos aires de Macanita, condiós tristeza.

El sentido de una manifestación como la de ayer, de pocos efectos prácticos, es el calor feligrés, el reconocimiento y el acuerdo recíproco. A diferencia del funeral, que recuerda a las víctimas, la manifestación es una celebración más o menos vigorosa de los supervivientes. Una celebración de nosotros. Nosotros, sin embargo, es un pronombre delicado. No se puede observar desde demasiada altura, porque incluiría también a los asesinos. Si nosotros es la especie humana es evidente y doloroso que los asesinos forman parte de ella. Nunca entendí que la cata se hiciera a esa altura en los tiempos de Eta, cuando se exigía a determinadas organizaciones que secundaran las manifestaciones posteriores a un asesinato y su condena. ¿Cómo iban a manifestarse contra el asesinato los asesinos, con independencia de que también ellos tuvieran cabeza, tronco y extremidades y conciencia de tenerlas?

Observado desde algo más cerca, nosotros puede ser los que estamos en contra del terrorismo. Un nosotros tan nutrido que hasta da vergüenza invocarlo. ¿Quién es ferviente partidario de que un coche se suba a la acera y destroce a los hombres, mujeres y niños que se cruzan, y porque se cruzaron por toda explicación? A los propios terroristas islámicos, como a aquellos vascos nacionalistas, les bastarían unos minutos de meditación y rezo para ir a la manifestación. Aunque es verdad que no los tendrán fácilmente porque o están muertos o van a estarlo.

La coincidencia frente al terrorismo puede servir para firmar manifiestos al pie, cada firma blindada en sí misma, nombre y apellido. Pero una manifestación es algo más. Tiene algo de fusión sentimental. Codo con codo. De pacto cordial. No solo expresa lo que nos une, sino lo que nos acerca. Un nosotros que no solo se exhibe sino que con su exhibición quiere hacerse más efusivo y potente. Mi probada ambición no aspira a decir que no exista el nosotros al que ayer convocó el gobierno de Cataluña. Algunas decenas de miles se creerían capaces de desmentirlo y no voy a darles la oportunidad. Solo digo que me habría dado una vergüenza irredimible formar parte ayer de ese nosotros. Nada de lo que pueda convocar ese gobierno incivil tiene la mínima posibilidad de vincularme. Es seguro que no dejarán de gustarme los valsitos venezolanos porque le gusten a Maduro; pero otra cosa es que tenga que bailarlos con él.

Desde hace cinco años el gobierno de la Generalitat ha urdido un plan contra la democracia que ha obtenido el asentimiento de una parte de la población. El asentimiento se ha obtenido a través de una campaña de propaganda, pagada directa o indirectamente con fondos públicos, que ha supuesto una de las operaciones de posverdad más eficaces y abyectas de que se tenga noticia. La tradicional especialización catalana en el diseño y envoltorio de todas las cosas ha producido una brillante y continua cadena de mensajes a la que los demócratas, empezando por el propio gobierno del Estado, han dado una respuesta pobre. La campaña ha destruido cualquier suelo y ha comprometido en un grado u otro el conjunto de la trama civil catalana. Ejemplo ultimísimo de todo eso es la filmina viral titulada Passa’l (Pásalo) que en un trepidante minuto y medio de mentiras, al modo de las tóxicas mentiras del 11-M, insinúa que el Estado ha organizado la matanza de Barcelona. El vídeo es de Òmnium, una entidad que nacida hace medio siglo, financiada por aquel carcamal llamado J.B. Cendrós, ha exhibido siempre la versión más tosca y flatulenta del nacionalismo; y que ahora, como su última producción confirma, está ya patrioticamente instalada en la delincuencia moral.

Sin que el asentimiento a sus planes haya conseguido reunir siquiera a la mitad de la población, el nacionalismo ha liquidado la unidad civil de Cataluña, una de sus precauciones políticas más invocadas. Nadie, ni el más acérrimo de los independentistas, pudo decir en las cuatro décadas autonomistas que se sentía extranjero en Cataluña. Las identidades, (así las llamáis con vuestra pasmosa seguridad ontológica) convivían en Cataluña en un razonable equilibrio de cuya rotura solo el nacionalismo es el culpable, como el escorpión es culpable. Pero ahora el país se ha convertido en una fábrica de extranjería que trabaja sin descanso. Los extranjeros pueden y deben desfilar juntos contra el terrorismo. El unánime desfile es, precisamente, un modo de apaciguar la artificial condición. Pero no pueden ni deben ir juntos cuando la extranjería no es fruto del azar sino de la xenofobia. Y cuando el sentimiento infame no es solo el delirio estratégico de un grupo de políticos infames, sino que ha sido infamantemente refrendado por un considerable número de exciudadanos.

La manifestación de ayer solo ha hecho que aumentar las quejas por la instrumentalización nacionalista de la matanza. Son quejas bienintencionadas, pero ingenuas. El Proceso no sería el que es sino fuera capaz, insensiblemente, de no respetar nada más que a sí mismo. Por siniestro que parezca, cuando el consejero de Interior, Joaquim Forn, distinguió entre catalanes y españoles sin preguntarle a los muertos, apropiándoselos, no hizo nada distinto de lo que se espera. El Proceso ensucia todo lo que toca: ética, política, afectos. Debo insistir: si respetara a los muertos, dejaría de ser lo que es. Comprendo y lamento que el Rey, y de ahí abajo el resto de demócratas, haya accedido a pasar la indigna prueba. Como después del 11 de marzo en Madrid, no hubo en Barcelona ni un grito ni un cartel contra los asesinos mientras, por el contrario, las autoridades democráticas sufrían un violento desprecio. ¡Y no tenemos miedo, aún iba diciéndose con gran valor la chulería buenista! Pero respecto a aquellos días de marzo se da ahora el agravante de un gobierno implicado en lo peor. Los humillados demócratas invocarán y harán invocar altas y juiciosas razones para haber hecho lo que han hecho. Ellos sabrán. Pero a mí la chusma procesal no me ensucia. Más.

Y tú sigue ciega tu camino

Arcadi Espada

1 comentario


  1. Palabras muy claras.

    La Sociedad Catalana se ha vuelto turbia para los que la seguimos desde la distancia (la proximidad se volvió asfixiante).

    Ahora el problema lo tienen los catalanes independientes, que no comulgan con esa situación de social fascismo (pre – nazi, según Vidal Foix). Y ya hay cadáveres en el armario.

    Se ha vivido el atentado como una experiencia narcisista.

    En un artículo de Público Jordi Borja constata -blanco sobre negro- que el atentado les ha igualado a los catalanes con la sociedad francesa.

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