Ni halcones ni palomas: sentido práctico

Por Bernat Joan, secretario de Política Lingüística del Govern (EL PERIÓDICO, 30/10/07):

El secretario de Política Lingüística contesta a Albert Branchadell, quien había censurado el relevo en el cargo de Miquel Pueyo por Bernat Joan, ambos de ERC, considerando que el cambio suponía que un halcón sustituía a una paloma. Branchadell contraponía el posibilismo de Pueyo, que ha centrado su mandato en campañas de sensibilización y habilitación de recursos, a la figura de Joan, encarnación, según afirmaba, de la politización de la lengua, de la cual, paradójicamente, Carod reniega.

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Poco después de mi nombramiento como secretario de Política Lingüística del Govern fui calificado, en este espacio de opinión, de “halcón”, por el hecho de que considero que la independencia nacional de los Països Catalans es imprescindible para poder lograr la plena normalización de la lengua catalana. Entonces tuve la impresión de que las ideas eran etiquetadas de “duras” o “suaves” de acuerdo con la concomitancia que puedan tener con el orden establecido, y no con la dureza o suavidad que presentan en sí mismas.
Existen independentistas moderados, del mismo modo que nuestra sociedad está llena de unionistas extremistas. La moderación o el extremismo no se encuentran en las ideologías que uno defiende, sino en cómo las defiende y en el grado de aceptación de los principios democráticos que existe detrás de esta aceptación.
Considero que la independencia es necesaria para la plena normalización de la lengua por varias razones. Por estadística pura y dura (el letón, el estonio, el lituano, el finés, el polaco, el húngaro, el noruego, el islandés o el esloveno son hoy lenguas de uso normal dentro de sus respectivos territorios, mientras que el occitano, el corso, el bretón, el vasco, el friulano, el gaélico escocés, el galés o el catalán no lo son); por espejo inverso (el argumento más habitual a favor del uso exclusivo del castellano en Catalunya es que “estamos en España”; si no estuviésemos en España, el uso del catalán sería aceptado de una forma mucho más automática); por comparación con otros casos, etcétera.

QUE CONSIDERE que la independencia es necesaria para lograr la plena normalidad del catalán no implica –ni lo ha implicado en ninguna etapa de mi vida– que piense que tenemos que abandonar la labor cotidiana, el trabajo diario, cada uno desde su puesto de responsabilidad, en defensa de nuestra lengua. Y, correlativamente, que desee la plena normalidad para la lengua catalana no implica, por supuesto, que no sea absolutamente partidario de una sociedad catalana plurilingüe, con personas capacitadas para comunicarse en varias lenguas y con proficiencia para inserirse en diferentes contextos culturales.
No obstante, en cualquier caso, la normalidad implica que la lengua que va a vertebrar nuestra sociedad, la que va a servir para intercomunicarse entre ellos a los hablantes de las diferentes lenguas que hoy en día se usan en nuestro país, en nuestros países, será la lengua catalana.
La mayoría de las sociedades del planeta –y cada vez más esta será la regla general– están formadas por personas que hablan lenguas diferentes. Al parecer, en Catalunya se hablan alrededor de 300 lenguas diferentes, de las que, como mínimo, existen unas cuantas que en el este de Europa tendrían los suficientes hablantes como para que estos fueran considerados miembros de minorías lingüísticas a tener en cuenta. Tenemos una minoría lingüística tradicional, de la que poco se han ocupado los que se llenan la boca con la defensa del multilingüismo y la pluralidad: me refiero, naturalmente, a la minoría aranesa. El aranés, variante del occitano hablado en el Vall d’Aran, es lengua oficial en Catalunya y nuestro Govern está comprometido en su defensa a todos los niveles.
El aranés, el occitano de Aran, tiene que ser igual de normal en este ámbito geográfico que el catalán en los demás territorios de lengua catalana. Y tenemos diversas minorías recientes: la principal, entre todas, la hispanohablante, pero también la gallega, bereber, árabe, tagalo y tantas y tantas que ya forman parte de nuestro paisaje lingüístico. Todas deben poder mantener sus raíces y, sin tener que renunciar a nada, formar parte de nuestra sociedad y participar de ella a través de la lengua de la plaza pública, la lengua catalana.

HOY, AL planificar la política lingüística de Catalunya, tenemos varios retos fundamentales: por un lado, el que ya hemos apuntado, o sea, hacer de la lengua catalana la lengua pública habitual, normal, común de nuestra sociedad. Asimismo, tenemos el reto de expandir el catalán y de hacer posible a la ciudadanía desenvolverse normalmente en catalán en los ámbitos en los que nuestra lengua está hoy postergada: la Administración de justicia, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, el mundo sociolaboral, el cine, deben ser asequibles en catalán, con toda normalidad, para toda la población de Catalunya.
Y tenemos que conseguir, para que todo esto sea posible, que los prejuicios que estrangulan la posibilidad de usar el catalán normalmente dentro de la población catalanohablante se vayan diluyendo como un terrón de azúcar dentro del líquido.
Hoy en día, la mayor parte de los catalanohablantes cambian de lengua cuando alguien se les dirige en español, hablan directamente en español con desconocidos, tienen dificultades a la hora de mantener la lengua en determinadas situaciones comunicativas. Todo ello debe cambiar de forma radical. Si los catalanohablantes mantuviéramos nuestra lengua de manera general, la incorporación de los recién llegados a la comunidad lingüística catalana sería mucho más fácil. Es preciso, por tanto, hacer todo lo que sea necesario para facilitar la incorporación a la catalanidad de aquellas personas que quedan al margen, y reafirmarla en aquellas que ya la tienen como propia.

Le responde Albert Branchadell: ¿Monolingüismo o multilingüismo? (08/11/07):