Ni izquierda ni nueva

Hay una idea que me viene a la cabeza cada vez con mayor frecuencia: ¿y si algún día descubrimos que Mariano Rajoy no era el funcionario pusilánime y poltrón que aparentaba ser, sino el tipo más brillante de la derecha española, capaz de diseñar él solo –o con la ayuda de algunos cerebros privilegiados de su partido, o incluso con ciertas lumbreras de la FAES prestadas por Jose María Aznar para la ocasión– la izquierda más tonta de Europa con la única intención de mantenerse en el poder hasta el día del juicio?

De no ser así, toda la culpa de las victorias electorales de un partido hundido en la corrupción sería la propia izquierda, y eso es una perspectiva muy deprimente para todos aquellos que aspiramos modestamente a una mejora de la sociedad que nos acoge.

Cuando funcionaba el bipartidismo –cuando funcionaba mejor que ahora, quiero decir–, la izquierda era una nebulosa inútil llamada Izquierda Unida en España e Iniciativa per Catalunya en esta comunidad autónoma, que es la nuestra. En esa época, la irrelevancia de la supuesta izquierda real se veía levemente tamizada por el poderío de la izquierda, pero menos, del PSOE, que ya había emprendido su camino neoliberal para alegría de obispos, banqueros y otras gentes de mal vivir.

Pero la situación empeoró considerablemente cuando una gran parte de la población empezó a desear la aparición de alguna fuerza política a la izquierda del PSOE –tampoco costaba mucho– y se encontró con que lo único que sabíamos fabricar los españoles y los catalanes eran cosas como Podemos o Barcelona en Comú, erróneamente autocalificados de nueva izquierda cuando poco tenían de nuevos y hasta estaba abierto a discusión si eran o no eran de izquierdas. Es decir: muchos queríamos una izquierda nueva, pero no esta con la que nos hemos de apañar últimamente y a la que, personalmente, acuso de la permanencia en el poder del PP (a medias, todo hay que decirlo, con esa actitud de ‘hooligan’ más que de votante que se gasta la derecha española).

Queríamos una izquierda para la España (incluida Catalunya) de principios del siglo XXI y nos encontramos, en Madrid, con una pandilla de aspirantes a bolchevique bolivariano que no parecen saber en qué país están ni qué año corre en el calendario, y en Barcelona, con unos buenistas pasivo-agresivos con muchas ganas de figurar que han acabado convertidos en los tontos útiles del nacionalismo obligatorio, vigente por esta zona del planeta desde la primera victoria electoral de Jordi Pujol.

Dejo fuera de este estimulante panorama a la ERC del profesor Oriol Junqueras –pandilla de carlistas meapilas que nunca han sido de izquierdas– y a la CUP de Anna Gabriel –fanáticos enamorados del mundo aberzale y de cualquier dictador (que diga que es) progresista, como demostraron tuiteando «Hasta siempre, comandante» cuando Fidel Castro estiró definitivamente la pata–, así como a grupúsculos del jaez de Arran o el Sindicat d’Estudiants dels Països Catalans (SEPC), que tienen el cuajo de definirse como «antifascistas».

Me quedo, pues, con la mal llamada nueva izquierda strictu sensu, la que reconoce como sus líderes a personajes tan tóxicos como Pablo Iglesias y Ada Colau. Él es un iluminado de corte tradicional, nacido en un plató de Intereconomía como tertuliano, aunque yo me tiré varias semanas convencido de que era un actor que interpretaba el personaje de un marxista inventado por algún guionista de extrema derecha. De la misma manera que cuando vi a Monedero largando en una secuencia de ‘Gente en sitios’, pensé que se trataba de una parodia del intelectual comunista prototípico.

Colau es una mujer de corte machadiano, pero no como aquel que era en el buen sentido de la palabra, bueno, sino más bien como el que aspiraba a ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro: es decir, una alcaldesa con agenda propia y propulsada hacia el triunfo personal con un equipo de palmeros procedentes de los márgenes del sistema y con ganas de notoriedad (Pisarello, Asens, Pin, Sanz ‘e tutti quanti’). Si resulta dudoso que Iglesias pueda llegar a presidente de la nación, no lo es tanto que Colau llegue a presidir la Generalitat, pues su tono untuoso y monjil conecta cada día con más gente.

Esta es la izquierda que tenemos y no parece que vaya a surgir otra en breve. La derecha española nunca ha tenido más motivos para felicitarse.

Ramón de España, periodista.

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