Ni-ni-ni-ni

Este articulista está a favor de todos los parados que buscan empleo, y especialmente de los jóvenes, que forman el colectivo más frágil del mercado laboral. Ya no lo está tanto de una parte significativa de jóvenes: los que no se han molestado en formarse, los que no tienen trabajo porque no lo buscan. Conforman una gran parte de los llamados ni-ni. De este colectivo, cifrado en más de 100.000 personas, hay que excluir a los que desearían estudiar y no tienen la oportunidad, a los que querrían trabajar, pero no encuentran trabajo. Se refiere, en cambio y de lleno, a los que no estudian ni trabajan porque no quieren. Una vez focalizados a estos jóvenes, son los ni-ni que podríamos calificar de ni-ni-ni-ni.

¿Por qué cuatro ni y no dos? Pues porque ni estudian, ni trabajan, ni les importa, ni tienen intención de dar un palo al agua en toda su vida. Yo conozco a algunos. Seguro que el lector también, aunque no se debe haber hecho el censo. Trabajo para los sociólogos, que si lo han hecho deberían divulgarlo. De momento, los socialistas les prometieron ayudas, más o menos condicionadas a la inserción. Electoralismo fallido, en forma de compra de votos a los que no venden. Los ni-ni completos no quieren saber nada de políticos, ni de elecciones, ni de periódicos, ni de la sociedad. Solo les importa pasarlo lo mejor posible, en compañía de jóvenes con los que comparten la misma falta de aspiraciones.

Más cosas de los ni-ni-ni-ni. Ni les importa nada, si no es de boquilla, más allá de su entorno. No les pidan ayuda o solidaridad, porque bastante tienen con buscar el modo de no hacer nada de provecho. Combinan la indolencia con el hedonismo. De ahí la falta de ambición, el conformismo, la adaptabilidad al entorno, la perspicacia para no causar más problemas de los imprescindibles. Hacen su vida y no pretenden ser motivo de preocupación. Estos ni-ni, cuanto más desapercibidos pasen, mejor. Aspiran a ser autosuficientes, pero difícilmente dejan de ser parásitos. En general, practican el parasitismo benigno. Un poco de aquí, un poco de allá, si no hay más remedio un empleo ocasional. Y en cuanto han tapado algún agujerillo, de nuevo a no dar golpe. Con las sobras del sistema les llega. Ni trabajan, ni estudian, ni gastan. Este es un concepto clave, el gran secreto. No gastan.

Es increíble cómo consiguen sobrevivir con tan poco dinero. Claro está que techo y comida los tienen más o menos asegurados por la familia. Pero aun así, cuesta entender cómo pueden considerarse felices con tan poco. La prueba de fuego para ser un ni–ni al cuadrado consiste en no angustiarse por la falta de dinero. Mientras les llegue para el móvil, y contando con el transporte público gratis por el método de saltar barreras, poco más necesitan. Del no gastar deriva su idiosincrasia y su forma de vida. Los coleccionistas de nis ni se casan, ni tienen hijos, ni toman otras drogas que las cultivadas por ellos mismos. Son especialistas en relaciones personales. Experimentan en red, comparten entre ellos y son, en principio, adeptos al pacifismo en su entorno privado. A grandes rasgos respetan las leyes, como mínimo para no caer en la delincuencia, pero viven según sus propias normas y códigos. Si algo hacen bien los ni-ni, es expresarse en el interior de sus círculos. En este sentido, son imaginativos y creativos, pero no productivos. Un poco artistas, un poco bohemios, no esperan reconocimiento social. En los márgenes se encuentran perfectamente cómodos. O soportablemente incómodos. En cualquier caso, no tienen prisa ninguna por pasar de ni-ni a adultos responsables de otra cosa que no sea ellos mismos. Su mochila es tan liviana que la llevan como si nada. Aunque, si tuvieran que llevar más de una, las cosas se complicarían. No confían en el esfuerzo, sino en la fortuna, y por tanto no le piden nada del otro mundo.

Todo esto, y lo que viene luego, se desprende de unas cuantas pequeñas observaciones, compartidas durante unas semanas con otros observadores en un trabajo de campo nada metódico ni académico, pero que quizá es significativo porque no está inventado ni es fruto de la imaginación. Es probable que, si se amplía el campo de la observación, surjan variantes o correcciones. Las pretensiones de este artículo son, pues, limitadas, y el riesgo de desenfocar, alto. De manera que el lector ya lo adaptará a su propia experiencia o campo personal de observación.

En cierto modo, los ni en fila son una especie de hippies en el interior del sistema. De los hippies han heredado gran parte de la, llamémosle, filosofía vital, pero no caen en la pretensión de querer cambiar el mundo o demostrar que sus valores y maneras de vivir son ejemplares o modélicas. Ellos miran para sí, y los demás ya se apañarán. No es culpa de los ni-ni- ni-ni si el común de los mortales se deja atrapar y se lo cree, cae en la trampa de las hipotecas, la competitividad, la humillación del puesto de trabajo.

¿Dónde está el problema? Pues en que, si nos descuidamos, tendremos que mantenerlos toda la vida. ¡Toda!

Xavier Bru de Sala, escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *