Ni paz, ni piedad, ni perdón

La derecha española que tenía experiencia política se tiró varios años preguntándose cómo era posible que Adolfo Suárez ganara dos elecciones; en el 77 y el 79. Hombres como Areilza o Fraga, o el mismísimo Ferrer Salat y muchísimos más que ahora o están muertos o mienten como bellacos, no daban crédito a aquel fenómeno que hoy se niegan a reconocer. ¿Cuántos años se tirará la izquierda española preguntándose cómo fue posible que un tipo como Zapatero no sólo llegara a ser secretario general del PSOE, sino que ganará también otras dos elecciones? Nada que ver con las vidas paralelas a lo Plutarco, pero sí la singularidad de sus efectos.

Tengo a Zapatero por uno de los cretinos políticos más notables que ha producido este país, abundante en cosechas. Ayuno de todo lo que no sea presunción y frivolidad deja una herencia a su propio partido que cuesta trabajo hasta imaginar. Baste decir que en su torpe esfuerzo por evitarle la derrota y la marginalidad no ha tenido más remedio que echar mano de lo que había caducado hacía una década, como mínimo. Inventó el partido de los Pepiños, las Pajines y las Bibibianas Aídos, fue entronizado en un salón de la casa de Trinidad Jiménez, acompañada por los más finos talentos de la inanidad socialista, razón única y de peso por la que debe seguir siendo ministra. Salió secretario general siguiendo una tradición españolísima según la cual se vota “contra”, no “a favor”. En este caso para cerrarle el camino al transformista Pepe Bono. El partido que había quedado maltrecho tras los González y los Guerra, los Almunia y los Borrell, padecía incontinencia urinaria, no olía bien, y tenía síntomas de artritis. Las articulaciones, ay, las articulaciones.

Zapatero quedará como el hombre que aprobó los matrimonios del mismo sexo, medida que no le consagra como estadista, y que ni me produce frío ni calor, y que ni es de izquierdas ni de derechas, sino una convención social. A menos que alguien fuera capaz de explicarme que la homosexualidad es más de la izquierda que la derecha; inquietante conclusión reaccionaria. Afectado por tan magro caudal de éxitos políticos, anunció su retirada a León, pero confesó a sus íntimos que no se iría sin dos logros que estaban al alcance de su mano. El primero, que España no fuera intervenida, y para ello aceptaría todo lo que le pidieran, ya fuera de los conservadores europeos o de Estados Unidos, China o el Vaticano.

El otro logro era precipitar una declaración de ETA reconociendo el abandono de la lucha armada. Mejor si además había desarme y disolución, pero si se abandonaba la vía terrorista, y lo decían en un papelito, era suficiente, aunque aparecieran una vez más unos niñatos disfrazados con chapela, porque los servicios de información ya le habían advertido que se trataba de ¡dos pamplonicas!, David Pla (el locutor) e Izaskun Lesaka, y la irunesa Iratxe Sorzabal.

Para hablar de la actual situación en Euskadi hay dos posibilidades, o hacer el retórico y apelar a la paz, la piedad y el perdón, palabras emocionantes que pronunció don Manuel Azaña cuando ya todo estaba perdido. O intentar un análisis político, lo que tratándose de Euskadi obliga a cogérsela con papel de fumar si uno no quiere que le intimiden los amigos de Mayor Oreja, que durante la tregua de su época de ministro fue el que más presos etarras acercó al País Vasco –cada partido tuvo su tregua, pero sólo mencionan la de los demás–, o los de Rufi Etxeberría, a quien recuerdo de corsario negro de la “socialización del sufrimiento”.

No hay nadie con tan mala entraña, o tan zafio, como para no considerar un hecho positivo la declaración de ETA anunciando el fin de lo que ellos llaman lucha armada. El lenguaje oculta una realidad, y hay que precisarlo, el tipo de “lucha armada” practicado por ETA en los últimos años exige “armas” muy poco exhibibles militarmente: explosivos de distancia y pistolas para proteger esos explosivos. Nada más. Lo de los misiles, fusiles de asalto y demás parafernalia legendaria, es de atrezo, para la leyenda y la propaganda. En estas condiciones “el ejército de la lucha armada” está cifrado en 50 activistas; incluso con la mitad podría seguir practicando ese tipo de terrorismo. Ahora bien, el asunto es que las policías española y francesa, y los servicios de información, han destrozado literalmente el aparato, y seguir se hace muy difícil, y sobre todo se pone en quiebra la estructura civil, económica, que daba soporte a un grupo de activistas. El abecé de la obviedad.

Decir que la sociedad vasca está harta del terrorismo y de sus consecuencias es evidente. Que esté harte de ETA es menos evidente, porque pertenece a un pasado que se mitificó y cuyas consecuencias crearon una sociedad enferma. Que en una localidad vasca, ETA mate a la puerta de una taberna a un empresario vasco que iba a jugar al mus, como todos los días, y que al tiempo que la policía recoge el cadáver siga la partida, en el mismo bar; eso sí, con mucha pena, porque era muy majo y muy vasco. Eso es un síntoma de una sociedad enferma y acojonada.

Las condiciones en las que se legalizó Bildu, como agrupación de la izquierda abertzale, sumado a las ansias evidentes de una buena parte de la sociedad vasca para terminar con el terrorismo, explicitando que se pueden conseguir los mismos objetivos sin el terror, es más, que el terror como han demostrado los años transcurridos, y la policía –no se olviden de las policías del Estado–, todo eso obligaba a nuevas estrategias. El efecto fue un aluvión de votos abertzales que han transformado una ciudad como San Sebastián, algo impensable, porque parecía tan estable como Santander. El maremoto en los ayuntamientos y diputaciones vascos aún está por evaluar y sus consecuencias no han hecho más que empezar, aunque los medios de comunicación y la izquierda abertzale no nos atrevamos, ni unos ni otros, a ponerlo todo negro sobre blanco, hasta después del 20-N.

Porque las próximas elecciones generales tienen un detalle añadido. Se trata de que ETA ha renunciado a la lucha armada, pero tiene el “frente de makos” ocupado con 703 presos. Sólo a un descerebrado, ignorante de la historia y ansioso por retirarse de ella en espera de otra oportunidad, se le ocurre forzar los tiempos para que él pueda volver a León, mientras su partido y la sociedad vasca han de asumir “su legado”. Administrar los tiempos, que es el ejercicio más difícil de un profesional de la política, Zapatero ni lo conoce ni se lo explicaron nunca. Baste decir que empezó su irresistible carrera de estadista humillando a la bandera norteamericana, algo tan infantil como “la ceja”, y termina con una retahíla de concesiones a Estados Unidos como no se recordaban desde Franco.

No hay que ser un genio, basta con un manual. En la historia de España, allí donde están presenten los presos políticos, arrollan. No sólo en la izquierda de 1931 o de febrero de 1936, incluso la derecha los utilizó con éxito en 1933, después de la asonada de Sanjurjo. Los presos de ETA estarán presentes de manera sobrenatural en la campaña del 20-N, como es lógico. Y para enmarañar más la jugada el presidente se lo pone imposible al pobre lehendakari López. Todos los que estaban en el secreto sabían de la declaración de ETA renunciando a la lucha armada. Xabier Arzalluz se atrevió a decir hasta el día en que se iba a producir, los servicios de información lo mismo, el intermediario socialista Eguiguren también. Pues bien, el humilde López se enteró en Nueva York, que ya es mérito.

La paz no se ha conseguido; de momento un armisticio hasta el 21 de noviembre. La piedad con las víctimas, que Zapatero ha tenido la desvergüenza de ensalzar y que algunos comentaristas ensalzan por su altura de miras, quedará como testimonio de su desfachatez, porque no la administrará él sino el que venga detrás. Y el perdón tiene en política el mismo valor que la confesión en el catolicismo: el derecho a volver a pecar.

Gregorio Morán

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