Ni putos, ni sumisos

Ya iba yo muy tocado por los efectos en la prensa española de la victoria de Syriza en Grecia y la aparición de unos economistas de ocasión, al estilo de mi abuela Josefa, que sabía restar y sobre todo sumar pero que se le hacía difícil, por una cuestión de principios, el ejercicio de dividir. Engolaban la voz y la pluma para explicarnos la inevitabilidad de echar a Grecia de la eurozona.

Un viaje por Andalucía me sometió a una tensión intelectual de esas que preceden a la indignación. Y no por la gente, siempre amable y con esas dosis de ironía que son tan depurativas para la salud de los presuntos analistas del norte peninsular que abarca desde Madrid hacia arriba. Lo que enerva a quien contemplara la realidad y su representación a modo de espectáculo está en los medios de comunicación. Como adicto que soy a la prensa escrita, salía a una media de seis artículos diarios contra Podemos, repartidos entre catedráticos con pretensiones, plumillas avezados, vejestorios egregios y funcionarios varios. Si voy a Sevilla no puedo evitar comprar ABC, edición local. Admito que es una querencia, como la de no recorrer la madrileña calle de Serrano sin comprar ABC a la puerta de la iglesia de los jesuitas, que tan letal le resultaría al almirante Carrero Blanco.

Las antológicas terceras de ABC son un clásico del periodismo hispano. Hay quien asegura que aún se pagan en doblones y reconozco que hay algo de sadomasoquismo en la querencia, porque ABC desde 1982 decidió mi inexistencia y cualquier intento de reseñar un libro mío obtiene el veto de la cúpula como pudieron comprobar escritores tan dispares como Miguel Sánchez-Ostiz y Valentí Puig. “Ese nombre no existe”. Fíjense que un despistado director de un diario granadino del grupo Vocento-ABC convocó un debate-presentación en su ciudad para mi gran perplejidad, resuelta en el último momento por una disculpa nada menos que de “infarto de miocardio” para suspender el acto y el gesto. Pues bien, yo compro ABC los sábados consciente de su afán de censura pero resignado a que no nos queda otro remedio que leer los suplementos culturales, por muy cainitas que sean. Es lo que hay.

Pero fíjense en esta perla: “Lo que menos podíamos figurarnos era que Podemos, aparte de ser totalitario al considerar prescindibles todos los demás partidos, es también ‘casta‘. Esos profesores sin relieve científico que lo lideran, dispuestos a hacer tabla rasa en la escena política nacional y ocuparla ellos, han vivido tan ricamente del Estado –o estados, pues han ordeñado a varios– con sueldos, informes, conferencias, consultorías y otras prácticas más o menos legales, no pueden presumir de puros entre corruptos. Y si actúan así antes de llegar al poder, es fácil imaginar qué harán de llegar a él”. Esta joya periodística con algún dislate sintáctico se debe a la pluma de avestruz de José María Carrascal, un personaje divertidísimo de nuestro paisaje mediático y del que amén de aquella viaje canción de “Carrascal, Carrascal que bonita serenata…”, se hizo famoso por sus corbatas manteleras y su tono pomposo conforme a su condición de veteranísimo corresponsal en Estados Unidos de un país pobre y acojonado como el nuestro.

No hay ni una palabra en su artículo titulado “Democracia, partidos, casta” que no revele al reaccionario desvergonzado y carente de sentido del ridículo que siempre hubo en él. Un vulgar tipejo, digno heredero del jardinero de Jerzy Kosinski, que se refiere a “profesores sin relieve científico”, frase con la que este maestro de periodistas liquida el conjunto de la universidad española y nuestra secular clase política con la única excepción de don Juan Negrín, jefe de Gobierno de la II República. Lo que expresado en un diario monárquico, líder de la denominada “oposición silenciosa” al franquismo, resulta una audacia involuntaria.

Han sacado del baúl la vieja quincallería reaccionaria como si no hubiera pasado más de medio siglo, quizá porque las nuevas generaciones periodísticas de plumillas se creen vírgenes. Ellos pueden abrevar en los viejos estilos del Movimiento Nacional y escribir letanías sobre la Assemblea Nacional Catalana u Òmnium Cultural porque no conocieron aquel modelo del género, el Arriba, ni podrán conocerlo ya. No es casual que sus mayores les hayan retirado las referencias, porque es sabido que en Catalunya, por decisión que nadie ha investigado pero que fue fácilmente asumida, se quemaron todos los ejemplares de Arriba, el órgano institucional del franquismo por excelencia, del que existía edición catalana y que ha desaparecido de todas las hemerotecas de este país más pequeño de memoria que de geografía.

Elecciones andaluzas en marzo, luego las municipales y autonómicas en casi toda España, tan imbricadas en las castas locales a los que una amenaza les parece un terremoto que les retirará las regalías. Y por si fuera poco esa genialidad de la consulta electoral de septiembre en Catalunya que roza el escándalo y la estafa por la singularidad de convocar unas elecciones con nueve meses de antelación, como un parto que exige cesárea. No creo que haya muchos precedentes. Por si fuera poca la singularidad, la campaña electoral la inaugura la Generalitat con un acto de autoreivindicación que pagará toda la ciudadanía, un 11 de septiembre restringido a espíritus convictos y con tragaderas. Habrá que volver sobre esta manipulación que nos amenaza y que sorprendentemente ha sido asumida por la sociedad como si se tratara de algo sencillo y sin mayores pretensiones, como un favor de nuestra casta política que aspira a perpetuarse. Dejémoslo aquí sin otros comentarios porque lo que ahora toca es Podemos.

¿Qué es lo más curioso de un fenómeno político recién nacido como Podemos? Que sea un grupo de profesores de la costra universitaria –no confundamos la costra con la casta, porque eso demostraría que no tenemos ni idea de las prioridades y de cómo se constituyen y se defienden las clases dirigentes–. ¡Qué más quisiera la universidad española que haberse constituido en casta! Llega a costra, sedimentada tras la posguerra indecente y consolidada durante la transición a partir de aquellos penenes –profesores no numerarios– que aspirando a ser dueños de un destino de ruptura institucional aceptaron la complacencia de ser asimilados como titulares con idénticos derechos de pernada intelectual. Un juego de adaptación al medio que resultó rentabilísimo para los entonces llamados poderes fácticos. La historia de los PNN es una página imborrable de nuestra inanidad intelectual. Cuando la audacia teórica pasa inevitablemente por el funcionariado. La radicalidad adaptada a las necesidades de un Estado acomplejado.

De ahí salió Podemos y para sorpresa de algunos y perplejidad de muchos ha provocado un fenómeno que no había aparecido nunca, digo bien, nunca desde el comienzo de la transición y la muerte del Caudillo. El miedo. Esos poderes fácticos que antaño se reducían a las instituciones clásicas de ejército, Iglesia y finanzas, y que con el tiempo y los repartos y las migajas se repartieron entre los partidos, los sindicatos y los trileros del borde de la cucaña, esos, están acojonados. O sea, que ha aparecido en el horizonte una amenaza que puede echar al traste con las canonjías del “quítate tú que me toca a mí”.

El fenómeno Podemos merece más que un artículo de circunstancias como este. Exige un análisis; más por lo que ha generado que por lo que es en sí mismo. De ahí lo conveniente de hacer referencia a aquel movimiento de mujeres acosadas por la violencia y el acoso machista que se hicieron respetar en Francia, allá por el 2002, con un lema que decía: “Ni putas, ni sumisas”.

¿Qué tal si lo adaptamos al gremio periodístico, y abordamos este año que nos castigará las entrañas, con un “ni putos, ni sumisos? Al fin y a la postre, nosotros estamos en tesitura similar: susceptibles de la violencia de la censura, del castigo y de la humillación. Cuando el poder tiene miedo no respeta nada.

Gregorio Morán

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