Ni siquiera un poco de hielo

Retomemos el relato donde lo dejamos el domingo pasado. Las abnegadas cargas, ladera arriba, en las que se inmolaron la mayoría de los jinetes del Regimiento Alcántara habían permitido llegar a Monte Arruit a unos 3.000 supervivientes de la frívola aventura expansionista que desencadenó el desastre de Annual. Mientras ellos permanecían cercados, a tan sólo 40 kilómetros de Melilla, en las más precarias condiciones imaginables, los generales discutían en los despachos qué tipo de auxilio iban a suministrarles. Berenguer tenía una opinión, Weyler otra, la del ministerio no estaba clara… Al final sólo se pusieron de acuerdo para lanzarles bloques de hielo desde un avión.

El hielo no era más que un simple remedio temporal. Les proporcionaba agua para resistir y servía de sucedáneo de anestesia a los heridos. Pero sobre todo mantenía viva la esperanza o, para ser más exactos, la quimera de que no estaban abandonados a su suerte. Imaginemos lo que habrían sentido aquellos soldados si los rifeños hubieran logrado derribar el avión del hielo y entenderemos la honda frustración de Rajoy, Monti y los demás dirigentes españoles e italianos reunidos en La Moncloa, cuando a las 2.40 del jueves se dieron cuenta de que Alemania había logrado sabotear la ayuda prometida una semana antes por Draghi.

La reunión del Consejo del BCE era la pista de despegue del avión del hielo o si se quiere de un avión cisterna dispuesto a arrojar agua sobre las llamas de los mercados. Su casi descontado manguerazo de liquidez no iba a suponer sino un paliativo para reducir la inflamación de la prima de riesgo hasta que se pudieran aplicar los remedios aprobados en Bruselas. Pero tenía también un alto valor simbólico en la medida en que implicaba que el BCE se comprometía a mantener la «estabilidad» y la «transmisión» de la política monetaria en la Eurozona, por usar expresiones del propio Draghi.

No eran los eurobonos ni mucho menos. No se trataba de mutualizar la deuda ni de nada parecido. Sólo de enfriar un poco los recalentados mercados de agosto para evitar la proliferación de incendios, producto de la volatilidad. De volver a colocar el diferencial español e italiano, si no en esa banda ideal de los 200 a 300 puntos que reclamaba el martes en su oportuno artículo Zapatero, sí al menos por debajo de la cota de los 400. Algo que no nos iba a sacar de pobres ni ahorrar ningún ajuste doloroso, pero que al menos hubiera supuesto un gesto de solidaridad y un estímulo de cara al terrible otoño que se avecina. Un chorro de agua fresca en el rostro del ciclista clavado sobre la pendiente.

Era tan poco lo que se pedía -en definitiva repetir la misma jugada de noviembre y febrero- y lo habíamos hecho con tanta insistencia que, cuando Draghi dijo en Londres que haría todo lo posible en pro de la moneda común y «créanme, será suficiente», todos entendimos que nuestras plegarias habían sido escuchadas.

Pero ahora resulta que ese believe me, it will be enough lleva camino de pasar a las antologías de la lengua de trapo en el mismo anaquel que el read my lips, no more taxes de Bush padre. De hecho nadie ha salido más dañado de ese pinchazo de las expectativas creadas por él mismo que el propio Draghi, pues a la hora de la verdad ha quedado en evidencia su sumisión a la política alemana. ¡La burbuja era Draghi!

Sensu contrario el gran vencedor ha sido su joven homólogo del Bundesbank, Jens Weidmann, que ha impuesto su criterio en los dos frentes decisivos del debate: ni habrá compra masiva de deuda sin que España e Italia pasen primero por las horcas caudinas de solicitarlo y negociar condiciones específicas; ni el fondo de rescate tendrá ficha bancaria para proporcionar la liquidez que le está vedado aportar al BCE.

El drama de Draghi es que su propio comunicado proporciona los clavos para el ataúd en el que yace su credibilidad. Naturalmente que «las primas de riesgo vinculadas a los miedos sobre la reversibilidad del euro son inaceptables». ¿Pero qué puede estimular más esos miedos sino ver al presidente del BCE dando marcha atrás en una estrategia de protección de los damnificados por imposición alemana? Para tener que contemplar al avión del hielo derribado por el fuego artillero de las baterías de la señora Merkel, mucho mejor hubiera sido que no hubiera despegado, que nadie hubiera siquiera especulado con su existencia.

Impresiona la tozudez con que Alemania defiende sus intereses inmediatos aun a costa de devaluar el prestigio de la institución capital de la Eurozona. En este envite no sólo estaba en juego dejar claro quién manda tras el equívoco creado por el fructífero plante de Rajoy y Monti en la última cumbre, sino que se dilucidaba la propia concepción imperante en Berlín sobre el futuro de Europa.

Ya sabemos que el ministro de Finanzas Schäuble, tan gentil siempre con España, hace de policía bueno sin tan siquiera dar nunca una batalla a fondo. Su comunicado de la semana pasada apoyando a Draghi se ha convertido también en papel mojado. Y ya sabemos que, aunque Merkel impulsa de boquilla la hoja de ruta de la Unión Fiscal, no tiene ninguna prisa por alterar un status que hace prosperar a Alemania a costa de la ruina de sus socios.

Según un informe de la rama alemana de la consultora McKinsey, la moneda única generó en 2010 unos beneficios de 330.000 millones de euros gracias a la reducción del coste de las transacciones y al impulso de la inversión y el consumo. Pues bien 165.000, o sea más de la mitad, fueron a parar a Alemania, un país que campa a sus anchas por nuestros mercados, se financia a tasas irrisorias y en la práctica cobra al resto de los europeos por permitirles depositar allí su dinero como si fuera Suiza.

Con un nivel de deuda pública sobre el PIB bastante parecido, Alemania pagará de aquí a fin de año 3.435 millones en intereses por unos vencimientos de 82.301 millones, mientras que España pagará 12.725 millones por unos vencimientos de 74.015 millones. Esto es injusto y, como dice Draghi, «inaceptable» pues todo el mundo sabe que si no compartiéramos moneda, resolveríamos nuestra crisis con devaluaciones competitivas que afectarían a las exportaciones de los fuertes.

El Financial Times publicó el lunes el artículo más transparente y esclarecedor de la mentalidad alemana que yo recuerde haber leído nunca. Estaba firmado por Otmar Issing, antiguo miembro de los consejos del Bundesbank y el propio BCE y padre del mecanismo de doble pilar -monetario y macroeconómico- por el que se fija el precio del dinero en la eurozona. Su título ya le delataba: «La unión política de Europa es una idea digna de sátira». Partiendo de esa premisa -para cuya ejecución convocaba al propio Juvenal-, le era fácil alegar que cualquier «transferencia del dinero de los contribuyentes» alemanes para compartir o abaratar la deuda de otros países supondría nada menos que «la violación del esencial principio democrático de no taxation without representation».

Puesto que en su opinión «la Unión Monetaria puede sobrevivir -se supone que indefinidamente- sin unión política», hasta el proyecto de unión bancaria le parece imprudente y «expropiatorio» pues implica el riesgo de que fondos de los depositantes en los países prósperos sirvan para asegurar los de las entidades en dificultades. En definitiva que, según Issing, ante situaciones como las de España o Italia sólo cabe «ayuda financiera basada en una estricta condicionalidad y a tipos de interés que no socaven la voluntad de hacer reformas». Ningún emperador romano, ni siquiera la reina Victoria, habría explicado mejor, látigo en ristre, las reglas del juego a sus colonias.

Los alemanes están pasándose de listos con esa «estricta» gobernanza y los perjudicados por su egoísmo miope deberíamos hacerles ver que nos estamos dando cuenta. Parece obvio que el error de la comunidad internacional fue no someter la reunificación alemana a la misma «estricta condicionalidad» que ahora se pretende aplicar a nuestra demanda de oxígeno financiero. Todo indica que Kohl era sincero cuando la vinculaba a un proceso de integración supranacional en el que la moneda única forzaría a constituir los Estados Unidos de Europa, pero sus herederos se van olvidando de ese compromiso y prefieren disfrutar de todas las ventajas de la barra libre sin ninguno de los inconvenientes de mantener el local en buen estado.

Tras el shock de la decepción, Rajoy y Monti tuvieron que ponerle al mal tiempo buena cara, aferrándose a los aspectos tan positivos como inconsecuentes del comunicado de Draghi. Pero el italiano el propio jueves y el español el viernes dieron a entender que no tendrán más remedio que aceptar la ley del embudo alemana y pasar por el aro diseñado en Berlín y empaquetado en Fráncfort. Sólo queda por saber cuáles serán las «condiciones» que se incluyan en el nuevo MOU -Memorandum of Understanding- y qué «medidas no convencionales» ofrecerá el BCE a cambio. Es decir cuánto se abaratará la financiación y cuánto se encarecerá el coste social del ajuste.

El sector más optimista del Gobierno cree que Merkel, escaldada con pasadas tomaduras de pelo, se limitará a establecer una especie de segunda llave para garantizar que ejecutemos a rajatabla el calendario de reducción del déficit, dosificándonos la liquidez, mes a mes, en función de nuestros méritos. En realidad eso ya supondrá nuevos sacrificios -pensiones incluidas- pues todos sabemos que el plan de ajuste de Rajoy se basa en unas previsiones de ingresos fiscales que no van a cumplirse.

Es obvio que no seremos traicioneramente pasados a cuchillo a las puertas del campamento como lo fueron los pobres supervivientes de Monte Arruit, pero no por ello resulta menos alevoso que se nos imponga esta humillante rendición. Según el informe del FMI que desvelamos hoy, nuestra financiación está artificialmente encarecida en 200 puntos básicos que nada tienen que ver con la economía española. ¿Y si el propio BCE, hay que insistir en ello, atribuye esas «primas de riesgo inaceptables» a factores exógenos -«los miedos sobre la reversibilidad del euro»-, mucho más relacionados con las vacilaciones alemanas que con ninguna otra cosa, por qué se nos obliga a combatirlos mediante el procedimiento endógeno de entregar aún más soberanía?

Aquí hay algo que no cuadra. Una cosa es pagar por nuestros pecados y otra tener que dejar una disparatada propina por los de nuestros socios más opulentos. Ante esta cruel tacañería de la señora Merkel sólo se me ocurre que el gremio de hoteles y restaurantes cierre filas con el gobierno de la Nación y haga sentir su respuesta patriótica a todos los turistas alemanes. A partir de mañana lunes, el hielo se les cobra aparte.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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