Niebla en la campaña

La crisis financiera más grave desde 1929 ha hecho más espesa lo que los comentaristas llaman niebla en la campaña electoral norteamericana. En estas elecciones resulta muy difícil saber en qué creen los votantes, qué mensajes están funcionando y cuáles captan de verdad su atención, más allá del deseo compartido por una gran mayoría de electores de dejar atrás los ocho años de George W. Bush. Esta vez es más complicado predecir el resultado de la elección presidencial por la fragmentación de canales y medios de comunicación gracias a las nuevas tecnonologías y al surgimiento de miles de blogs y videos ciudadanos de contenido político. Es posible que los carísimos anuncios de televisión no sean la clave y, a cambio, los debates televisivos entre los candidatos, que acaban de comenzar hace unas horas, pueden ser muy importantes.

Otro rasgo que ha contribuido de forma poderosa a la niebla en la campaña es que ninguno de los dos candidatos responde a tipologías previsibles e incluso se podría decir que ambos tienen verdaderos rasgos de excentricidad y mucha capacidad de encarnar el discurso del cambio. En el caso de Barack Obama, su novedad es evidente, aunque su figura sea una actualización en el mundo postmoderno y globalizado del clásico sueño americano. Se trata de un candidato reflexivo, muy inteligente, que combina con habilidad pragmatismo e idealismo y deja en un segundo plano la ideología. Es el primer candidato afroamericano con posibilidades de ganar, lo que supondría una conquista histórica para esta minoría racial. Obama representa asimismo el cambio generacional y supone además un rechazo a las dinastías en la política americana, tanto a la de los Bush como a la de los Clinton.

John McCain es un republicano bastante atípico, con ideas propias, temperamento muy fuerte y, sobre todo, impulsos e intuiciones originales. A lo largo de su dilatada experiencia legislativa ha sido capaz de pactar muchas veces con los demócratas y ha desafiado la ortodoxia republicana en no pocos asuntos. Es cierto que el área en el que concuerda más con Bush es la política exterior y de defensa, pero tiene la ventaja de ser un héroe militar y de que su apuesta por reforzar las tropas en Irak ha empezado a dar buenos resultados. El político nacido en el canal de Panamá y afincado en Arizona a pesar de ser el candidato oficial republicano, haber cumplido setenta y dos años y ejercido más de treinta como senador, también trata de personificar el cambio, alejándose en lo posible del presidente Bush y no haciendo referencia a las numerosas veces que lo ha apoyado desde el poder legislativo en los últimos ocho años. La aspirante republicana a vicepresidenta, Sarah Palin, con su conexión tan fuerte con la América profunda, es también atípica en la carrera presidencial, a diferencia de su rival Joe Biden, parte del establishment demócrata y muy conocido en los círculos de poder de Washington. La irrupción espectacular de la gobernadora de Alaska en la campaña hace unas semanas consiguió hacer desaparecer la ventaja inicial demócrata en las encuestas, atrajo a mujeres y a trabajadores hacia la candidatura republicana y, sobre todo, movilizó a la base religiosa republicana, capaz de desplegar un activismo electoral impresionante, como el que dio la victoria dos veces a Bush. Pero presenta un claro flanco débil por su identificación con asuntos locales y su falta de experiencia tanto en el plano federal como en política internacional -uno de los grupos de mayor crecimiento estos días en la red Facebook de Internet se llama «Yo sé más de política exterior que Sarah Palin»-. En cualquier caso, las convulsiones financieras le han quitado a Palin el protagonismo y ya no ocupa el centro del debate.

Los mejores comentaristas explican que la campaña de Obama estaba pensada para ganar en un clima de euforia, que superase el racismo y el pesimismo y consiguiese el apoyo de votantes independientes y del ala de su partido partidaria de Hillary Clinton, aún hoy muy crítica con él. La estrategia de Mc Cain era por el contrario ganar en un clima de dudas y de «realismo», en los que los votantes pudiesen inclinarse por un candidato fiable y con experiencia. Hasta la semana pasada ninguna de las dos hojas de ruta estaba dando resultado y todo apuntaba a un resultado ajustado, con unos pocos Estados e incluso distritos decisivos, Ohio, y también Nevada, Colorado, Virginia y New Hampshire. Estas previsiones han saltado por los aires con la crisis del sistema financiero. El nuevo panorama ha aumentado aún más la niebla en la campaña, pero puede hacer que se levante en las próximas semanas y se incline la balanza claramente hacia uno de los dos contendientes. Ninguno de los dos candidatos tiene entre sus fortalezas capacidad de gestión y conocimiento de temas económicos y empresariales. Pero muchos votantes culparán a la Casa Blanca y a los republicanos de la tormenta perfecta a la que estamos asistiendo, provocada por una inadecuada regulación económica, un marco institucional poco adaptado a la innovación financiera y un sistema perverso de incentivos en la generación y la distribución del crédito. Barack Obama ha respaldado las medidas de emergencia de Bush, para llegar al nivel de credibilidad propio de un «comandante en jefe» y aparecer como un hombre de Estado, sin dejar de criticar al mismo tiempo la filosofía económica de los republicanos. A cambio, la avanzada edad de John McCain puede dejar de ser un problema en esta crisis y sus muchas horas de vuelo convertirse en una ventaja.

Gane quien gane el 4 de noviembre en los próximos años Estados Unidos seguirá mirando de modo preferente al Pacífico y prestando menos atención a Europa. La crisis económica no debe hacernos olvidar la diferencia creciente entre EE.UU. y Europa en el terreno militar, tecnológico, universitario, el número de horas trabajadas cada año y la capacidad de emprender y de hacer reformas -y también en algo intangible pero real como la confianza en sí mismos-. Desde el viejo continente no tiene sentido apostar por uno o por otro candidato, sino trabajar para ser más relevantes en el mundo y reforzar el vínculo con EE.UU., del que depende entre otras cosas nuestra seguridad. Como ha recordado Robert Kagan, el surgimiento de potencias dictatoriales o autocráticas hace más necesaria la solidaridad entre las democracias occidentales. La renovación de la Presidencia de EE.UU. exige a los europeos hacer sus deberes y preparar unidos una agenda transatlántica en la que trabajar junto con el nuevo ocupante de la Casa Blanca. Europa tiene que proponer, convencer y ser capaz de actuar. Si no, EE.UU. podría inclinarse por cierto aislacionismo o bien sentir que ha encontrado otras «Europas» en Japón, la India o los países del Sureste asiático como aliados para jugar a fondo sus bazas geopolíticas. Mientras se disipa la niebla de la campaña, nos conviene encontrar un contenido atractivo para las futuras conversaciones entre ambas orillas del Atlántico.

José M. de Areilza Carvajal, Cátedra Jean-Monnet-Instituto de Empresa.