Nietzsche ha muerto (Fdo.: Dios)

El mundo de hoy está inmerso en un proceso de alfabetización digital que produce modificaciones en todos los aspectos del comportamiento individual y colectivo. El ayer del conocimiento es historia. Las redes han cambiado por completo la concepción tradicional de las relaciones sociales. La blogosfera crea al usuario la sensación de libertad a la que nadie puede poner freno ni límites ni fronteras. Todo estaba marcado, casi determinado, y ahora el hombre no es sino la misma libertad, inventando en cada momento lo que tiene y debe hacer; no es sino lo que proyecta ser y parece que todo le está permitido.

La falta de referencias tradicionales lleva consigo la falta de respuesta al ¿para qué? de la vida. Y eso se traduce en una situación de desorientación. El círculo de valores superados y abandonados se agranda a pasos agigantados día a día. Ello ha provocado el desarraigo metafísico y un profundo desasosiego del hombre, que se siente como desterrado y extranjero en todas partes. El nuevo ambiente es la lógica sin estrecheces, la ciencia sin dogmas, la obediencia a la experiencia. Los nuevos paradigmas del conocimiento exigen nuevo lenguaje (M. Doueihi, La gran conversión digital). Las expresiones de la verdad nacen y mueren como la cultura de la que forman parte, son complejos acontecimientos históricos.

La verdad, para la gente de hoy, es como una llamada personal y colectiva, en forma de catástrofe, de guerra, de violencia, a la que hay que tratar de responder. La persona va, poco a poco, sacando a la luz la verdad que está oculta; va desocultándola a medida que vive, siente y experimenta. Los fundamentos metafísicos de la verdad, que le daban estabilidad y la hacían inamovible, han sido cuestionados radicalmente y tachados de ilusiones y de fundamentos sin fundamento.

La posmodernidad asume su condición efímera, líquida, híbrida y de espectáculo y sustituye los contenidos de antaño por rellenos fugaces que neutralizan e impiden el acceso a un compromiso ético, el único que puede abrir al hombre a la experiencia de una comunidad tolerante y en concordia. El mundo actual asumió la relatividad del saber que no se identifica con la ausencia integral de valores éticos ni la destrucción de cualquiera de ellos.

Las lenguas nacen, se desarrollan y mueren como todo. Las nuevas tecnologías han reforzado la idea del aprendizaje activo. Los creyentes no aceptan los sermones tradicionales dogmáticos sin posibilidad de diálogo. El lenguaje teológico debe cambiar como cambian todos los lenguajes para que las gentes de hoy puedan entender el mensaje. Nombrar es engendrar o aún más. Engredar es hacer surgir algo a la existencia pero nombrar hace que lo engendrado se distinga de todo el resto, lo hace algo concreto, le pone límites precisos y le da sentido. En la Biblia, Dios nombró las cosas para crearlas.

El vacío devuelve al hombre la libertad de hincarse de rodillas delante del portal de Belén y contemplar a Emmanuel, el vaciamiento, abajamiento, la humillación de Dios. El Nacimiento menciona el comienzo, el surgir de la carnalidad de Dios que es el inicio. Tal vez el silencio sea el grito más aterrador ante el misterio contemplado, discreto e inaparente, extraordinario y asombroso por su simplicidad. Ser cristiano es dejar que Cristo acontezca en su vida. Dijo Jesús: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos» y «Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos».

La teología no puede aspirar a ser una disciplina exquisita al margen de la sociedad; tiene que envolver en papeles las verdades sin restarles nada de su importancia. La teología ha de conjugar la fidelidad a sus humildes orígenes y a la tradición con la fidelidad a los tiempos que corren. La teología, sin abandonar los claustros, debe salir al mundo, reconocer su alteridad y dialogar con él y atreverse a dar paso a las transformaciones necearías en su doctrina y en su estructura. La expresión teológica de las verdades divinas y hasta de los misterios es temporal y mundana, como cualquier otra realidad. Rahner dice que «los dogmas son ventanas abiertas».

La teología ha de aportar un nivel crítico al pensamiento único y aceptar las reglas de la democracia. La interpretación del Evangelio no es privilegio exclusivo de los exégetas oficiales. Un ejemplo es la teología de la liberación, en buena parte, elaborada por las comunidades de base. La exégesis, además de ser teología, es una ciencia secular. La teología no puede tener miedo a la ciencia. La ciencia y la religión son dos ventanas para mirar al mundo. Cada una permite ver cosas distintas. La ciencia trata de explicar el origen de las galaxias y del universo y de la vida. La religión trata de la relación del ser humano con el Creador, del sentido de la vida. La teología ya no se venera con el silencio y el recogimiento de antaño, sino con la despreocupación de las muchedumbres de vacaciones.

Para mucha gente de hoy, no hay más verdad que los acontecimientos que son hechos hermenéuticos. Es más, ni siquiera hay acontecimientos, sino interpretaciones. El acontecimiento de la encarnación es el momento en que la eternidad alcanza el tiempo. La vida del cristiano es el intento de desentrañar lo que contempla en el portal y vivirlo. Caminar es partir del ocultamiento y dirigirse rectamente a lo desoculto. El caminar de cada uno le proporciona una perspectiva personal del misterio. La realidad es la misma para todos pero cada uno la ve y la mira desde su vida. La última ventana por la que entra la verdad al interior de la persona es su sensibilidad y su mirada.

La correa de transmisión ya no son los púlpitos ni los mítines ni las casas del pueblo. Ni siquiera la universidad. Son las redes sociales (La red social. EEUU, 2010. Dir. D. Fincher) y otras nuevas formas de interacción entre los ciudadanos con la Administración y el Gobierno, y de los feligreses con la Iglesia. El nacimiento de Jesús hay que anunciarlo desde las pantallas de televisión, desde los palcos de los campos de fútbol, en las vallas publicitarias de las grandes autopistas y estaciones de Metro. En tiempos de Jesús, la mejor atalaya eran los tejados.

Hoy no existen estrellas que vengan a guiar a los Reyes Magos, sino personajes creyentes que estarían dispuestos a prestar su imagen para llevar el anuncio a las multitudes y que la Iglesia haría bien en comprometerlos en ello. Ni ángeles que vengan a anunciar el nacimiento de Jesús a los pastores sino cadenas de radio y de televisión, y diarios que difunden mensajes. Una canción sobre Jesús de un ídolo de la canción y las declaraciones de una estrella de los campos de fútbol o del celuloide tendrían más difusión y llegarían a más personas que mil sermones y que cientos de concienzudos libros de grandes pensadores.

Seguramente, la humanidad nunca tuvo tanta hambre de Dios como en nuestros días y por eso mismo nunca habló tanto de él. Hasta los ateos hacen campañas publicitarias sobre Dios en los autobuses. De tal manera que muchas veces allí donde gente de Iglesia ve una expresión agnóstica o incluso atea no hay más que de una confesión de fe con palabras diferentes que vehiculan el mismo contenido. Benedicto XVI dice que éste es un momento kairos, propicio, para la conversión (Luz del mundo, c. VI).

Si la Iglesia sigue vehiculando a Dios en conceptos metafísicos periclitados, la gente seguirá creyendo en Dios, pero la Iglesia pensará que el mundo es ateo y el mundo creerá que la Iglesia le ha abandonado. La filosofía ha matado al dios metafísico pero no al Emmanuel del Portal de Belén. Por el contrario, muchos piensan con Vattimo que el retorno con fuerza vigorosa de lo religioso y lo sagrado se debe, en parte, a la disolución de la metafísica. Alguien escribió un día en el Metro de Nueva York: «Nietzsche ha muerto (Fdo.: Dios)».

Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC, escritor y autor del blog Diario nihilista

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