No a la ruptura

He vivido en dos ocasiones la irrupción de la ruptura en la vida política española. Una, cuando la Transición, resuelta en favor de la reforma gracias al Rey Juan Carlos Iy a Adolfo Suárez. Otra, el 23-F, cuando merced al Rey se quebró aquel golpe de Estado, aquel loco intento de ruptura. Ahora se nos plantea, nada menos, que la ruptura del Estado, de la Nación española.

Acabamos de pasar una Diada excluyente de una gran mayoría silenciosa o constitucional y programada para animar el voto del previsible referéndum del 1-O; «previsible» porque, aunque carezca de toda legalidad por anticonstitucional y contrario al derecho internacional (contra la ONU, contra la UE, etc.) y también de toda legitimidad –de «vergüenza ajena» calificó la vicepresidenta Sáenz de Santamaría–, puede que al final se celebre algún sucedáneo, en cuyo resultado se pretenderá fundamentar esa transitoriedad que conduce a una teórica república catalana.

Referéndum contra el que se han manifestado ya los partidos políticos constitucionalistas, asociaciones judiciales conjuntamente, sociedad civil catalana, CEOE, Cepyme, CEIM, Fomento del Trabajo–« de golpe de Estado jurídico» lo ha calificado–, Círculo de Empresarios y un largo etcétera. Un referéndum que es simplemente un golpe de Estado a la democracia y a la nación española. Por lo visto, lo ocurrido y el final del experimento de octubre de 1934 con Companys no parece servir de ejemplo suficiente.

Tengo la esperanza –como todos los españoles, y como la mayor parte del pueblo catalán– que el 1-O conducirá a la nada… Pero puede agravar la convivencia entre los catalanes. Y aunque no nos llevará a la secesión, Cataluña tiene tanto que perder fuera de España que sería un suicidio colectivo llegar a esa situación. Porque hablemos claramente, el relato real no coincide con lo que allí se proclama oficialmente. Una Cataluña independiente sería inevitablemente una Cataluña fuera de la UE y fuera del euro. Las advertencias de Juncker, incluso muy recientes, no dejan lugar a dudas. Si un territorio se separa legalmente –que no es aquí el caso– sólo vuelve a entrar en la Unión por un acuerdo de adhesión con el «sí» unánime de todos los Estados miembros, lo que es imposible de imaginar.

Pero además una Cataluña fuera de España y de la Unión significa la renegociación de todos los tratados internacionales que nos vinculan con el resto del mundo. Cuando Escocia llevó adelante su referéndum, el Gobierno del RU encargó a James Crawford, de Cambridge, y Alan Boyle, de Edimburgo, un informe que concluyó que la secesión de Escocia la situaría fuera de la UE y debería negociar su ingreso así como la adhesión a cerca de 14.000 tratados internacionales de todo tipo que, entonces, estaban en vigor en el país. Lo mismo ocurriría si se produjera el Catalexit. Unos 10/14.000 tratados internacionales deberían renegociarse… muchos años de vacío comercial, laboral, financiero, etc.

Pero el Catalexit no acaba aquí. Cataluña tiene una deuda con España y el resto del mundo de imposible asunción. Esa secesión tendría implicaciones muy negativas y empeoraría, si cabe (ya es bono basura), el perfil del crédito catalán en el resto del mundo. El sistema de pensiones pesaría con un agujero de unos 5.000 millones euros. Los agricultores y ganaderos perderían los cientos de millones de euros anuales de sus ayudas PAC. Y respecto al falaz «España nos roba», esto ha sido ya inteligentemente desarmado por los exministros Josep Borrell y José Manuel García-Margallo.

Y en este debate se suele minusvalorar la importancia de las ventas catalanas de bienes y servicios al resto de España. De los 23 mercados donde las empresas catalanas venden más de 1.000 millones de euros anuales, más de la mitad, trece, son comunidades autónomas españolas. Las empresas catalanas venden más a Cantabria que a EE.UU., más a Murcia que a China, más a La Rioja que a Japón, más a Aragón que a Francia. Cataluña exporta a Alemania menos de la mitad de lo que vende a los aragoneses (CCC). Y además disfruta de un importante superávit comercial con el resto de España de 19.000 millones de euros frente a un déficit de -17.000 en su comercio con el extranjero. Dicho de otro modo, dentro de España venden más de lo que compran, pero fuera de España compran más de lo que venden.

Pero, además, las exportaciones de cualesquiera bienes de esa hipotética Cataluña independiente se verán gravadas por la TEC como exportaciones de un país tercero hacia España o la UE, lo que haría aún más difícil la economía y el empleo en Cataluña. «La salida de la UE es una manera de poner barreras a tu comercio. Punto final», afirmó en su día Adam Posen, del Instituto Peterson refiriéndose al Brexit. Igual cabe asegurar aquí y ahora.

Yademás una gran parte de las exportaciones al resto del mundo procede de empresas en su mayoría filiales de multinacionales de capital extranjero (ICEX). Esto y la inseguridad jurídica cuestiona la continuidad de sus sedes y centros, y por ello ya se han deslocalizado unas 8.000 empresas. Ese suicidio colectivo arrastraría, pues, a Cataluña a una sima económica nunca imaginada donde su PIB caería no menos de un 20/30%, según las estimaciones más fiables, y crecería el paro.

Frente a las ilegalidades planteadas desde un Govern y un Parlament en plena desobediencia civil, ajenos a los riesgos comentados, el presidente Rajoy, con enorme prudencia, sensatez y proporcionalidad ha venido dando respuesta pausada pero contundente a cada desafío. Espero que pronto se compruebe que sus medidas han eliminado el referéndum de nuestras vidas. Y a partir de ahí se abra una nueva etapa.

Nueva etapa que conduzca a la sensatez y a una vía de diálogo donde se propicie una nueva relación de comprensión y afecto entre la autonomía y el Estado. Y para ello páctese, cómo no, de modo inicial un Nuevo Sistema de Financiación Autonómico que corrija los graves defectos del hoy vigente. Y seguidamente abórdese la necesaria reforma constitucional y en especial la de su Título VIII pues en ambas cuestiones existe práctica unanimidad de que esas reformas son necesarias. Y ello no para dar contento a una comunidad sola, sino a todas, es un juego win-win. Hay modos de reconstruir el entendimiento con la verdad y con la palabra. Creo, espero, que no haya referéndum y que una nueva vía de reforma cordial, no de ruptura, con el máximo consenso y afecto, se abra a partir del 2-O.

Jaime Lamo de Espinosa, ministro con la UCD.

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