No a privatizar la experiencia

Por A. Fernández-Savater y D. Cortés, responsables del ciclo Con y contra el cine. En torno a Mayo del 68 (LA VANGUARDIA, 11/05/08):

Hay un criterio infalible para reconocer a un participante del Mayo francés que guarde fidelidad a aquella experiencia en lo que tuvo de más hondo. No se prestará fácilmente a hablar de ella, y menos aún cuando se le reclama en las efemérides o desde instancias mediáticas. ¿Por qué esta reticencia? Pueden apuntarse varias razones. Un sentimiento muy arraigado de lo común de la vivencia, del carácter anónimo y colectivo del movimiento – tal como se muestra, por ejemplo, en la factura de los carteles, las octavillas o los cinetracts-que hace problemática la enunciación individual; un malestar ante el secuestro de la experiencia a lo largo de todos estos años por la expropiación personalista de la palabra, mediante la exclusividad mediática otorgada a los testimonios de los antiguos portavoces del movimiento convertidos luego en renegados de la crítica social; la sobrecarga de opiniones e interpretaciones, carentes de cualquier labor reflexiva – el ruido blanco como procedimiento actual de censura- en el estricto retorno del aniversario y que desemboca, inevitablemente, en el desinterés, el hastío o el rechazo visceral, así como la íntima sensación de que lo que cada celebración pretende en realidad es la cancelación de una experiencia que para ellos sigue abierta.

Indagar en ese malestar, situarse en esa apertura, es sin duda el punto de partida para otra elaboración posible del recuerdo, más allá de la lógica banalizadora de las conmemoraciones. Por un lado, esa elaboración puede pasar por un trabajo de investigación y reflexión que complejice el acontecimiento – reducido por los estereotipos a un movimiento estudiantil localizado en el Barrio Latino y que aspiraba a una mayor libertad de las costumbres- y rescate precisamente el movimiento como creación colectiva y anónima. En ese sentido, se trata de volver a las fuentes, esto es, documentos y relatos que permiten escuchar directamente el Mayo: películas como Grands soirs et petits matins,de William Klein, el trabajo clásico de Pierre Vidal-Naquet y Alain Schnapp sobre los panfletos y textos de intervención del movimiento, etcétera.

Por otro lado, frente a una pregunta como “¿qué es lo que queda de Mayo del 68?”, cuya respuesta generalizada y dominante confirma las condiciones existentes por la vía de señalar determinados aspectos – más o menos, o nada, relacionados con el Mayo- incorporados ya en el funcionamiento cotidiano de nuestras sociedades, habría que afirmar por el contrario que lo que queda de él es lo que todavía no es.Aquello que sigue interrogando y planteando exigencias al presente. Así, hacemos memoria no para completar o apuntalar lo que hay, como ocurre con la gestión institucional de la memoria histórica en España, sino con el fin de abrirlo, sacudirlo y transformarlo.

En el Mayo, el desafío al poder que se movilizó en las manifestaciones, en la reapropiación de la calle, en las nuevas formas de (auto) organización, en la ocupación de las fábricas y en la larga huelga generalizada a la producción y la sociedad enteras estuvo impulsado sobre todo por la potencia subversiva del encuentro horizontal entre personas que no estaban destinadas a encontrarse – obreros y estudiantes, por ejemplo- por la toma de palabra colectiva y el cuestionamiento creador de cualquier dispositivo de representación (político, cultural, mediático o sindical) que despotenciase lo representado.

Entonces, ¿cómo no va a tener actualidad, cuando hoy se neutraliza lo político por la acción conjunta del sistema mediático y de partidos que codifican cualquier problema social (vivienda, inmigración, precariedad…) en el tablero de ajedrez político y en el espectáculo, ahogando cualquier voz independiente que pretenda plantear preguntas propias y construir respuestas desde abajo?

De hecho, Mayo del 68 es quizá más contemporáneo que otras luchas posteriores, porque aspiraba a tejer lo común entre gente distinta y no reivindicaba simplemente el reconocimiento de las identidades (y las diferencias). Estudiantes, intelectuales, obreros, estudiantes y campesinos se buscaron una y otra vez en la calle y en los comités de acción, tratando de sortear la compartimentación de las luchas por la CGT y del PCF, deshaciendo identidades y funciones impuestas, propiciando alianzas imprevisibles. El Mayo nos habla de luchas que se necesitan, que van más allá de sí mismas e interpelan a todos sin hablar por todos, de nuevas formas de vincular el yo y el nosotros.Un recuerdo inevitablemente conflictivo hoy, cuando el poder se define como estrategia compleja de individualización de los problemas colectivos. En el colmo de la falsificación, se ha presentado el Mayo como movimiento que buscaba secretamente la privatización contemporánea de la experiencia, cuando su significado más profundo y actual es el contrario: asumir colectivamente la existencia, el hecho de que la vida es vida en común. Lanzarse al mundo.