No agravar la insensatez de Iraq

Por Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos del Centro de Investigación Política de Nueva Delhi. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 10/01/07):

Cabe esperar que la cada vez más insondable catástrofe que asuela Iraq, derivada de la arrogancia estadounidense, sirva de humilde lección a las generaciones futuras de líderes estadounidenses. Pero, como ponen de relieve los planes inminentes de concentración de tropas en Iraq, el presidente George W. Bush sigue mostrándose renuente a reconocer humildemente las sombrías realidades presentes. Si la misión de Bush estribaba en instaurar una democracia estable en Iraq bajo la ocupación, animando a los países vecinos a avanzar por la misma senda, lo cierto es que tal objetivo se ha visto coronado por el descrédito y sus consecuencias a largo plazo sobrepasan los límites geográficos de la región. En cualquier caso, promover la democracia mediante la agresión constituye una contradicción en sus propios términos porque la democracia, por definición, gira en torno al ejercicio de la libre elección y determinación. Por otra parte, ¿cómo puede haber democracia sin que el país en cuestión disfrute de su propia soberanía? En tanto la ocupación estadounidense de Iraq entra en su quinto año, Bush – quien poco parece aprender de la experiencia- busca una solución inexistente: una salida de Iraq salvando la cara. Y en tal empeño aún agrava su grado de insensatez incrementando la escalada militar en aquel país. Estados Unidos tiene ante sí toda clase de opciones posibles salvo las airosas. El crudo dilema que afronta radica o en prolongar su presencia en Iraq, erosionando así sus intereses regionales y globales sin remedio, o en dar comienzo este año al término gradual de su ocupación de Iraq reconociendo a un tiempo que su amplia e intensa impronta militar en el país da alas a la insurgencia y al enfrentamiento civil.

Una prolongada ocupación de Iraq afectará gravemente a los intereses estadounidenses, de modo que a Washington le resultará mucho más difícil impedir que un posible efecto dominó borre del mapa Oriente Medio y derribe a los gobernantes apoyados por Estados Unidos. Tras el desastre de Iraq, a Estados Unidos en cualquier caso le costará mantener su notable presencia militar en Oriente Medio sin concitar renovados ataques terroristas contra sus fuerzas y desestabilizar los regímenes que respalda. Inevitablemente, deberá reconsiderar su estrategia militar en la región a largo plazo.

La insistencia de Bush en salir de Iraq tan sólo cuando este país “pueda autogobernarse y defenderse por sus propios medios” remite simplemente a aplazar la reconsideración de la cuestión hasta el nuevo mandato presidencial. El país no puede gobernarse a sí mismo estando como está bajo ocupación estadounidense.

Una retirada estadounidense representará el reconocimiento de una derrota estratégica. No obstante, la imagen misma de la derrota ya se agita ante la faz de Estados Unidos. Aún está a tiempo de plegar velas o, de lo contrario, cargar con consecuencias aún más pesadas.

Las opciones de Bush en materia de política exterior se han reducido porque Iraq se halla sumido en el caos y la anarquía, los talibanes con renovados bríos redoblan sus ataques en Afganistán, Osama bin Laden permanece huido, Corea del Norte se ha llevado un simple tirón de orejas tras sus ensayos nucleares, Irán prosigue desafiante con su programa nuclear y el terrorismo internacional sigue bramando. Y todo ello cuando, paradójicamente y según se afirma, Estados Unidos posee un monopolio de poder sin rival desde los tiempos del imperio romano.

La ocupación estadounidense de Iraq no sólo ha quebrado el consenso mundial contra el terrorismo tras el 11-S, sino que ha debilitado a Estados Unidos en el plano internacional. Prácticamente se ha olvidado que el 11-S sucedió no a causa de Iraq sino debido a la existencia de viveros terroristas en el cinturón afganopakistaní, muchos de ellos aún activos.

Si algún efecto ha producido la ocupación de Iraq, ha sido indudablemente el desvelamiento de las contradicciones del enfoque de Bush. Considérese, por ejemplo, su énfasis en la promoción de la democracia en Iraq sin dejar de apuntalar y reforzar regímenes dictatoriales vecinos. O, por ejemplo, la forma en que invadió Iraq para eliminar armas de destrucción masiva allí inexistentes en tanto trataba a Pakistán de modo extremadamente indulgente pese al descubrimiento de una importante red nuclear clandestina de científicos, agentes de servicios de inteligencia y militares pakistaníes. Privado de justificación alguna en el caso de la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por parte de Sadam Husein o en sus vínculos con Al Qaeda, Bush quiso demostrar también la legitimidad de su empeño mediante el tercer pretexto aducido para invadir Iraq, el de liberar a su pueblo de un dictador bárbaro y cruel procesándolo y ejecutándolo a continuación. Sin embargo, también en este caso marró el tiro.

Sadam Husein, de no haber estado al tanto de secretos comprometedores, habría afrontado un juicio en La Haya, igual que el tirano serbio Slobodan Milosevic, en lugar de ser presentado ante un tribunal arbitrario en Iraq. Pero así son las cosas: Sadam, gracias a su linchamiento legal, parece gozar de mayor poder en su tumba que cuando gobernaba su país.

Constituye una ironía que un dictador que se hizo con el poder con las bendiciones de la CIA en 1979 y que invadió Irán en 1980 con el tácito respaldo estadounidense fuera susceptible de convertirse una vez muerto en un símbolo islámico de la oposición frente a la hegemonía de Estados Unidos. Sin embargo, ¿no avaló la CIA confiadamente a Bin Laden y al mulá Mohamed Omar, el jefe talibán tuerto, en el transcurso del decenio de los ochenta?

La guerra obligada contra el terrorismo tras el 11-S y la guerra de elección en Iraq se han amalgamado en gran confusión, resultando en una serie de implicaciones adversas e incontrolables para la política de Estados Unidos. Pero consideren por ejemplo un panorama diametralmente opuesto al actual: una situación caracterizada por el éxito político y militar de Estados Unidos en Iraq. ¿Cómo le sería dado al mundo en tal caso contemplar hoy el Estados Unidos de Bush?

A ojos de los críticos, el hecho de que el coloso estadounidense haya tropezado en Iraq – y con un grave tropiezo- ha representado un grato respiro en el marco del ejercicio bárbaro del poder por parte de Bush. Según esta perspectiva, Bush – al empujar a Estados Unidos a un dañino e inmanejable lodazal- ha actuado como fiel servidor recortando la fuerza y el poder de la bestia de fisonomía unipolar.

Aun los más incondicionales y acérrimos partidarios de Bush habrán de admitir que sus errores y equivocaciones han pesado notablemente en el freno y moderación del poder e influencia de Estados Unidos en el mundo.

Cuando se escriba la historia, destacará el papel de Bush en la transformación de un estable y laico Iraq en un país inviable cuyas ruinas proporcionaron base y fundamento de un resurgimiento de la militancia islamista en el mundo.