No basta con desarmar a Hezbolá

Por Julia Choucair Vizoso, investigadora del programa de Oriente Próximo en Carnegie Endowment for International Peace en Washington y editora adjunta del Arab Reform Bulletin (EL PAÍS, 31/07/06):

Casi tres semanas después del comienzo de la crisis bélica abierta entre Israel y Líbano, los llamamientos por parte del Gobierno libanés, la ONU y algunos países europeos para un cese inmediato de las hostilidades siguen cayendo en saco roto. Tras la inicial toma de posición de Estados Unidos de no interferir -una decisión que significaba dar un cheque en blanco a Israel para continuar su ofensiva- las recientes visitas de la secretaria de Estado norteamericana Condoleezza Rice a la zona han clarificado los objetivos estadounidenses ante esta crisis. Rice señaló con nitidez que su Gobierno no apoyará un alto el fuego sin ciertas condiciones previas: la eliminación de la capacidad de Hezbolá para atacar a Israel y la extensión del control del Gobierno libanés a todo el territorio nacional, que incluye el envío del Ejército libanés al sur del país. Esta política está basada en una retórica ideológica que nada tiene que ver con las realidades dominantes y estratégicas del terreno.

La política israelí y norteamericana supone que la campaña militar debilitará profundamente la posición de Hezbolá en Líbano. Esta teoría se basa en la esperanza de que los ataques a Líbano reduzcan las capacidades militares de Hezbolá y, al mismo tiempo, estimulen ciertos procesos políticos domésticos que avancen y faciliten el desarme del grupo. Esta visión hace caso omiso de la naturaleza del sistema libanés, cuya complejidad y fragilidad hacen más probable que el desenlace sea un conflicto civil antes que el inicio de un proceso pacífico que cambie los equilibrios internos a favor de los políticos libaneses que desean desarmar a Hezbolá.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que en el pasado las acciones militares israelíes nunca consiguieron debilitar a Hezbolá en Líbano. Estas operaciones suelen tener el efecto contrario, reuniendo a gran parte de la comunidad chií en apoyo a Hezbolá. Aunque muchos libaneses culpen a Hezbolá de haber causado la actual crisis, es improbable que la mayoría de los chiíes del sur del Líbano y de los suburbios del sur de Beirut, que son las zonas más castigadas, se sumen a esas críticas.

Segundo, el Gobierno libanés no está preparado -ni lo estará en el futuro inmediato- para actuar en contra de un movimiento que representa a un sector considerable de la población libanesa. En este momento, el Gobierno libanés está al borde del colapso a causa de la presión que conlleva el desastre humanitario con su elevado número de víctimas civiles, el desplazamiento de más de medio millón de libaneses, la destrucción de las infraestructuras y el peligro de una crisis sanitaria junto con la carencia de alimentos.

La idea de que el Ejército libanés podría vigilar e incluso desarmar a Hezbolá es aún más absurda. El Ejército refleja en su composición las divisiones sectarias del país y podría llegar a romperse, como ya pasó durante la última guerra civil, si debiera enfrentarse a Hezbolá.

Rice tiene razón al indicar que se debe llegar en Líbano a un arreglo de manera que sea imposible una vuelta al status quo anterior. Pero para lograr una paz sostenible y duradera, no basta con señalar a las armas de Hezbolá como la causa fundamental de la crisis y olvidarse de que forman parte de un puzle mucho más complejo: la necesidad de una reforma política profunda del sistema libanés, la importancia del equilibrio de las fuerzas regionales incluyendo los intereses de Siria e Irán, y el olvidado proceso de paz en Oriente Próximo. Las soluciones a corto y largo plazo deben llegar a las raíces profundas de la crisis e incluir a todas las partes interesadas, incluso a Hezbolá, Siria e Irán.

A corto plazo, la presencia de una fuerza internacional en la frontera entre Líbano e Israel -algo que lamentablemente se ha convertido en una necesidad- debe contar con el consentimiento de Hezbolá. Aunque todavía no se ha concretado la composición de ese contingente ni su mandato, un aspecto está claro: ningún Estado querrá contribuir con tropas mientras exista el riesgo de un choque militar con Hezbolá. Esto será así si la comunidad internacional opta por la idea norteamericana de otorgar a la fuerza un mandato robusto para desarmar a Hezbolá o si se inclina por la propuesta menos ambiciosa de Rusia y Francia de mandar a un contingente que secunde al Ejército libanés. En ambos casos Hezbolá debería ser parte de este proceso.

A largo plazo, una paz sostenible requiere un esfuerzo diplomático para fortalecer al Estado libanés y resolver los conflictos pendientes entre Israel y Líbano: las granjas de Chebaa, los prisioneros libaneses en cárceles israelíes, las incursiones aéreas y marítimas israelíes en territorio libanés y la entrega de mapas con las minas israelíes en el sur del Líbano. Un avance en esta dirección empezaría a socavar el apoyo popular a Hezbolá en Líbano.

La respuesta norteamericana a esta crisis refleja la misma lógica simplista e irresponsable que ya aplicó en la guerra de Irak. La idea de que una campaña militar en Líbano creará un ambiente doméstico óptimo para el desarme de Hezbolá recuerda al argumento de que la invasión de Irak traería paz y democracia a la región. En ambos casos, la Administración Bush interpretó los problemas desde un punto de vista cicatero, limitado a tratar de minar la posición de “enemigos” en Oriente Próximo y dejando de lado los matices de la situación. Esta política basada en el aislamiento y la demostración de la fuerza militar ha mermado la capacidad de Estados Unidos para manejar conflictos políticos en la zona de una manera flexible y eficaz.

No existe una solución mágica para la trágica situación en Oriente Próximo. La Administración Bush debería abandonar su visión ficticia del poder de la fuerza militar para resolver los conflictos políticos. Por su parte, Europa debería tomar conciencia de que las complicadas realidades de la zona requieren un compromiso inmediato y serio con, en primer lugar, el ignorado y cada vez más olvidado proceso de paz en Oriente Próximo.