No caigamos en el fatalismo o la desesperación: lo de Sánchez tiene remedio

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un discurso en Oviedo.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante un discurso en Oviedo.

En tiempos de tribulación, es bueno recordar el sabio consejo de Epicteto: lo que nos causa dolor no son las cosas, sino las ideas que nos hacemos acerca de las cosas. Es decir, que siempre es bueno examinar los filtros tras los que, de manera muchas veces inconsciente, valoramos lo que nos afecta.

No se trata de minimizar, sino de comprender mejor y de ponerse en condiciones de superar con bien el trance.

Los ciudadanos conservadores, lo que se conoce comúnmente como el centroderecha, están pasando una dura prueba. Han visto cómo se malbarataba una ocasión histórica para acabar con el ciclo sanchista que tan perjudicial está siendo tanto para la economía como para la democracia, a la que Sánchez está sometiendo a una especie de transición al revés.

La reacción espontánea frente a esta situación puede caer con facilidad en uno de dos errores. El fatalismo, tan querido de ciertas tradiciones intelectuales. O la desmesura y la desesperación, un caldo de cultivo muy del gusto de extremistas, pero bastante ajeno al deseo de vivir en paz y libertad de una gran mayoría de españoles.

El mejor remedio para evitar esas tentaciones es someterlas a un escrutinio crítico.

Los españoles de ahora mismo no tenemos el menor motivo para rendirnos al fatalismo. Hemos vivido años de progreso, de libertad, de pluralismo y de esperanza, una larga etapa de nuestra muy centenaria historia que apenas admite parangón con cualquier otra del pasado.

Es cierto que llevamos años de retrocesos, que muchas naciones europeas antes por detrás en riqueza nos están adelantando, y que nos alejamos de los puestos de cabeza que seguramente merecemos. Pero eso no es fruto de la fatalidad, sino del mal gobierno.

Esto no debiera llevarnos a la desesperación, por mucho que se haga todavía más amargo con los acontecimientos más recientes, con haber investido presidente para otros cuatro años a un personaje nada fiable que cifra todo su atractivo en una retórica populista y en una cínica habilidad para ocultar lo que no le interesa.

Sánchez ha empeñado su última prenda y no sólo no será eterno, sino que podrá ser despedido con cierta facilidad por los electores a nada que la derecha acierte a diagnosticar bien lo que nos pasa y a formular mejor los remedios que proponga.

Pedro Sánchez afirma que es resiliente, luchador y capaz de sobreponerse. Pero todas esas habilidades nos están saliendo muy caras. Desde 2018, el Gobierno ha aumentado el gasto público un 26% mientras que nuestro PIB tan sólo ha crecido un 0,6%. Dato que, junto otros no menos preocupantes, no deja el menor resquicio para que el PSOE pueda presumir de haber hecho bien las cosas.

Es bastante evidente que, con ser esto muy malo, no es lo peor que nos está pasando. Porque la situación política es mucho más grave que la desmayada economía de los españoles.

Sánchez ha conseguido ser investido concediendo unas excepciones a la ley común que, en realidad, no está en su mano otorgar. Se ha rendido a las demandas de un 6% de los votantes para conseguir los votos que necesitaba y que los electores no le habían entregado de manera directa.

No está siendo un golpe de Estado. Es obvio que no. Pero ha colocado a la democracia española y a todas las instituciones del Estado ante un desafío mayúsculo.

Para disimular sus jugarretas, Sánchez no ha dudado en afirmar que los españoles hemos estado a punto de caer en las garras del fascismo y que él se propone levantar un muro infranqueable frente a tan terrible amenaza. Es decir, que si se le dejase, moriría, bien anciano, en la Moncloa.

Habrá quien crea sus explicaciones tan cínicas como hipócritas sobre la amnistía y quien soporte sin sobresalto la lectura del chapucero acuerdo que ha firmado con Puigdemont. Pero serán cada vez menos los que lo hagan. Porque una gran mayoría de españoles, todos los que no le votaron y un significativo porcentaje de los que lo hicieron, se sienten burlados y parecen dispuestos a no seguir tragando nuevas dosis de la misma medicina.

Su apuesta por una desigualdad hiriente entre españoles no tendrá perdón. El PSOE pagará muy caro la felonía de usar los votos de personas con serios problemas reales para conceder muy caros caprichos a gentes cuya única necesidad parece ser la de insultar a nuestras instituciones y ponerlas bajo la bota de sus caprichos.

Sánchez no parece hombre de grandes lecturas. Pero puede que alguna de sus lumbreras se haya tomado en serio las palabras del pensador catalán Francesc Pujols, que escribió lo siguiente en su Concepto general de la ciencia catalana (1918):

"Cuando se mire a los catalanes será como si se mirase a la sangre de la verdad; cuando se les dé la mano será como si se tocase la mano de la verdad. Todos sus gastos, vayan donde vayan, les serán pagados por ser catalanes. Serán tan numerosos que la gente no podrá acogerlos como huéspedes en sus viviendas, y los invitarán al hotel, el regalo más valioso que se le puede hacer a un catalán cuando viaja".

Si Pujols estuviese vivo, le parecería de perlas la condonación de una deuda de 15.000 millones, pequeño anticipo de los casi 500.000 que el resto de los españoles le debemos a Cataluña, según los economistas de Puigdemont.

Sánchez ha firmado por medio de su visir en Bruselas toda la basura histórica que este catalán aventado que es Puigdemont ha creído oportuno poner sobre el papel para que nada de lo que pudiera pedir pareciese un exceso. Es muy dudoso que la mayoría de los españoles, catalanes incluidos, acaben por disculpar este exceso de generosidad negociadora de Sánchez. Es seguro que ni siquiera Puigdemont lo cree razonable. Pero se ha dado el gusto de humillar en público al muy estirado personaje.

Sánchez debe creer que saldrá de esta con facilidad dado el mucho poder que la Constitución Española otorga al presidente del Gobierno. Pero es imposible que resulte gratis que nuestro personaje haya comprado enterito el discurso de los separatistas.

Su apuesta radical por una política de confrontación no logrará disimular la bajeza de sus motivos. Lo único que los españoles necesitamos para librarnos de su amenaza según la cual nunca habrá en España una alternativa capaz de ganar las elecciones es que esta se presente de manera más inteligente y atractiva que hasta la fecha.

Muchos españoles tendrán que pensar algo mejor con la cabeza y olvidarse de las pesadillas que les sugieren sus tripas. Pero para eso no se requiere ningún frente unido de las derechas, ninguna sagrada alianza. Bastará con que, a la indesmayable defensa de la libertad, de la Constitución y de la unidad nacional se le añadan unas buenas dosis de política inteligente, nutrida de participación ciudadana, con aliento y esperanza.

Se trata de algo en lo que todos podremos aportar nuestro esfuerzo. Pero no debería dolernos tanto el haber perdido una oportunidad histórica de rectificar un rumbo equivocado como el hecho de que quienes tienen mayor responsabilidad no acierten a rectificar sus yerros hasta conseguir los votos necesarios para presidir el gobierno.

Algo que, sin duda, tiene remedio.

José Luis González Quirós es filósofo y analista político. Su último libro es La virtud de la política.

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