No disparen contra el editor

Oscuras sombras se ciernen sobre la figura del editor. En un extremo la vieja figura del lector empedernido y con criterio personal ha sido reemplazada por la del casi iletrado analista de las estadísticas de venta (elaboradas por Nielsen sobre datos de tique de caja), un tipo astuto que hace ofertas elevadas por obras de autores de otras editoriales cuya obra alcanza un puesto relevante en esas listas. En el otro extremo se encuentra el editor que edita, ese villano que corta, saja y rehace a su capricho la obra original, mancillando con sus sucias manos el manuscrito del autor, llámese Jack Kerouac o Raymond Carver, por citar casos célebres de los últimos tiempos. Su atrevimiento ha hecho que les ataquen algunos críticos, quizás los mismos que alabaron con entusiasmo la obra sometida a este trabajo editorial que ahora se vilipendia.

La brutal caída del libro como mero objeto de consumo podría significar el final para los editores del primer tipo; los del segundo son para nosotros meros alienígenas cuya actividad (el intraducible editing) solo emerge para ser sometida a escarnio. Este es un país sin muchos lectores, de modo que tampoco es de extrañar que no tenga casi editores, en este sentido de la expresión.

Dadas estas circunstancias, lo más probable es que el premio Nacional de las Letras otorgado a Josep Maria Castellet resulte incomprensible para la mayoría, y que las palabras de gratitud que tuvo Mario Vargas Llosa para Carlos Barral cuando supo que le habían concedido el Nobel de Literatura no hayan sido ni registradas. ¿Quién diablos era ese Barral? ¿Por qué Vargas Llosa se acordó de él antes incluso de mostrar su gratitud a Carmen Balcells, su agente, una mujer muy famosa, no en vano ha ganado tres premios Nobel?

Barral fue el editor que publicó la primera de las grandes novelas de Vargas Llosa, La ciudad y los perros. Ah, pues muy bien. Pero ¿a qué viene ese agradecimiento? ¿Se puede saber qué hace un editor?

Se dedica a los libros, al parecer, pero no los escribe. De hecho, Barral escribió libros, y muy buenos. Los suyos son los mejores libros escritos por un editor español en muchísimos decenios, antes y después de su muerte. Espero que Muchnik, Salinas y el propio Castellet, que trabajaron con él, y han escrito interesantes memorias, coincidan conmigo y no se ofendan. Pero el trabajo de Barral como editor no consistía en escribir. ¿Qué es lo que Vargas Llosa le agradece cuando le dan el Nobel? Básicamente, un editor es alguien que lee manuscritos, a veces de autores desconocidos. Alguien que los descarta por docenas (en ocasiones, todos nos equivocamos, incluso descarta cosas buenísimas), y por fin elige unos pocos originales, y los publica.

A la hora de elegir, un editor literario se decide a publicar cuando cree encontrar en un manuscrito visión, inteligencia. A veces rebaja ligeramente esa exigencia, pues si un editor se empeña en publicar solo libros excelsos, pero que no venden, acabará no publicando a nadie, porque tendrá que cerrar el negocio. Así que el editor elige un manuscrito y lo publica, en el sentido más fuerte de la palabra: lo hace público, batalla por conseguir para ese libro un lector, muchos lectores.

Y lo hace primero trabajando con el autor, ayudándole a mejorar su manuscrito. Utilizando luego el diseño gráfico, el catálogo, la promoción, luchando por conseguir que se escriban reseñas, que corra la voz. Eso hizo Carlos Barral con aquel manuscrito de Mario Vargas Llosa remitido por Carmen Balcells, cuando ni Vargas Llosa ni Balcells eran nombres reconocidos; cuando, en cierto sentido, no eran nadie.

Por eso, porque Barral apostó por su talento cuando nada lo avalaba, Vargas Llosa se acordó de su editor cuando supo que había ganado el Premio Nobel. Ese día Vargas Llosa le dio las gracias a quien creyó en él, a quien supo que La ciudad y los perros, entonces apenas un manuscrito, era una buena novela, mejor que docenas de otras; a quien convirtió el manuscrito en un libro, y contribuyó como nadie a encontrarle lectores. Luego, por supuesto, la calidad de aquella y sucesivas obras, hicieron el resto.

Barral, al frente de un gran equipo, había revolucionado la edición en España desde la empresa familiar, sobre todo con la colección Biblioteca Breve, que inauguró la edición moderna en España. A partir de los años sesenta, la minoría lectora de nuestro país sabía que un libro publicado en esa colección reunía unos requisitos mínimos de calidad y no formaba parte de la literatura rancia del franquismo.

Pero Barral hacía mucho más. Según Vargas Llosa, que tuvo la amabilidad de responder a mis preguntas al respecto en medio del ajetreo de estos días, Barral “se implicaba muchísimo” y “hacía comentarios muy lúcidos e interesantes” a sus autores. Jamás se desinteresó de la parte literaria de la edición. En resumen, fue editor en el más noble y en el más amplio sentido de la palabra. Así lo reconoce, con caballerosidad, el nuevo premio Nobel de Literatura.

Enrique Murillo, editor de Los Libros del Lince.

1 comentario


  1. Lúcida nota de Enrique Murillo homenajeando a Carlos Barral, el editor que cambió la historia del oficio en España. Un gran editor reconociendo la titánica tarea de otro enorme editor. Por la cada vez más notoria falta de profesionales íntegros y comprometidos como ellos dos, el mundo editorial se asfixia con dióxido de best-sellers.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *