No en el nombre de Alá

Acostumbrada por mi trabajo de profesora, desde hace por lo menos cuatro décadas, a tratar con gente joven y a observar su manera de ser y estar en el mundo, no me resulta difícil, por muy monstruoso que parezca, entender el comportamiento de quienes, el viernes de la semana pasada, sembraron la muerte y el horror en París.

Escribo entender, lo que no significa en absoluto justificar, porque en los últimos años percibo un cambio sustancial en la mentalidad de muchos jóvenes y en la concepción de sus valores y lo atribuyo a la enorme importancia que ejerce internet, a través de lo que llamamos redes sociales que, sin duda, han modificado y seguirán modificando el comportamiento de los más inermes, ofreciéndoles un mundo virtual en el que se sienten reconocidos, algo que muy a menudo no ocurre en su entorno, en lo que consideramos el mundo real. Según parece, los terroristas que atentaron en París pertenecen a la generación que ha hecho de internet un sistema de vida, a través del que, muy a menudo, les llegan las pautas que rigen su conducta.

No en el nombre de AláNo seré yo quien abomine de lo que ha supuesto y supone esa revolución internáutica que ha cambiado el modo y la manera de ver el mundo y nos ha dotado de unas herramientas que nos permiten conocer de manera inmediata qué está sucediendo en las antípodas. Algo desacostumbrado hasta hoy, ya que la lejanía espacial implicaba, igualmente, una lejanía temporal que internet ha desbaratado a favor de la inmediatez de los acontecimientos. Por otro lado, internet es una magnífica herramienta democrática puesto que cualquiera puede acceder a ella y beneficiarse de sus virtualidades casi infinitas. Además las redes sociales implican, por primera vez en la historia de la humanidad, la posibilidad de participación directa, instantánea y muchas veces anónima de todos y cada uno de los ciudadanos del planeta, algo en cuya transcendencia apenas reparamos porque nos hemos acostumbrado al fenómeno –sin duda lo es– del mismo modo que nuestros bisabuelos se acostumbraron a la electricidad.

Internet, sin embargo, entraña muchos otros peligros que nos acechan, como la piratería, que, en países como el nuestro, si el gobierno que salga de las urnas el próximo diciembre no le pone remedio, acabará en poco tiempo con los derechos de autores y editores. Recuerdo de pasada que autores no son sólo los escritores sino también los músicos o los cineastas de cuyas producciones se nutre la industria cultural, amenazada de muerte por las prácticas fraudulentas. Pero hay además de ese aspecto negativo, causado por las malas prácticas de quienes acceden a internet, otro mucho peor que tiene que ver, a la postre, con los jóvenes y, probablemente, con quienes llevaron a cabo los atentados de Francia, como son las páginas que sirven para entretejer extrañas hermandades, captar voluntades entre los descontentos y ofrecer posibilidades que la virtualidad agranda de manera desapoderada, aunque sean tan horribles como el fomento del odio que puede desembocar en la matanza espantosa de los recientes atentados de Beirut y París.

La propaganda del Estado Islámico a través de internet es notabilísima, al igual que los vídeos en los que muestran ajusticiamientos o entrenamientos de sus fuerzas de élite, de los muyahidines, los guerreros santos que al morir matando pasan directamente a la gloria del cielo de las huríes. Según los expertos, muchos de estos vídeos coinciden por su factura y realización con los juegos bélicos virtuales a los que tan aficionada es buena parte de la población del planeta. Quizá ese aspecto incida también en la posibilidad de captar de una manera rápida a los jóvenes más vulnerables, los más desfavorecidos por la naturaleza, que les ha dotado de una inteligencia de mosquito, y por la sociedad, que no les ha ofrecido la contrapartida de desarrollarla convenientemente. Marginados en barrios míseros, tanto en los alrededores de París como en los de otras capitales occidentales, sienten ajenos los valores de la República, de libertad, igualdad y fraternidad, que para muchos de los europeos son también los nuestros. Por el contrario, estimulados por la realidad virtual que les ofrece muchas más posibilidades que la realidad real, valga el pleonasmo, en la que son tan insignificantes como la más insignificantes de las hormigas, no es extraño que acudan a la llamada del Estado Islámico y, abominando de la razón y la tolerancia, que de momento todavía guía las normas de la política europea y rige la mayoría de la conducta de sus ciudadanos, las cambien por la fe y la intolerancia de las que hace siglos que Europa se apartó.

No cabe duda de que los atentados terroristas, perpetrados por unos desgraciados sin cerebro y sin corazón, son un acto de guerra contra un modo de vida civilizado, contra unos ciudadanos pacíficos que al inicio del fin de semana presenciaban un partido, escuchaban un concierto, paseaban por la calle o cenaban en un restaurante. Actos que, al parecer, no sólo no son del gusto de los fanáticos que decretaron las matanzas contra “los idólatras”, según reza el comunicado de los yihadistas que lo reivindican, sino que les inducen a sembrar el terror en las calles “malolientes de París (…), que es la capital de las abominaciones y la perversión que porta el estandarte de la cruz de Europa”. Pero no debemos confundir a los instigadores de esa nueva guerra en la que nos encontramos con los musulmanes y menos aún con los creyentes de esa fe que viven en Europa. Basta observar que los fanáticos criminales no respetaron lo que para su religión implica el viernes, el día consagrado a la oración comunitaria y al descanso, no a la lucha y menos aún a la masacre de personas inocentes. El nombre de Alá, el nombre de Dios, que, según testigos, invocaron algunos de los asesinos al cometer los crímenes, fue, como tantas veces, pronunciado en vano, escarnecido y vilipendiado.

Carme Riera

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