¿No es campaña para la política exterior?

De entrada, no es extraño que en la campaña electoral los partidos políticos no aludan a sus opciones de política exterior, ni en sus actos públicos ni en los debates en los medios de comunicación. No hay reproche en esa constatación, pues es comprensible que lo que angustia a la ciudadanía en estos tiempos es el empleo y la economía.

Ahora bien, en los programas electorales la política exterior es «una herramienta potente, fundamental e imprescindible… para sacar a España de la crisis…y para contribuir activamente a un nuevo modelo de crecimiento, desarrollo y gobernanza mundial» (PSOE); o, como señala el PP, «la poca atención dispensada en España a la política exterior nos ha hecho más vulnerables y menos competitivos poniendo en riesgo los avances de nuestra sociedad».

En el debate televisivo a cinco nadie mencionó las relaciones exteriores. En el tedioso cara a cara entre Rajoy y Rubalcaba la política exterior estaba prevista para el último bloque: el candidato socialista, como sólo se sabía el programa del PP, no hizo referencia a sus propias y cuidadas propuestas en materia exterior. Rajoy le dedicó al asunto cuatro minutos de reloj; consciente de que es caballo ganador y se le debía ver como hombre de Estado, hizo una declaración formal sobre la importancia «capital» de la política exterior y su relación con el crecimiento, mencionó la pérdida de liderazgo y el olvido que, en su opinión, ha tenido el Gobierno para con América Latina (con un volumen exportador inferior a otros estados europeos), o la escasa capacidad de relación y exportaciones hacia los BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Insistió en la relación entre la política exterior y el crecimiento al reprochar a Rubalcaba que, por estar distraídos con la Alianza de Civilizaciones, no habían aprovechado las oportunidades de la globalización para afrontar la crisis económica; en ese momento el aspirante del PSOE mencionó «lo exterior» al acordarse de la silla que nos prestan como observadores (que no miembros) en el G-20, apostillando literalmente que ese puesto había sido el mayor logro de la política exterior… pobres alforjas para tan largo viaje de ocho años.

Claro que no es exacto decir que sólo hubo esos cuatro minutos finales. El debate sobre política exterior entró de soslayo en las frases iniciales de ambos candidatos al expresar sus condolencias por el militar «muerto en combate» (Rajoy), «asesinado» en Afganistán (Rubalcaba). Amén del conflicto interno entre el Estado afgano y los talibán, hay también un enfrentamiento armado internacional, autorizado por la ONU, entre fuerzas extranjeras y talibán, con batallas intensas, sostenidas y organizadas. Hay unas partes contendientes que son objetivos militares legítimos y cuando el combate es abierto y organizado (sin uso de medios terroristas o prohibidos) las muertes de uno y otro lado son muertes en combate y no asesinatos, excluidas por tanto de los códigos penales. Es la lógica jurídica de los Convenios de La Haya para los conflictos armados. Las calificaciones divergentes de Rajoy y Rubalcaba son la última página del largo debate sobre la participación española en Afganistán, en una guerra que nunca existió para el Gobierno de Zapatero. La guerra de la que todos se van a retirar más tarde o más temprano; todos menos España, claro, pues como no hay guerra allí, será la última que se marche. Esperemos que se note el cambio tras las elecciones y nos retiremos antes o al tiempo que EEUU y otros participantes.

Continuemos. Los programas de los cuatro partidos de ámbito nacional incurren en demasiados tópicos y declaraciones hueras, y en el caso de IU en un deleznable estilo panfletario (exigen «la disolución de todas las bases norteamericanas en el mundo» o la eliminación del Consejo de Seguridad y piden la renuncia a la guerra cuando esa petición ya se cursó formalmente en 1928 y la guerra es ilícita desde esa década de los felices años 20…).

Sobre la política europea de España, el programa del PSOE es, con diferencia, el más completo y centrado en el papel de Europa en la salida de la crisis, si bien no hay grandes divergencias en las cuestiones generales, bien resueltas también por PP y UPyD con «más y mejor Europa» (si acaso el claro apoyo del PSOE al ingreso de Turquía y la ambigua «participación en las negociaciones» por parte del PP).

Todos dedican algunas líneas al Sáhara. Claro que el PSOE lo hace en un contexto de adulación a las superficiales reformas democráticas emprendidas por Marruecos, en las que durante su etapa de Gobierno ha querido enmarcar la solución al conflicto saharaui con un reino alauí maquillado como Estado democrático. A la vista de la repugnancia que la política de Zapatero causó entre su electorado y la opinión pública, muy sensible hacia la causa saharaui, Rubalcaba se distancia en su programa y, mientras estén en la oposición, apoyarán «un acuerdo entre todas las partes, y el respeto a la legalidad internacional», incluido el principio de autodeterminación del pueblo saharaui, posición que comparten PP (que reconoce «la responsabilidad histórica» de España) y UPyD, amén de IU. El partido de Rosa Díez quiere «un papel activo” de España en el apoyo de la autodeterminación saharaui, involucrar a la UE y una protección activa de sus derechos humanos. Impecable, pero no estarán en el Gobierno.

Sobre Cuba, el PP sabe que hay que ser posibilista y dialogante cuando se llega al poder y guarda la ropa al declararse «comprometido con que el pueblo cubano pueda decidir libre y democráticamente su futuro», pero no anticipa una política defensora de los derechos humanos en la que, por el contrario, UPyD se siente muy activa. IU denuncia la existencia de cinco presos cubanos en EEUU e ignora a los cientos de retenidos en cárceles de la propia Cuba, defendiendo al tiempo con carácter general que «en los acuerdos comerciales de la UE se exija de forma real el cumplimiento de los derechos humanos»; tan es así que la UE no suscribe acuerdos con Cuba.

el único programa que toma posición sobre Gibraltar es el del PP, declarando que «recuperaremos el proceso de Bruselas» o negociaciones directas bilaterales, rehusando el llamado proceso de Córdoba de 2006 iniciado por Moratinos, basado en concesiones gratuitas e inútiles, además de haber considerado a Gibraltar como una parte más. En realidad, este mismo año el Gobierno de Zapatero ha dado por cerrado y fracasado ese proceso a tres bandas.

Sólo UPyD tiene memoria histórica para Guinea Ecuatorial y propone de forma sensata ayudar a la evolución del país africano hacia un régimen libre y representativo. Mirando para otro lado (la política aduladora de Zapatero en los últimos años) o demonizando al régimen sólo estaremos dando la espalda a un pueblo tan cercano a nosotros como es el ecuato-guineano. Lo que debe hacer el futuro Gobierno de España es volcarse en preparar a la ciudadanía de ese país para una evolución democrática y una gestión de sus recursos orientada a su progreso material.

Sin embargo, pedir que la UE suscriba acuerdos con África en materia migratoria como lo hace UPyD es harto difícil -si no imposible- por la negativa de los propios estados africanos. Precisamente el Plan África y los acuerdos bilaterales con 11 países africanos han sido uno de los pocos éxitos de la política exterior de Zapatero. Ningún Estado de la UE, ni tan siquiera Francia, tiene nuestra red de acuerdos migratorios.

Aunque hay menciones a los BRIC en los programas del PP y del PSOE, destaca la propuesta socialista de reforzamiento de las relaciones con Brasil, como nuevo pivote, mediante «estrategias de triangulación» entre España, Brasil y resto de Latinoamérica. Subyace a ambos programas el papel decisivo que puede tener Iberoamérica en la salida de la crisis europea al no estar alcanzadas sus economías.

Es casi un tópico el apoyo a la Primavera Árabe, así como el ofrecimiento de la experiencia de la Transición española. Palabras. No necesitan políticos ajados contando batallitas sino las inversiones de las multinacionales españolas… El PP aboga por «la diplomacia económica para favorecer la internacionalización y la competitividad de nuestras empresas-país, así como para establecer nuevas relaciones comerciales» y llegar a tener «implantación en los mercados y sociedades de Asia». Que así sea.

En conclusión, la política exterior no es una materia prescindible e irrelevante, ni siquiera en tiempos de crisis.

Por Araceli Mangas Martín, catedrática de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad de Salamanca.

1 comentario


  1. No quiero poner en duda los méritos de la profesora Mangas, pero no creo que sea la persona más indicada para tratar asuntos políticos. Primero, ella se aferra a categorías juridicistas, hecho que en el mundo de la Realpolitik siempre ha resultado funesto. Segundo, como jurista altamente especializada forma parte de cuadros de gerencia tecnocráticos, de modo que no puede ver más allá del estrecho segmento de racionalidad que le es accesible. En cristiano: todo lo verá (y juzgará) a través de unos anteojos calibrados según sus propias y mi limitadas exigencias de racionalidad, lo suyo es el prejuicio juridicista, pero no un reconocimiento sobrio de la realidad. Sus consideraciones nunca serán verdaderamente analíticas, sino normativas, a la vez de constructivistas. Lo siento, pero una persona así no puede aportar nada a la gran política, ni se deben tener en cuenta sus argumentaciones. Si no, compárese su desesperada defensa del deber-ser de la Unión Europea con las realizaciones políticas, sociales y económicas de la Unión: no tienen nada que ver. ¡Zapatero a tus zapatos!

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