No es el congreso del PP, sino el del aparato del PP

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Las elecciones libres y los partidos son los instrumentos de participación política de la sociedad en democracia. Los partidos organizan las corrientes de opinión y sirven para canalizar los conflictos de interés de sociedades complejas y pluralistas. No hay democracia sin partidos. Pero la evolución de nuestro régimen de 1978 ha derivado hacia un Estado de partidos, hacia una partidocracia, que es un régimen de libertad limitada y una democracia representativa muy deficiente.

En 1994, Javier Pradera advirtió, en su libro La corrupción política, la deriva de la política española: “Los partidos ya no son representantes de la sociedad dedicados a defender los intereses de sus electores, sino instituciones autónomas que protegen ante todo sus propios intereses”.

Para no perder el control de “sus propios intereses” los partidos son extraordinariamente creativos a la hora de ocultar la auténtica lucha política que se desarrolla en el seno de las organizaciones. En las democracias, sean republicanas o en las monarquías parlamentarias, la lucha política interna se resuelve con primarias. Después, los candidatos se presentan ante la opinión y los ciudadanos deciden en las elecciones, en la representación nominal de los diputados. En España, en una partidocracia, la lucha política se resuelve en los congresos de los partidos.

La crisis estructural del bipartidismo procede de una deficiente representación política de los ciudadanos. El sistema proporcional y circunscripción provincial no permite discernir a los candidatos y genera desafección: “No nos representan”. Reformar el sistema electoral llevará su tiempo pero es un tema que está sobre la mesa desde el inicio de los años noventa. Los dos grandes partidos no han querido abordar, asumir, el distrito uninominal mayoritario -o al menos un procedimiento mixto, como en Alemania- porque el vigente sistema es el fundamento de la partidocracia. Si a ello se une un dominio del aparato sobre la militancia, el resultado es una organización conflictiva fuera del gobierno, como el PSOE, o un partido gubernamental catatónico, como el PP.

Ante el inminente congreso del PP, los dirigentes no han podido ignorar el envite de un militante un voto, es decir, las elecciones primarias. Por su parte, la cúpula del partido no está dispuesta a dejar de controlar la sucesión del presidente o el nombramiento del próximo candidato a la presidencia de gobierno y se han inventado dos urnas, con una segunda vuelta de compromisarios, las secundarias, para que todo siga igual aunque parezca que cambia.

La doble vuelta de verdad, a la francesa, es la elección por parte del mismo cuerpo electoral, en una segunda oportunidad, de uno de los dos candidatos con más votos elegidos en la primera vuelta.

Salvo las muy honrosas excepciones de militantes elegidos por sus compañeros y comprometidos con la renovación de procedimientos del PP, los compromisarios elegidos, o designados, son aparato del PP y aprueban con entusiasmo lo que dispone la cúpula. Veamos cómo funciona esto en la práctica.

El congreso del PP lo forman 3.128 compromisarios que constituyen la soberanía del partido y dicen representar a 864.000 militantes. De ellos son natos 513, cargos electos, nombrados (cooptados) por la dirección y el resto, 2.565 se eligen en las sedes locales, de distrito o provinciales. En total son 1.223 sedes y sólo 208 de ellas han celebrado elecciones. En el resto han sido designados por la presidencia regional o provincial.

En las 208 sedes en las que se han celebrado elecciones, salen elegidos los cargos vigentes y el número de votos emitidos anula cualquier atisbo de representación. El PP de Madrid alega tener 97.000 afiliados y sólo se han contabilizado 895 votos en la capital, la ciudad de mayor movilización política: apenas el 1% del censo. De los 21 distritos sólo se ha votado en ocho circunscripciones. En el distrito de Madrid de Moncloa-Aravaca, han votado 267 militantes de un censo de 3.600, En el distrito de Salamanca, con 5.000 afiliados, votaron 147 y en Chamberí, 98.

Me permito trasladarles mi experiencia personal como candidato a compromisario en Madrid, distrito de Moncloa-Aravaca. Esto es el relato de los hechos:

1.- Cierre de candidaturas: viernes 19 diciembre, a las 20 h. Apertura de colegio electoral: el lunes 21, a las 10 h.

2.- Imposibilidad de debate, presentación de candidatos e información a los 3.600 militantes de Moncloa. Solicité el jueves 17 de diciembre acceso al censo de militantes para dirigirme a los electores y fue inútil. Me facilitaron una lista con miles de nombres y números de teléfonos, sin orden alfabético.

4.- En la sede del distrito había impresora, pero había desaparecido el ordenador. El secretario de organización, también candidato, tenía todos los datos del censo en su ordenador portátil pero no podía cederlos porque no tenía instrucciones al respecto.

5.- El aparato del distrito disponía de toda la información: emails, teléfonos y direcciones. Ante la desigualdad de condiciones, indiqué que me proponía impugnar las elecciones.

6.- Al día siguiente por la tarde ya disponía de la lista de teléfonos en orden alfabético (que solo podía utilizar en la sede de Moncloa) y a las 11.30 de la noche del viernes el PP remitió a 250 emails mi carta de presentación y curriculum vitae.

7.- El sábado intenté dirigirme a los 250 emails facilitados y la mayoría eran defectuosos, de modo que estuve varios días recibiendo devoluciones de emails, colapsando mi correo.

Resultado de la elección de nueve candidatos, para cinco compromisarios oficiales que ganaron por goleada:

Presidente del distrito, secretario general del distrito, secretario de organización del distrito, el expresidente del distrito y una diputada de la Asamblea de Madrid. En el congreso del PP son compromisarios los de oficio -natos, más los no elegidos que son más del 80% del total- y los elegidos, el respectivo aparato local o de distrito, como en Moncloa-Aravaca. La eventualidad de que compromisarios reformistas -como Henríquez de Luna, Cifuentes y otros- ganen una votación, en el congreso, de una resolución no pactada previamente con Génova, es Misión imposible.

Si a ello se añade que el sistema induce a que, en la práctica, haya un único candidato a Presidente Nacional, se entiende que los militantes no acudan a los colegios electorales. El 10 de febrero se celebra el congreso del aparato, no el congreso del PP. Un cuerpo electoral en el que apenas vota el 2%, expresa a las claras el estado real de hibernación del partido y pone en cuestión la legitimidad de todo el proceso. La imagen de triunfo del candidato único en los reportajes de televisión se obtiene por el entusiasmo de una red clientelar que es la que agita banderitas en el congreso.

En la partidocracia el poder está en el control del partido a través de una red clientelar que los dirigentes mantienen y alimentan a cargo de los contribuyentes. Una vez obtenido el nombramiento de candidato a presidente del gobierno, los españoles, en las elecciones generales, estamos invitados a elegir entre lo que hay y el caos populista.

Y sin embargo, a la espera de una reforma de la ley electoral, se puede mejorar esta situación. Basta con las primarias con doble vuelta de verdad, a la francesa, incluso para el candidato del PP a la presidencia del gobierno de las próximas elecciones generales. En ese caso habrá debate político entre candidatos; la militancia percibirá que es relevante y que vale la pena participar; los inscritos y los militantes podrán seleccionar líderes, establecer sistemas de control, canalizar y recoger efectivamente corrientes de opinión y el PP estará en mejores condiciones para hacer frente a los complejos y apasionantes retos del siglo XXI.

Guillermo Gortázar es historiador y abogado. Su último libro es ‘El salón de los encuentros. Una contribución al debate político del siglo XXI’ (Madrid, Unión Editorial, 2016).

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