¿No es no a Sánchez?

A Rowan Atkinson le preguntaron un día cuál era su truco para improvisar cuando interpretaba a Mr. Bean y contestó con rotundidad: inspirarme en lo que haría un niño. Ciertamente, algunas de las actitudes que consideramos normales, incluso entrañables, en los niños, nos resultan insoportables en los adultos. Gustavo Bueno lo estudió con gran lucidez en sus imprescindibles reflexiones sobre el «pensamiento Alicia», escritas en un esfuerzo por comprender —por diagnosticar— a José Luis Rodríguez Zapatero.

Alumno aventajado de esta tontuna, Pedro Sánchez se enrabietó visiblemente cuando Albert Rivera le anunció su negativa a pactar con él. La sinceridad de su indignación era digna de estudio: un político cuya única contribución a la literatura política es haber acuñado la frase «no es no», dirigida al partido a la sazón mayoritario del país; un político que es la encarnación del sectarismo presente —como bien saben todos los socialistas purgados de su partido— y pasado, pues es fervoroso continuador de quien inició la suicida política de bloques estableciendo un cordón sanitario al PP en beneficio del nacionalismo catalán; un político bajo cuya dirección nunca el PSOE ha sido tan poco un partido y tanto una secta, como la definió hace pocos días Paco Vázquez antes de darse de baja del partido; ese político, sí, mostraba cara de víctima inocente, como Mr. Bean después de haberlo roto todo.

Pero con una pizca de madurez, o tal vez de honradez intelectual, no le habría costado entender esa decisión de Ciudadanos. Durante años, la voluntad política de este partido ha sido construir un bloque constitucional centrado y sólido que garantice la gobernabilidad de España sin hipotecas con nacionalismos y populismos. Así que no cabe dudar de que en Ciudadanos tienen claro que la situación política española no se recuperará hasta que el PSOE recupere su sentido de Estado.

Sucede, sin embargo, en Ciudadanos se han encendido todas las alarmas cuando el PSOE ha tratado de normalizar el sistema de pactos tripartitos con el que el PSC destrozó Cataluña. Porque no de otra cosa estamos hablando: en Cataluña ya hemos vivido ese proceso de diálogo y colaboración con los partidos contrarios a la Constitución que Pedro Sánchez está proponiendo para España. Y todavía estamos sufriendo todo el mal que ocasionó.

Si remedando al protagonista de Conversación en La Catedral, nos hiciéramos la pregunta «¿En qué momento se jodió Cataluña?», uno de los momentos que más merecerían ese dudoso honor sería el 14 de diciembre de 2003, la fecha de la firma del primer gobierno tripartito entre socialistas, comunistas y separatistas para ocupar la Generalidad de Cataluña.

Aquel acuerdo vino precedido por un importante antecedente, el pacto del Tinell —es decir, el cordón sanitario al PP impuesto por el PSC a favor del nacionalismo catalán—, y tenía su justificación en la olímpica frustración de Maragall al no poder alcanzar la ansiada Generalitat. Después de décadas de decepción, aquellos comicios eran percibidos como la ocasión más propicia para el PSC.

Existía una sensación de «ahora o nunca», por eso, cuando ni siquiera entonces se alcanzó el objetivo, se apostó por un cambio de estrategia que suponía aceptar que, en adelante, la gobernabilidad de la izquierda iba a depender de que sus simpatías con los extremos en el eje ideológico y en el eje territorial, es decir, con la izquierda radical y con los separatismos, iban a convertirse en acuerdos estructurales.

El resto es historia, una historia sufrida por los catalanes, pero que los españoles deben conocer bien para no permitir que Sánchez repita en España el mismo error: con Maragall como presidente y Carod-Rovira como conseller en cap, el primer gobierno tripartito se extendió desde el 20 de diciembre de 2003 hasta el 11 de mayo de 2006, y nos dejó episodios inolvidables, como la reunión de Josep-Lluís Carod-Rovira en Perpiñán con los líderes de ETA Josu Ternera y Mikel Antza para pedir que los siguientes muertos no fueran catalanes, o el breve, pero memorable entremés representado en el Parlament por Maragall y Mas a cuenta del tres por ciento.

Pero, sobre todo, ese tripartito nos dejó una Cataluña donde el programa de ingeniería social ideado por Pujol se cumplió con mayor eficiencia, incluso, que la empleada por sus mismos progenitores, y donde, sin que hubiese ninguna demanda social, se inició un debate para la reforma del Estatut en clave notoriamente nacionalista. Para que el lector se haga una idea, el nivel de soberanismo que contenía aquel texto estatutario, aprobado el 30 de septiembre de 2005 por aclamación de casi un 90% de los miembros del Parlament, era un nivel de soberanismo que en los momentos anteriores al debate representaba las aspiraciones de apenas un 5% de la ciudadanía catalana.

El segundo tripartito, liderado por el inefable José Montilla, fue simplemente la constatación de que, para salir de un pozo, la estrategia más acertada no es la de seguir cavando.

Es, por tanto, más que comprensible, insisto, el veto de Ciudadanos: este partido nació para poder poner ese veto. Y el PSOE de hoy es, para España, lo que ha sido el PSC para Cataluña.

Pero Ciudadanos ha de librar esta batalla política con inteligencia, porque su situación no es fácil. Es de una importancia crucial para el futuro de España que este partido logre comunicar al votante del PSOE la experiencia que hemos vivido en Cataluña. No puede dejar que entre la opinión pública se extienda la equivocada impresión de que es Ciudadanos, y no el PSOE, quien promueve la política de bloques.

Ciudadanos ha de dirigirse al votante del PSOE de toda España. Ha de hacerlo incluso sabiendo que tiene las de perder en esa lid, pues a la mayoría de la gente le gusta sentirse emocionalmente de izquierda, aun sin tener idea inteligible de en qué consiste tal cosa. No existe otra opción que jugar en ese terreno: los votantes prefieren fuerzas centristas, alejadas del extremismo, y más de un 40% de los votantes españoles se sitúan en el espectro ideológico que en teoría cubre el PSOE.

Ciudadanos siempre ha tenido una frontera de votos con el PSOE y es ahí donde debe incidir para propiciar un trasvase difícil si no aciertan bien con la estrategia: Ciudadanos debe dirigirse a ese votante moderado, de centro y centroizquierda, con un mensaje claro y comprensible que logre comunicar que, comparado con los perjuicios que puede ocasionar que el PSOE traslade a España el modelo con el que el PSC ha destruido Cataluña, las políticas que pueden separar, para bien o para mal, la socialdemocracia del liberalismo progresista son meras diferencias de matiz.

Ciudadanos debe conseguir que se entienda que su arriesgada apuesta no es una llamada al votante conservador, sino al sentido de responsabilidad del votante progresista. Ha de lograr transmitirle que, en el tablero político actual, la única manera de que el PSOE forme gobierno es replicando en España la estructura del tripartito catalán. Ciudadanos debe conseguir, en fin, que ese votante español de centroizquierda llegue a formarse una composición de lugar tan exacta como la del experimentado Arnaldo Otegi, que hace votos para que el PSOE logre repetir la fórmula de Gobierno de esta legislatura tras las próximas elecciones generales, «pues sólo así el independentismo sería decisivo».

Pero Ciudadanos debe dejar una puerta abierta para que no se active un marco mental que lo perjudica: no debe poner en bandeja al sectario Pedro Sánchez el papel de ser víctima de sectarismo. La ciudadanía española, el votante progresista responsable, ha de saber que, a diferencia del «no es no» de Sánchez, el «no» de Ciudadanos incluye un condicional: debe ser un «no» a Sánchez que pueda retirarse si el PSOE garantiza de manera formal que no pactará con quienes desean destruir el Estado.

Si todo esto no funciona, si Ciudadanos no logra pescar votos en el caladero del PSOE, y si se activa entre la ciudadanía la equivocada idea de que el PSOE —el partido que está sustentando el sectarismo en España— es la víctima Alicia del sectarismo, el 28 abril estaremos poniendo fecha a una pregunta futura: «En qué momento se jodió España».

Pedro Gómez Carrizo es editor.

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