No es oficio para viejos

Si no me he equivocado en la suma, este artículo hace el número mil uno de mis colaboraciones en este diario. Bonito número ese capicúa, 1.001, que remite a fabulosas combinaciones casi siderales y que en este caso tiene la admiración de lo milagroso. Nunca pensé que íbamos a llegar tan lejos, ni el periódico ni yo, y henos aquí afrontando esta especie de cumpleaños, yo pienso que feliz, aunque admito que pueda haber quien piense lo contrario. (Momento este en el que aprovecho para introducir una cuña publicitaria, que es lo más moderno, y sentirme orgulloso por haber escrito la palabra capicúa,aportación catalana al acervo universal, y así, con decirlo, sumo mi granito de arena al modo de escribir que se lleva por estos lares, que no dejan pasar la ocasión de señalar que somos una sociedad supercojonuda, la más liberal de España y la más sufridora; no como otros – y no voy a señalar, porque no es de señores-,que ni son liberales y menos aún sufridores, sino vagos agarrados a la teta clientelista del Estado. Fin de la cuña en el más actual estilo columnismo new age identitario).

Si una de mis costumbres es aprovechar los aniversarios para volver sobre un asunto ya olvidado, creo que esta es una buena ocasión para hacernos preguntas sobre este oficio, el del periodismo, que goza del honor de compartir con las otras dos pes – putas y políticos-la tríada profesional más antigua del mundo. ¿Acaso la Biblia no puede ser considerada la primera publicación informativa? El Génesis debe interpretarse como un prodigio de información de agencia; no se puede contar mejor la creación del mundo en tan pocas palabras. Y Moisés, sin ir más lejos, ¿no ejerce de gran reportero cuando baja con las tablas de la ley? Y fíjense si sería bueno que la gente no le hizo maldito el caso, que es lo que les suele ocurrir a los reporteros estrella.

Mi primera sabatina apareció en abril de 1988 y en ella daba cuenta de hecho tan singular como el XXV Congreso de Filósofos Jóvenes celebrado en Extremadura, tierra de donde no recuerdo otro filósofo, real o presunto, que don Juan Donoso Cortés, un progre que devino ultrarreaccionario en un tiempo récord y que, pese a la enorme actualidad que este hecho tiene en nuestros días y en España, donde se ha dado tanto ese salto que incluso podríamos exportarlo como producto cien por cien ibérico, resulta que el gran Donoso de la reacción no tiene quien le recuerde y el bicentenario de su nacimiento, que fue el pasado 6 de mayo, pasó inadvertido. Pero lo más llamativo de aquel congreso de filósofos jóvenes era la falsedad de los dos principios. No se trataba en puridad de filósofos, sino de profesores de filosofía, y sobre todo, hacía mucho que habían dejado, ¡ay!, de ser jóvenes.

¿En qué se diferencia el oficio periodístico de entonces a acá? En 1988 ya se apuntaba lo que aún parecía evitable. Los periódicos eran importantes por sí mismos y aún no quedaban eclipsados por la televisión. Ahora este hecho es tan evidente que quienes escribimos apenas si nos damos cuenta. Las informaciones siempre parecen redactadas para gente que ya ha visto los telediarios, y así ocurre que nadie hace saber dónde se hicieron tales o cuales declaraciones, ni si fue por la mañana o por la tarde, y lo que es más alucinante, lo fundamental se ha retirado de la información. Un ejemplo, los diarios más importantes de Catalunya omitieron de la primera página el resultado del partido de fútbol entre el Barcelona y el Chelsea. Debieron de pensar que tratándose de algo tan obvio se hacía innecesario recordarlo en portada. Los primeros en considerar que el periodismo de pluma ha quedado obsoleto son los periodistas. Buena parte del gremio periodístico sueña con la televisión; ni siquiera leen los diarios, sólo ven los informativos. Los alumnos de periodismo no tienen ni idea de qué gente escribe en los periódicos; en general ni los leen, pero conocen perfectamente a los presentadores de la televisión. Podría citar casos bochornosos de estudiantes universitarios de periodismo.

Pero ese desplazamiento de los nuevos periodistas hacia la televisión no es más que una muestra de algo mucho más evidente y trascendental. Responde al desplazamiento del público, pero también al de los empresarios de prensa, que se volcaron en el negocio televisivo con la convicción, en algunos casos suicida, de que sin una cadena de televisión no podían ser considerados auténticos magnates de los medios de comunicación. Y cuando estaban metidos hasta el cuello en la batalla por ganarse una cuota de pantalla probando diversas formas de telebasura consumible y hacerse con una buena porción del paquete publicitario, llegaron sucesivamente tres tsunamis que amenazan con ponerlo todo patas arriba. Primero fueron los diarios gratuitos, que en España, a diferencia de otros países, como Francia, no tuvieron ni la más mínima oposición gremial. Los gratuitos significaron para el mundo periodístico algo muy similar a los top manta para el mundo discográfico.

Luego llegó internet como instrumento informativo, e inmediatamente la crisis.

Todas las empresas tienen un problema: cómo afrontar la crisis económica. Las empresas periodísticas tienen dos: cómo absorber la irreversible fuerza de internet y cómo afrontar la crisis. Mientras las cosas iban bien, los medios de comunicación vivían en su particular burbuja del éxito. Tan es así, que hasta se parecían a las grandes constructoras, los midas del ladrillo. Eran tiempos en los que se oía decir a los managers del negocio mediático: “Los más fuertes serán los mejores porque serán los más fuertes, y por eso sobrevivirán en la gran batalla del mercado”. Y resultó que no hubo gran batalla. Bastó primero la gozosa aparición de internet para que se encogieran de hombros; eso no cambiaba en nada, aseguraban, la esperada gran batalla. Y vaya si cambió las reglas del juego, tanto, que están por inventar unas reglas para que podamos jugar sin arruinarnos. Luego vino la crisis, y esos transatlánticos de la comunicación, empeñados hasta las cejas, dejaron de centrarse en la gran batalla del mercado y empezaron a pensar, como en el siglo XIX, que el periodismo es un bien común y que debe ser subvencionado por el Estado. Tanta palabrería innovadora para volver a discutir de qué talla son los calzoncillos que sirvan para colocar los dodotis de nuestra senil diarrea.

Xavier Batalla, que es uno de esos veteranos de la pluma al que se debe leer por obligación profesional, recordaba el otro día en este diario, no sin un punto de sarcasmo: “En 1971, en Suecia se acordó que los subsidios estatales a la prensa fueran distribuidos por un comité independiente. El problema fue dar con un comité independiente”. Imaginémonos, añado yo, cómo abordaríamos el tema en España. ¿Y en Catalunya? Siempre me dan ganas de hacer un relato por lo menudo del Consell Audiovisual y su crematístico papel de salomones de la inanidad – espero que no se cuele una errata y salga escrito “salmones de la inanidad”, porque alguno se daría por aludido-. La primera condición para lograr un comité independiente sería una prensa independiente, y no creo que vayamos por el mejor camino después del pinchazo de la burbuja mediática.

A mí el debate sobre si el periodismo del futuro pasa por la web o por el papel me parece una discusión escolástica, porque olvidamos que la famosa fórmula de McLuhan, según la cual “el medio era el mensaje”, también se ha quedado obsoleta. Ahora el mensaje lo es todo y el medio resulta aleatorio, y eso nos complica mucho la vida. No es verdad que los periódicos del 2009 sean peores que los de 1988; sin embargo, son menos prensa escrita y más parecidos unos a otros; tanto, que en ocasiones parecen tomar por modelo a los diarios gratuitos. Algunos creyeron que la solución ante los tsunamis estaba en cambiar los medios – hacerlo todo más visual ymás vulgar, como la televisión-,y en vez de avanzar, seguimos retrocediendo. Creo que nadie lo ha resumido mejor que John Carlin en El País: “Nunca ha habido una mejor época para hacer periodismo escrito, y nunca ha habido una peor para ganarse la vida ejerciéndolo”.

Gregorio Morán