No es Pujol, es el proceso

Sería consolador y purgaría demasiados errores, incompetencias e inconsistencias. Pero no. Jordi Pujol y su autoinculpación expiatoria ha debilitado el proceso soberanista, pero no lo ha reventado. Cierto, su comportamiento no ha estado a la altura de la Catalunya que él creyó cincelar durante casi un cuarto de siglo de gobierno de la Generalitat. Es muy posible que independentistas sobrevenidos hayan dejado de serlo cuando han comprobado que Pujol era tan vulnerable como cualquier otro de los políticos pedestres que deambulan por esa España convertida en la referencia de todo cuanto cientos de miles de catalanes dicen aborrecer. Es entendible que la contradicción entre lo que significaba Pujol y el papel de guía del partido que fundara en 1974 (CDC) resulte excesiva e indigerible y hasta es comprensible que atente a la estética que el president de la Generalitat se haya declarado su “hijo político”. Todo eso es cierto.

Pero siéndolo resultaría abusivo y complaciente -es decir, cobarde- convertir a Jordi Pujol en lo que no es: en el chivo expiatorio, en el conveniente culpable de un proceso soberanista que se aproxima de manera irremediable a una conclusión fracasada. Cunde el propósito de echar sobre las espaldas del expresident la responsabilidad última de que en el tramo final del reiterado proceso, su autoinculpación lo haya hecho descarrilar. Y no es exactamente así. Porque como dijo el que fuera presidente de Estados Unidos Dwight D. Eisenhower, “la búsqueda de un chivo expiatorio es la más fácil de las expediciones de caza”. Y a esa actividad cinegética se están empleando algunos, muchos, de los fautores del entuerto. Y por alguno de sus contradictores, como Montoro en una olvidable intervención parlamentaria el lunes pasado.

Pujol estaría jugando un doble papel en la actual escena política, al menos desde el día 25 de julio, fecha de su extravagante confesión. De una parte, resultaría el dinamitero de las ilusiones secesionistas de muchos, pero, de otra, se perfilaría como la gran coartada para el fracaso de los que han impulsado la iniciativa independentista. Sin embargo, el error Pujol -digámoslo así- es uno más de una configuración inviable de la apuesta por el Estado propio que comenzó a fracasar cuando se formuló a través de un imposible político y jurídico: una consulta “legal y pactada” para cuestionar la soberanía constitucional. Alegres y combativos, con las manos en los bolsillos y silbando, como si el Estado español fuese una falla valenciana o un monumento de arquitectura efímera, se convocaron unas elecciones adelantadas (25-N del 2012) en las que CiU pidió lo que los catalanes le negaron: una mayoría “indestructible”. En vez de entregar lo que se le solicitó, el cuerpo electoral repartió sus favores con ERC estableciendo un equilibrio inestable que no ha encontrado anclaje firme desde aquellas calendas electorales.

Pero hay más: el proceso se llevó por delante el socialismo catalanista del PSC; inoculó, sin terapia posible, el virus de la desconfianza en la federación entre CDC y UDC, no ha obtenido ni una sola aquiescencia internacional -más bien todo lo contrario- y, aunque se abjure del pujolismo, en pleno proceso se ha jugado a la puta i la Ramoneta, pidiendo con una mano la consulta y con la otra hasta veintitrés medidas gubernamentales de naturaleza presupuestaria y competencial. Y todo esto es ajeno al striptease de Jordi Pujol al que la opinión pública contemplaba como el patriarca revestido de la indumentaria pontifical, mientras la mirada del Estado -“¿qué coño es la UDEF?”, se preguntó con ingenuidad o con cinismo Pujol- sólo veía a un rey desnudo. Pues bien: la desnudez del expresident de la Generalitat, su extremada vulnerabilidad, ha sido una falla más del proceso que ha ido acumulando y yuxtaponiendo errores e imprevisiones hasta alcanzar en el calendario un dilema dramático del que no es sólo responsable Jordi Pujol.

El dilema. ¿Es que nadie pensó que llegaría el día en que habría que tomar la penúltima decisión?, ¿es que nadie imaginó que el 9-N ofrecía sólo insurrección o fracaso, que para el caso es lo mismo?, ¿es que nadie supuso que antes que la independencia de Catalunya, o al mismo tiempo, se estaba ventilando una lucha por el poder en el país?, ¿es que nadie llegó a valorar que en esta operación política latía una vocación revanchista que buscaba laminar la vieja política, el antiguo régimen, reventar, en definitiva, la anterior centralidad para instaurar otra? Esa forma desavisada y banal de entender la política, el Estado, España y la propia Catalunya no admite un chivo expiatorio. Al César lo que es del César y a Pujol lo suyo.

José Antonio Zarzalejos

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