No es sólo la economía, estúpido

En febrero de 1991 George W. H. Bush anunciaba la victoria de los EEUU en la primera Guerra de Irak. Nadie podía prever entonces que sería derrotado en las elecciones del año siguiente por el joven gobernador de Arkansas, Bill Clinton. Pero entre 1991 y 1992 la situación económica se deterioró rápidamente y la administración republicana parecía incapaz de controlarla, lo que acabó por pesar más en la decisión de los electores que otras cuestiones. El lema oficioso de la campaña de Clinton fue “¡Es la economía, estúpido!”. Su asesor James Carville había escrito esas palabras en un tablón de las oficinas centrales de campaña para recordar a sus colaboradores cuál era el marco que debían crear. Desde entonces la frase se ha popularizado mucho y se ha utilizado para destacar la importancia de las circunstancias e intereses económicos en las decisiones de los votantes.

La economía no parece haber sido un factor determinante, sin embargo, para los dos millones de catalanes que apoyaron a partidos independentistas en las últimas elecciones autonómicas. La fuga de empresas y los riesgos cada vez más evidentes de la deriva rupturista no alteraron su decisión. El resultado nos recordó que no siempre nos comportamos de forma racional, maximizando nuestro beneficio o utilidad. En el clima político actual el voto independentista es sobre todo un acto emocional, a través del cual se expresa el orgullo de grupo frente a un supuesto enemigo. Los independentistas votan a los suyos, sin valorar demasiado su gestión pasada ni la viabilidad de sus proyectos de futuro. Como ha quedado demostrado, las élites nacionalistas han utilizado con éxito la propaganda para cohesionar y movilizar a una parte del electorado, a costa de ahondar las fracturas étnico-lingüísticas de la sociedad catalana.

El Gobierno esperó demasiado la vuelta a la racionalidad del nacionalismo catalán. No comprendió la mutación que había experimentado y la perversa dinámica emocional en la que se había instalado. Confiando en que el procés fracasaría por sus propias debilidades y contradicciones, no desarrolló una estrategia consistente ni dedicó recursos suficientes para acabar con la amenaza. Frente a la creciente radicalidad, la falta de escrúpulos y la temeridad del nacionalismo, el Gobierno actuó con una pasividad e impericia exasperante, que acabó por hundir al Partido Popular en Cataluña y multiplicar el apoyo a Ciudadanos.

Tras los luctuosos hechos de otoño y el descalabro electoral de diciembre, Gobierno y Partido Popular han salido en tromba para presumir de sus logros en política económica y social. Quieren volver cuanto antes a la “normalidad”, hablar de “lo que verdaderamente importa” y conjurar el peligro de un ascenso de Ciudadanos a nivel nacional. Desprecian las encuestas que pronostican un fuerte ascenso de ese partido y afirman que en futuras elecciones, sobre todo en unas generales, los españoles votarán más con el bolsillo que con el corazón. Pero antes de las generales habrá que afrontar las municipales y autonómicas de junio de 2019, y antes de éstas unas autonómicas andaluzas en las que unos malos resultados podrían hacer entrar al Partido Popular en barrena.

No hace falta acudir a las encuestas para percibir que una parte importante de los potenciales votantes populares está hoy desconectada del partido. Ya no es sólo el efecto de los casos de corrupción del pasado. Es también lo ocurrido en Cataluña, que ha consolidado a Ciudadanos como un competidor en la defensa de la integridad y cohesión nacional. Para los jóvenes, el Partido Popular se identifica con el conformismo y un conservadurismo excesivo. Valores como el cambio y la modernidad chocan con el discurso y la imagen del partido. Para colmo, el fantasma de un Gobierno Frankenstein ya no asusta como en 2011 y difícilmente se podrá volver a apelar al voto útil contra la amenaza populista.

El Partido Popular ha jugado un papel fundamental para la modernización de la economía española y el mantenimiento del Estado de bienestar. No es exagerado afirmar que debemos al actual Gobierno la salida honrosa de la peor crisis económica de nuestra democracia. Por otro lado, mientras la izquierda se ha ido fragmentando y deshaciendo en banderías locales, una de las grandes virtudes del Partido Popular ha sido ofrecer un proyecto cohesionador, con un único discurso e implantación en toda España. Desde hace decenas de años, los militantes del Partido Popular le han plantado cara al nacionalismo allí donde era más fuerte, pagando un precio muy elevado.

España sigue necesitando de un partido político de centro derecha con las ideas claras, vocación mayoritaria y representación en todo el territorio nacional. Ciudadanos no tiene la consistencia ideológica, ni la organización, ni la experiencia necesaria para jugar ese papel. El Partido Popular no puede conformarse con mantener mayorías precarias y maniatadas por la demagogia de la oposición, con sostener Gobiernos técnicos o de gestión. No puede convertirse en un mero instrumento de conservación del poder para aprovechamiento de sus dirigentes. No debe desaparecer en territorios como Cataluña. No puede renunciar a ejercer el liderazgo ideológico de los sectores más comprometidos y dinámicos. La renovación del Partido Popular es una preocupación no sólo de sus dirigentes y militantes, sino de toda la sociedad española.

P.D. En el tablón que James Carville colgó en la oficina de campaña de Clinton había otras frases. La primera era: “cambio vs. más de lo mismo”.

Juan Arza es consultor de empresas y militante del Partido Popular de Cataluña.

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