No es solo la imagen

Hizo bien ABC en responder a The New York Times con una mínima galería de fotos tomadas en Estados Unidos sobre las mismas calamidades sociales que los otros utilizaban para denigrar a nuestro país, reduciéndolo a indigentes, pordioseros y desahuciados (como los hay en cualquier lugar), toda una muestra de periodismo de primera calidad, fiable, serio. Tal vez ABC, si pecó de algo, fue de benevolente y caritativo, sin entrar en el asunto a fondo abordando problemas de concepto, de historia o de características de la sociedad, en los cuales los yanquis habrían salido pingando. Quizás no valiera la pena extenderse, dándoles más importancia de la que tienen, pero —nos tememos— a causa de la posición hegemónica de su país, esas campañas difamatorias pueden surtir algún efecto en terrenos nada convenientes para nosotros, sobre todo económicos. Sin embargo, sería bueno dilucidar qué proporción desempeñan en esta clase de agresiones necias los feos intereses de especuladores americanos que actúan contra el euro, cuánto nos ha costado a los españoles la campaña separatista de Arturo Mas en el mismo periódico o la vigencia de la inquina despectiva y sistemática de los anglosajones hacia nosotros (excepciones aparte), que salta con toda su virulencia a la primera de cambio, actitud bien descrita por Harold Raley, aunque él lo difumina entre «los extranjeros»: «For centuries Spain has been a country foreigners love to hate and Spaniards hate to love».

España no sólo ha sido marginada, despreciada y aislada por los europeos del norte y los norteamericanos —desde el Congreso de Viena hasta Rodríguez Zapatero, por poner hitos claros al proceso histórico— también ha interiorizado su propio declive y decadencia convirtiendo sus opiniones sobre sí misma en subsidiarias de las elaboradas y difundidas por los extranjeros, dando por bueno cuanto sobre ella se dice y aceptando el papel secundario de acomplejados, que deben leer la prensa inglesa o neoyorquina para saber lo que han de pensar en torno a sus problemas. El asunto no es nuevo. Los viajeros del XVIII y XIX conforman un corpus de convencionalismos sobre España, a base de fijar la atención en los elementos más raros y peregrinos de la época (lo «pintoresco»), y la transmiten en sus escritos, rigurosamente copiados por los siguientes, de suerte que cuando éste o aquél (Gautier, Edelfelt, Davillier) entran en nuestro país ya saben cómo es «la verdadera España» y no hacen sino abundar en las ideas preestablecidas. Hacia 1850 ya está completo el elenco de imágenes, que perdura y predomina hasta ahora mismo. No sorprende, pues, que Catherine Hartley (1910) identifique como «árabes» los ojos de una rapaza que atiende en un mesón de Oren-se (otros los encuentran en La Mancha, Burgos o Vitoria), que Gautier perciba ya el Oriente misterioso en Valladolid o que Borrow vaya descubriendo criptojudíos perseguidos por la Inquisición (que ya no existía en su tiempo) cada vez que da una patada en el suelo. La permanencia de estos clichés hipertrofiados —cobrando vida propia, ajena a la realidad— es su triunfo, difícil de contrarrestar.

Si en el cine topamos con un individuo taimado pero obtuso, sucio, traidor, libidinoso, cobarde, codicioso y etc. (en el mejor de los casos, presentado de mamarracho jocoso), nos hallaremos ante la caracterización del…mexicano, en el género Western americano y que viene a coincidir, al milímetro y de modo nada sorprendente, con la descripción que hacen de los españoles (y de los portugueses) bastantes viajeros por España en el XIX. Una identificación que en películas se extiende a elementos visuales y sonoros y que nosotros —españoles y mexicanos— sabemos abusiva, porque México (aclaración obvia pero ineludible) no es un calco de España, ni viceversa, pese a los muchos y felices elementos culturales comunes. Pero, aun en filmes con pujos de serios y bien hechos, la guitarra flamenca, la rumba de por acá o la arquitectura popular almeriense falsifican la ambientación que, para el espectador americano medio, es confusa. De ahí esa chistosa y tan repetida pregunta del yanqui acerca de «Spain» y que tanto encocora a los españoles: ¿Por qué parte de México cae?

Esta adjudicación de estereotipos es de una estulticia insuperable: la Iglesia Católica solía —y suele— cargarse con la mayor parte de las culpas oscurantistas y negativas, como la acusación de haber impedido la difusión de la vacuna antivariólica «quizá porque la Iglesia la condenaba como remedio antinatural e impío» (Mitchell, ViajerosporEspaña.De BorrowaHemingway), cuando la verdad es que, tras la difusión de los experimentos de Jenner con vacas en 1796, España realizó de inmediato una campaña gigantesca de vacunación entre 1803 y 1809 en sus tierras ultramarinas, es decir medio mundo, con la expedición de F. J. Balmis. En el siglo XX, a la Inquisición y la Iglesia se ha sumado otro factor no menos socorrido y absurdo, útil para rotos y descosidos: el franquismo como explicación fundamental y última —y arbitraria—de cualquier cosa, naturalmente mala. Recientemente, en un Congreso celebrado en México, un estudioso mexicano del hinduismo residente en USA —tres ingredientes para un cóctel letal— para condenar la definición de «diosa» en DRAE, que no le gustaba por poco progresista, argüía que, seguramente la Real Academia Española la había redactado influida por el franquismo, clarividencia pasmosa que me hizo estremecer en el asiento. Es irrelevante que DRAE diga al respecto algo tan inocuo como: «Diosa: deidad de sexo femenino» —cuando menos desde 1992 (21ª edición), con lo cual no sé de dónde estaba citando el vindicativo profesor de Berkeley—. Lo grave de verdad es la ligereza con que mundo adelante se acude a explicaciones manidas, pero estrambóticas, en torno a las cosas de España, con todo desparpajo.

Pero no todo son fantasías ni mala voluntad, otras veces el reflejo de la sociedad hispana se muestra nítido: «lo que más aflige en España es la profunda falta de moral de todas las clases. Se venden hoy por nada, pero se venden cada día (…) han robado tanto y han hecho tantas guarrerías de toda clase bajo la administración de Narváez y de los demás presidentes moderados del Consejo de Ministros que la opinión pública los rechaza de modo terminante» ( Mérimée, Viajesa España). O «Sólo la parte de la sociedad que se denomina mundo político, sólo esa está corrompida. El pueblo es bueno, leal, capaz de sentimientos magnánimos y de sublimes arrebatos de entusiasmo. La honra de España es todavía un lema que hace latir todos los corazones» (E. Amicis). Benévolas observaciones que nos quedan muy lejos, cuando el gobierno de la Nación se esmera por favorecer a terroristas asesinos, cuando de facto se inhibe (entre retóricas verbales, eso sí) ante la inconcebible realidad de que un tercio de la población española no puede estudiar en español, cuando permanece huidizo y acobardado ante la insurrección en toda regla planteada. Porque esto ya no es un problema de imagen, ni éstas son las trágicas chuscadas de José Luis Rodríguez y Alfredo Pérez soltando al asesino De Juana, imponiendo un estatuto antiespañol para Cataluña, o abriendo la puerta a la ETA en las instituciones y los presupuestos, con la connivencia del Tribunal Constitucional. Y si el NewYorkTimes puede fungir de escribidor de Arturo Mas es porque nuestro país —no lo olvidemos—, en su conjunto, regala demasiada munición al enemigo.

Serafín Fanjul, Real Academia de la Historia.

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