No es tarde para el PSOE

La crisis ha traído a la socialdemocracia a un cruce de caminos en el que se juega su futuro. Las viejas respuestas aparecen agotadas, y la gran pregunta se abre ante sus líderes: ¿es hora de volver a conectar con sus raíces de izquierda, o mejor consolidar el viaje hacia el centro? Mientras deciden, la base se deshace. En la última década, los partidos socialdemócratas europeos han perdido uno de cada cuatro votos. En el mismo periodo, el PSOE se ha dejado la mitad, pasando de un 44% en 2008 al actual 22%. Parece evidente que el centro-izquierda se ha perdido, y necesita encontrar un nuevo camino.

Es una búsqueda hecha de varias disyuntivas. La primera es evidente: ¿debe el país abrirse al mundo o, por contra, es más conveniente protegerse de las influencias ajenas, quedarse en casa? Este dilema tiene dos vertientes: una más económica (abrir o cerrar mercados, sectores comerciales, proteger o dejar volar libres las propias industrias) y otra social y cultural, con los flujos migratorios como máxima expresión. El tercer eje es el del papel del Estado frente a las desigualdades: cuánto recaudar, cuánto gastar y, sobre todo, en quién gastar.

No es tarde para el PSOEHasta hace unos años, la familia socialdemócrata podía mantener una posición más o menos común frente a estas tres cuestiones: apertura cauta de mercados y fronteras, acompañada de redistribución favorable a los asalariados, tratados como un conjunto más o menos homogéneo. Pero el equilibrio se ha roto. La apertura de mercados y fronteras tiene efectos opuestos entre los trabajadores: beneficia a quienes están preparados para competir y tienen preferencias personales por el multiculturalismo; perjudica a aquellos que no disponen de los recursos para lidiar con la globalización. Como consecuencia, las prioridades redistributivas también son diferentes.

En España, la integración económica consistió en una burbuja de crédito descomunal que trasladamos a un modelo de crecimiento basado en el consumo interno, consolidando la segmentación entre trabajadores cualificados y no cualificados, estables y precarios, que no fue visible hasta que no se cerró el grifo de las finanzas. El frenazo cogió al PSOE a contrapié, sin acceso a mecanismos de redistribución para amortiguar el golpe de los (ahora) perdedores de la burbuja. Y, por tanto, sin respuestas.

Otros partidos europeos sí han movido ficha. El Partido Democrático (PD) italiano, por ejemplo, se ha decidido por la opción centrista, liberal: sí a la apertura económica y social, no al proteccionismo, y cambio en el modelo redistributivo hacia la igualdad de oportunidades. Es una opción que busca su base en un nuevo acuerdo entre ganadores potenciales de la globalización, sean trabajadores cualificados, profesionales liberales o empresarios. La alternativa de contraste la encontramos en el Reino Unido, donde el nuevo liderazgo laborista apuesta por un giro a la izquierda basado en un proteccionismo económico que no se desprende del aperturismo social, y un modelo redistributivo basado en quitar a los ganadores para darle a los perdedores para igualar en resultados.

Por desgracia para el PSOE, estos dos caminos le están vedados en nuestro país: Ciudadanos está construyendo la coalición liberal, mientras que Podemos hace lo propio con el proteccionismo de izquierdas. La situación era bien distinta para Matteo Renzi, quien vio cómo el centro quedaba libre ante la debacle de Berlusconi y su Forza Italia. Mientras, el Movimento 5 Estrellas se presenta como la postura opuesta al PD, haciendo las veces de nueva oposición. Jeremy Corbyn, por su lado, tenía la opción de recorrer terreno hacia la izquierda del laborismo. Decisiones que pueden ser cuestionadas electoralmente, pero que desde luego suponen respuestas ideológicas claras al contexto actual.

Para Pedro Sánchez, por contra, el espacio no hace sino achicarse. Más todavía en el contexto actual de negociación e incertidumbre. En cierto modo, lo que está intentando hacer el PSOE es poner de acuerdo a sus propios herederos, que no solo están profundamente enfrentados entre ellos en los ejes fundamentales de redistribución y apertura de mercados, sino que además no tienen muchos incentivos para llegar a un acuerdo porque esperan poder seguir robando apoyos al viejo socialismo. A ello se añade las divisiones particulares de nuestro país: la línea roja nacionalista por el lado de Podemos, y la imposibilidad de llegar a un acuerdo con un PP (como sí hizo el PD de Renzi con el Nuevo Centroderecha escindido de la formación de Berlusconi) manchado por la corrupción y demasiado escorado al conservadurismo clásico: redistribución escasa y centrada en las clases medias, mercados solo moderadamente abiertos, cerrazón social y cultural.

No es ésta una situación pasajera, que se resolverá con un pacto o con la convocatoria de nuevas elecciones. La fragmentación parlamentaria refleja una división real de posiciones entre los votantes. Mientras el PSOE dudaba hacia dónde dirigirse una parte de su base se desperdigó en dos direcciones distintas. Ahora, ¿qué espacio le queda? De momento, el de aquellos que en el pasado salieron ganando con sus políticas, y ahora tienen demasiado que perder como para moverse hacia un equilibrio distinto. Pero si en el futuro las tensiones actuales se hacen más profundas incluso éstos se verán forzados a tomar posiciones distintas en las cuestiones emergentes. No parece, por tanto, una apuesta muy rentable si la intención es liderar las fuerzas de progreso.

Sin embargo, el nuevo equilibrio político está lejos de cerrarse, como atestigua el vaivén de encuestas y debates internos en los partidos. Más fundamentalmente, los retos de apertura y redistribución están todavía definiéndose: no tienen una forma clara, y como siempre sucede en una democracia, los debates dependen tanto de las demandas de los representados como de la iniciativa y la capacidad de innovación de los representantes.

Es dueño del futuro quien maneja los matices. Quien es capaz de comprender la complejidad y de construir coaliciones sobre ella. La socialdemocracia española, como la europea, nació y creció gracias a una tenaz búsqueda del equilibrio. Si en el pasado la respuesta no fue absoluta, ¿por qué iba a serlo hoy? Tal vez la clave resida en no ser completamente Renzi ni Corbyn, sino en ser ambos en cierta medida: virar hacia el centro en unas cosas, y poner rumbo a la izquierda en otras. Así, queda al menos una posición alternativa por explorar dentro de la esfera progresista: la de una plataforma que proponga abrir el país social y económicamente, y al mismo tiempo construir un sistema redistributivo más robusto y generoso, dedicado a quienes han estado perdiendo y pueden perder desde ahora. Una posición mixta pero evolutiva. Quizás sea demasiado tarde para conseguirlo, pero es igualmente cierto que el PSOE jamás lo averiguará si ni tan siquiera lo intenta.

Jorge Galindo es investigador del Departamento de Sociología de la Universidad de Ginebra y editor de Politikon.

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