No está aquí

Los cristianos celebramos esta semana, en su octava, la Resurrección. Es el más grande acontecimiento de la Historia para los creyentes en Cristo, pilar de nuestra fe. Los cuatro evangelistas narran los hechos acaecidos ese «primer día de la semana». Sería mucha la emoción con que se relatarían en la predicación oral de los apóstoles. Así, cada evangelista refiere pequeños detalles diversos. Lo único sobre lo que no existe controversia –a pesar de la resistencia inicial a creer por parte de todos los que después serán testigos– es la propia Resurrección. Entiendo que merece la pena, intentar poner orden y combinar las narraciones, desde la presencia de María Magdalena, su protagonista esencial.

Destacan los cuatro evangelios que pasado el sábado «a la hora en que clareaba el día» (Mt. 28, l), «a la salida del sol» (Mc. 16,2), «antes de amanecer» (Lc. 24,1), «cuando todavía estaba oscuro» (Jn. 20,1), un grupo de mujeres se dirige al sepulcro. Rendidas por el cansancio y destrozadas por el dolor se apresuran para embalsamar el cuerpo del Amado. La Magdalena es la primera. Las demás preparan vendas, mirra y áloe. «María… ve la piedra removida». Comprueba que no está el cuerpo, corre adonde están Pedro, Juan y los otros y les dice: «Se han llevado al Señor» (Jn. 20,2).

Entretanto, sus compañeras que van al sepulcro «se decían: ¿quién nos retirará la piedra?» y comprueban que «está removida» (Mc. 16,4). Perplejas, «se les presentan dos hombres y les dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado… ya os dijo: Es necesario que el Hijo del Hombre… sea crucificado y al tercer día resucite» (Lc. 24,7).

Siempre me ha sorprendido la amnesia total que sufren los apóstoles y las mujeres. Por tres veces les había anunciado la Pasión. Así estaba escrito… pero no tenían por qué estar tristes. «Al tercer día resucitaré», les había asegurado. ¡Qué impacto habría causado en su ánimo presenciar la agonía y muerte en la Cruz! Nadie en el grupo apostólico tenía la mínima esperanza. Sus desvelos se dirigen hacia un cuerpo… sin vida.

Al oír a los Ángeles, las mujeres «se acordaron de las palabras del Maestro» (Lc 24,8). Y al instante «huyendo… con gran temor y asombro» fueron comunicárselo a los discípulos. Fue una mañana de carreras. Es mucha la urgencia por comunicar y comprobar lo que empezaba a ser ya, gozosa realidad.

Cuando este grupo de mujeres azarosas llegan, Pedro y Juan habían salido ya con la Magdalena: «Pedro se levantó y corrió» (Lc. 24,12). Juan sale detrás: «Corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro y llegó antes» (Jn. 20, 4). Juan llega, ve el sepulcro vacío pero no entra. Pedro llega y entra… y detrás lo hizo Juan… y «vio y creyó» (Jn. 20,5). Regresan admirados (Jn. 20,10 y Lc. 24,12). Han verificado lo dicho por la Magdalena. Un sepulcro vacío. Se acuerdan ahora de las palabras del Maestro y de las profecías de las Escrituras, tantas veces recordadas.

María se encamina otra vez al sepulcro. No sabe ir a otro sitio. Cuando llega, Pedro y Juan ya se han marchado. Rompe a llorar y con los ojos enrojecidos ve a dos hombres. No se asusta. La miran con ternura y le preguntan: «Mujer ¿por qué lloras?». Ella, sin saber que es una visión celestial, dice: «Se han llevado el Cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto» (Jn. 20,13). Oye pasos, se vuelve… y quien se acerca, insiste: «Mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». María le dice: «Si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo tomaré» (Jn. 20,15). Quien le habla, susurra su nombre: «María». En ese instante, lo reconoce y dice: «Rabboni» (Jn. 20,16) y abraza sus pies. Y Él, que demostró tanto afecto y permitió que se lo expresasen, le advierte: «No me retengas, pues subo a mi Padre» (Jn. 20,17).

Ha terminado para el Hijo del Hombre su paso por esta tierra y regresa a los cielos. Le encarga: Dile a mis hermanos: «Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». Y ella les anuncia: «He visto al Señor» (Jn. 20,18) «y me ha dicho que subía al Padre». (Mt. 16,10). Santo Tomás la denomina «apóstol de apóstoles», pues comunica lo que ellos proclamarán a todo el mundo. Juan Pablo II en su Carta Mulieris dignitatem destaca su papel esencial. El Papa Francisco decreta que su fiesta litúrgica sea celebrada como la del resto de apóstoles. Es la pregonera del suceso trascendental del cristianismo. Sólo tenía un título para tan alto cometido. Amó sin límite y recibió sin confín el cariño del Señor. Ella fue… la «loca de amor».

Federico Fernández de Buján, catedrático de Derecho Romano de la UNED y miembro electo de la Real Academia de Doctores de España.

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