No existe paz si no hay justicia

La única paz que reconozco en Colombia o en cualquier lugar del mundo es la que nace de la justicia. Si así no fuese no podría considerarse una verdadera paz, sino una componenda disfrazada de blanco que nace con los pies de barro y que, desgraciadamente, no logra avanzar en ese dificilísimo camino de la auténtica reconciliación. Escuchaba al presidente Santos dirigirse a su pueblo, repitiendo las palabras de Gandhi -"La paz es el camino para que nuestros hijos y nuestros nietos tengan un mejor país"-. ¿Qué ha pasado? ¿Acaso la mayoría de los colombianos no quiere lo mejor para las generaciones venideras? No lo creo. Simplemente, han sido más los que han considerado que un país donde los terroristas, que tanto dolor han causado durante décadas, iban a ser premiados por partida doble, no era lo que que querían dejar en herencia a sus jóvenes. Porque la injusticia no es nunca un buen legado.

Y ahora viene la pregunta de siempre: ¿Y entonces qué? ¿Algo habrá que hacer? Ahora, tras un periodo de incertidumbre, habrá que seguir trabajando, porque la paz no se impone, se construye, desde la única vía posible, la de la justicia sin atajos y, por supuesto, sin premiar por dejar de matar. Confieso que nunca compartí la euforia que el acuerdo entre el Gobierno colombiano y las FARC suscitó en la comunidad internacional, siempre proclive a abrazar cualquier tipo de paz, sin rascar mucho no vaya a ser que no sea oro todo lo que reluce. Considero que ha sido apresurada la decisión de la Unión Europea de sacar a las FARC de la lista de organizaciones terroristas sin esperar a la firma del acuerdo y posteriores comprobaciones.

No aplaudí ni ayer ni hoy este acuerdo; o, mejor dicho, mostré públicamente mis dudas, porque había muchos puntos que rechinaban a mis oídos de víctima, llegando incluso a creer que mi experiencia me impedía ver con la imparcialidad suficiente ese acuerdo de paz que tantos saludaban con satisfacción y que a mí me producía un sentimiento de frustración que chocaba con ese triunfalismo compartido por algunos líderes tan mediáticos como incontestables. Hoy, viendo como se ha expresado la sociedad colombiana, creo que yo no pensaba como víctima, sino como cualquier persona de a pie que, a pesar del dolor que conlleva la violencia sin sentido y el profundo deseo de terminar con el miedo y la tragedia, se rebela ante el hecho de que quienes la han provocado, puedan aparecer al mismo nivel de los que la han sufrido. Incluso en una sociedad castigadísima por el terror de bandos enfrentados, donde uno acaba sin distinguir el bien del mal, es fundamental tener la firmeza para no tomar el camino tentador de olvidar las tres palabras claves: memoria, dignidad y justicia.

Para mí, el camino de la paz es el que deja claro que matar, secuestrar, violar y otros tantos delitos tienen que tener consecuencias; y no es posible tratar como héroes a quienes hasta hace demasiado poco tiempo eran villanos. Los pueblos no olvidan lo inolvidable y los políticos deberían saberlo. Los deseos de los gobernantes, bienintencionados en muchos casos, a veces no responden a la realidad. Y los políticos no siempre saben interpretar el sentir profundo de un pueblo. Cuatro años de negociaciones pueden parecer mucho tiempo, pero no lo son. Primero, los terroristas tienen que rendirse, entregar las armas, pedir perdón y, aun así, no están en condiciones de exigir nada. Y Timochenko debería saber que no bastan una camisa blanca, palmadas en la espalda, sonrisas y parabienes de líderes internacionales para convertirse en uno de ellos. Aunque tantas idas y venidas a Cuba, tanta parafernalia con tintes bolivarianos le hayan confundido y ya se veía de jefe político.

Por mucho que este acuerdo se vendiese como una oportunidad de oro, la euforia y las prisas son malas consejeras cuando las heridas son tan profundas que cualquier equivocación las puede reabrir. Y la impunidad es siempre un grave error, que con consentimiento popular o sin él hubiera traído consecuencias dolorosas a una sociedad que está saturada de violencia pero que no ha olvidado su dignidad. No considero justo hablar de generosidad, inteligencia y determinación entre quienes han apoyado el sí en el plebiscito, como si quienes han votado no fueran rencorosos, necios y cobardes. Es siempre el mismo juego, en Colombia, en Irlanda, en España o donde sea; los mediadores internacionales y demás afines quieren hacer creer que aquéllos que se oponen a una paz que no comparten en lo fundamental quieren la guerra o la vuelta al terrorismo y pretenden responsabilizar a los que no tienen culpa de los crímenes de los que sí la tienen. Es simplemente perverso. Yo sé lo que es. Al final, lo más fácil es excluirlos, tachándolos de radicales, de ser enemigos de la paz y de un futuro mejor. Y, así, se les va aislando hasta borrarlos del todo, por no apoyar los nuevos tiempos en los que o comulgas con ruedas de molino o estás poniendo en juego la convivencia pacífica de tu país.

Colombia ha dicho no, a pesar de la propaganda dentro y fuera de sus fronteras, incluso cuando era complicado decir no a la pregunta del referéndum, expresada en los siguientes términos -"¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?"-. A mí me suena a elección definitiva, o ahora o nunca. Me atrevo a decir que son muchos los votantes que no han comprado lo de una paz final, estable y duradera y no porque no estuvieran a favor ello sino porque no entendían el manual de instrucciones o simplemente porque no se fiaban de quienes se la vendían. Escuchar a los terroristas apelando al corazón de los colombianos es cuanto menos chocante y me gustaría que al menos los jefes, los que decidían sobre la estrategia criminal, si como dicen están arrepentidos, empezasen por hacer el mayor ejercicio de responsabilidad, asumir sus culpas y cumplir sus condenas, que nunca pueden ser tan cortas que humillen a las víctimas. Y lo que se translucía de esos "Tribunales especiales para La Paz" no generaba mucha confianza pese a que hablaban de justicia restaurativa, de verdad y de no repetición. La amnistía, del griego oamnestia, significa olvido y por ello los ciudadanos se resisten a asumirla de buen grado, aunque sus gobernantes y, posteriormente, los legisladores, decidan considerar inocentes a quienes antes habían sido declarados culpables. La amnistía se aplica normalmente a los delitos políticos y no afecta a un individuo sino a la pluralidad y suele tener efectos retroactivos.

Los puntos de este acuerdo de paz, que hablan de terminar con las hostilidades otorgando una amplia amnistía, no eran fáciles de asumir por una sociedad que precisamente por todo lo que ha padecido no acepta la impunidad. No creo que haya que traducir esta negativa a apoyar el acuerdo con las FARC como que pierde la paz, sino más bien como que no ganó la idea de "paz" que el acuerdo presentaba. No ganó la paz de Santos, de Timochenko, de buena parte de la comunidad internacional y de muchos colombianos que se habían decantado por el sí. ¿Por qué, cuando lo tenía todo a favor? Mi opinión es que no sólo en Colombia, sino en muchos otros sitios que han sufrido el terrorismo, como en España, se ha abusado y manipulado tanto la palabra paz que la han vaciado de contenido, sometiéndola al interés de unos y otros y, en consecuencia, consiguiendo el efecto contrario, en vez de unir, separar.

Creo que no sólo los colombianos, sino todos los que hemos sufrido el terrorismo, deberíamos aprender que la paz debe servir para aunar voluntades y no para polarizar a la sociedad, que es lo que ocurre cuando se hace de espaldas o de perfil al pueblo, que casi siempre muestra un sentido de la justicia superior al de quienes los representan. Y a los que vendieron la piel del oso antes de cazarlo les diría que la próxima vez sean más cautos cuando lo que está en juego no es la guerra o la paz, sino la historia reciente, la dignidad, la justicia, la memoria y el futuro en libertad de quienes han decidido no atendiendo a las consignas de líderes extranjeros, ni de mediadores, ni de quienes les ponían entre la espada y la pared, sino oyendo la voz de su conciencia y, por qué no, de su cabeza; porque a veces el pueblo es sabio, aunque a muchos no les guste oír lo que dice.

Teresa Jiménez-Becerril es eurodiputada por el PP y presidenta de la Fundación Jiménez-Becerril.

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