No existen vías buenistas contra el terror

La yihad moderna es una declaración de guerra a Occidente en cualquier lugar y circunstancia, ya sea con células o lobos solitarios, reclutas o ex combatientes. Mustafa Setmarian, de Al Qaeda, teorizó esa nueva forma bélica en su “Llamada a la Resistencia Islámica Global”.

El Estado Islámico (EI), no solo adoptó ese terrorismo en la casa del enemigo como otro frente de guerra, sino que le dio un giro propagandístico. Mohamed al Adnani, llamado el Goebbels islamista, ideó toda una batería de eslóganes emocionales y bélicos tan efectivos como descriptivos: “Si no puedes encontrar explosivos o munición, arrincona al infiel estadounidense, francés o de cualquiera de sus aliados. Aplasta su cabeza con una roca, mátalo con un cuchillo, arróllalo con tu automóvil, arrójalo desde un lugar elevado, estrangúlalo o envenénalo”.

Los mensajes no eran solo para los suyos, sino para que fueran conocidos por los occidentales e infundir terror. Saben que los horrores de la guerra en Oriente Medio llegan a EE.UU. y Europa en píldoras televisivas, y que el espectador los asume como parte de la programación. Sin embargo, era muy distinto si los muertos podían ser ellos mismos, en la tienda de la esquina, o en la calle de enfrente. Una sola bomba o cuchillada en una de nuestras ciudades tendría más repercusión que miles en los desiertos sirios. Nuestras sociedades, aun ancladas en formas bélicas del siglo XX, no lo ven como guerra, pero ellos sí.

Si no se podía cambiar la mentalidad del occidental ganándole en Oriente Medio, habría que hacerlo en sus casas. El concepto del terror que asumieron es el mismo que resucitó una parte de la Nueva Izquierda en los años 60: el asesinato masivo o indiscriminado era considerado “lucha armada”, como aquí hizo ETA. El éxito dependía de acertar en lo que Gramsci, muchos años antes, llamaba “líneas débiles”. Aquel italiano elaboró una estrategia para conquistar a la opinión pública a través de la propaganda, y, como si fuera el mariscal alemán Moltke, señaló que había que empezar por esos espacios más sencillos.

Esas “líneas débiles” son aquellas donde el occidental desarrolla su vida social, laboral y de ocio, guarnecido por las murallas de una sociedad del bienestar, consumista y hedonista, donde se divierte y relaciona. Es decir; se trataba de convertir los sitios de confort en lugares de terror, que las libertades como la de circulación se conviertan en actividades de riesgo.

La personalidad de los autores del terror debía ser muy concreta. Los terroristas no tenían que ser necesariamente musulmanes llegados de Oriente Medio para cometer un asesinato, sino un islamista instalado en Occidente desde hace décadas, o nacido aquí. Cuando esta condición se conoce, el terror que se produce ante el otro es mucho mayor. La confianza desaparece, y el efecto es enorme. Por eso, los que atropellan a los nuestros o sueltan bombas -como el atentado del maratón de Boston en 2013, o los de Barcelona el pasado 17 de agosto- son chicos criados aquí, no ex combatientes. La idea es que el occidental piense que cualquiera, incluso su vecino o el que le atiende en el supermercado, el taxista o repartidor, puede ser un terrorista.

Saben que habrá una parte de los occidentales que dirán que esa persona asesinó porque era un inadaptado, porque no recibió un trabajo ni una educación suficientes. O algo peor: era un loco. Los terroristas conocen esta debilidad de Occidente, tan falsa y que tanto daño nos hace. Pero el asesino no actúa por carencias de nuestro sistema educativo o de colocación laboral, sino porque quiere. De otra manera tendríamos en España cerca de tres millones de parados susceptibles de ser terroristas.

No es culpa de Occidente. No olvidemos que en Palestina existe el llamado “Fondo de los Mártires” a cargo de la Autoridad Nacional Palestina, que ha existido desde la OLP de Arafat, y que ahora se llama Ley de Prisioneros (2010). En septiembre de 2015, Mahmud Abás dijo: “Damos la bienvenida a cada gota de sangre derramada en Jerusalén”. En su fe, cada mártir va al paraíso, pero también recibe su recompensa económica. Según los datos oficiales hay unos 5.500 terroristas que reciben un salario de entre 600 a 3.000 €, que supone unos 140 millones de € al año. Ese gasto podría usarlo la ANP para crear riqueza o empleo en Palestina, pero no es así.

El terrorista no mata por culpa de Occidente, sino porque quiere, pero los occidentales no lo creen mayoritariamente así. Es la teoría pura del terror: crear en el enemigo (nosotros) un miedo a vivir que sea de tal magnitud que nos empuje a ceder, a bajar los brazos, y si no, que introduzca el debate y la división sobre la unidad de acción.

En la conquista de esa nueva hegemonía emocional, al estilo gramsciano, utilizan todos los mecanismos que nuestra sociedad abierta les ofrece. El multiculturalismo es clave en esta cuestión: el buenismo permite el paso, organización y acción de los terroristas y de los inductores. Es más; al tiempo que se acoge a inmigrantes y refugiados islámicos (que no islamistas), el occidental multiculturalista induce a la disolución de nuestras costumbres para ser acogedor. De eso se aprovecha el islamista (que no islámico), constituyendo una auténtica Quinta Columna.

Los terroristas consideran que están en guerra, que lo suyo es “lucha armada”, como decía Frantz Fannon en los años 60 sobre la resistencia del Tercer Mundo contra Occidente. Sin embargo, aquí, en la zona inconsciente de guerra, no hay unidad a la hora de atajar el problema.

La vía buenista supone implementar programas de integración de los musulmanes, rebajar las costumbres occidentales para fomentar el multiculturalismo, pedir perdón por la actuación de las potencias en Oriente Medio desde las Cruzadas, y retirarse de las zonas en conflicto. El buenista considera que el terrorismo es la respuesta al neoliberalismo y la globalización capitalista que explota a pueblos tercermundistas, como en los 60 la Nueva Izquierda. Hay algunos que incluso piden que Israel desaparezca para apaciguar el conflicto, sin considerar que para ellos no es una cuestión de territorio, sino de dominación religiosa.

Existe una solución, menos flagelante y más realista, sin paternalismos ni complejos, que piensa que es preciso cortar las fuentes de financiación que permiten su organización y desarrollo, y coordinar a las policías. En este sentido, parece que la CIA y el SVR ruso advirtieron que lo de las Ramblas podía pasar y, por otro lado, hay ciertas lagunas en la cooperación entre los Mossos y el resto de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. A esto, porque no es bueno ser ingenuos, dicen que es necesario sumar el control del paso y estancia de inmigrantes y refugiados, tender alianzas con los gobiernos amigos de Oriente Medio, y contar con la colaboración de las comunidades islámicas que viven pacíficamente entre nosotros.

Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid y coautor del libro ‘Contra la socialdemocracia. Una defensa de la libertad’ (Deusto, 2017).

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