No hay alternativa a la democracia

Las terribles noticias que nos llegan de los campos de prisioneros uigures al oeste de China nos hacen estremecer de miedo y de vergüenza. ¿Cómo pueden los líderes occidentales y los creadores de opinión permanecer indiferentes ante horrores que recuerdan a los campos de concentración de la Alemania nazi y el Gulag soviético? Por orden directa del jefe de Estado, la policía china encarcela a los ciudadanos chinos, por cientos de miles o por millones, aún no lo sabemos, porque no son chinos de «raza» y porque algunos son musulmanes. A los prisioneros, da igual la edad que tengan, se les trata como ganado, se les golpea y se les humilla. Unos «cursos» obligatorios les enseñan los valores de China y del comunismo. ¿Deberíamos ser tan estúpidos como para suponer que la suma de tortura y encarnizamiento ideológico harán de un mal uigur un buen comunista chino? Evidentemente, los líderes chinos todavía creen en la efectividad del lavado de cerebro, la vieja letanía maoísta.

No hay alternativa a la democraciaLa suerte de los uigures revela, si es que todavía teníamos dudas, la verdadera naturaleza del Gobierno chino: una tiranía medieval que sigue a Mao Zedong y los emperadores sedientos de sangre del pasado, lo peor de la civilización china. O más bien lo peor en la negación de la civilización china, porque el Gobierno de Pekín no puede, en ningún caso, pretender representar ni al pueblo ni a la cultura de China. Podemos afirmarlo con certeza porque los chinos, donde son libres de expresarse, como en Hong Kong y Taiwán, eligen la democracia, la libertad de expresión, el Estado de derecho y la tolerancia religiosa. Vayan a Taipéi y Hong Kong y verán que todos los cultos religiosos coexisten pacíficamente; los templos taoístas conviven con monasterios budistas, iglesias católicas, templos protestantes y mezquitas.

De los horrores sufridos por los uigures y las elecciones en Hong Kong (y el próximo enero en Taiwán) se pueden aprender algunas lecciones de aplicación inmediata. En primer lugar, la preferencia por la democracia no es solo un rasgo cultural occidental sino universal, que es válido en todas las civilizaciones. Recordemos que esta fue la enseñanza de Mahatma Gandhi para India, la de Nelson Mandela para Sudáfrica y la de Liu Xiaobo para China. Sin duda, la democracia es un invento occidental, pero es ante todo humanista, la única solución conocida para garantizar una convivencia pacífica entre pueblos diferentes. Otra lección: los dirigentes chinos tienen miedo de la gente. Si el Partido Comunista tuviera la más mínima confianza en sí mismo, no multiplicaría las formas de represión primitivas (encarcelamiento) o innovadoras (reconocimiento facial). Si confiara en su legitimidad, no tendría tanto miedo a los debates y a las elecciones. Recuerdo que en 2006 fui testigo de unas elecciones municipales -a título experimental, se decía- en aldeas del centro de China; los candidatos del Partido Comunista fueron derrotados en todas partes por los candidatos independientes. El experimento fue interrumpido rápidamente. Una lección adicional: el crecimiento económico no es suficiente para garantizar la legitimidad de la dictadura, como demuestra el éxito de los partidos democráticos en Hong Kong. En verdad, el reinado del Partido Comunista se basa en dos pilares: el miedo al Partido y el miedo al caos si el régimen se derrumba. Por eso Xi Jinping aviva estos dos miedos. El día que los chinos no tengan miedo, el régimen comunista se derrumbará, de la misma manera que se derrumbó en la Unión Soviética cuando Mijaíl Gorbachov dejó de disparar contra la multitud de manifestantes.

¿Y nosotros qué papel desempeñamos en esta historia que se acelera ante nuestros ojos? Los occidentales están paralizados por dos miedos estúpidos e infundados: el miedo intelectual de imponer a los chinos nuestros valores occidentales (el síndrome colonial) aunque ellos mismos los reclamen, y el miedo a perder mercados, a pesar de que la economía china, si no comerciara con Occidente, se hundiría.

Si todo lo anterior es exacto y verificable, debemos concluir que no solo China está en crisis, sino que Occidente lo está aún más. En este momento reina en nuestras sociedades una cierta incapacidad para interesarse por el resto del mundo, una cierta vergüenza para asumir y exportar nuestros propios valores. Al observar el mapa mundial esta semana, veo que la libertad está en el Este y la pasividad en el Oeste. En Europa han sido los rumanos quienes han elegido a un presidente abiertamente liberal y proeuropeo. En Asia, los liberales y demócratas se manifiestan en Hong Kong, Taipei y Seúl. Y no olvidemos que los bolivianos, los uruguayos y los venezolanos también aprecian las libertades de las que se les ha querido privar. Pero en París o en Madrid, estamos cansados, probablemente porque pensamos, muy equivocadamente, que las libertades son logros irreversibles. Y que hay que mover a los muertos para reescribir la historia. Craso error

Guy Sorman

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