No hay nada de natural en la tasa natural de desempleo

¿Por qué hay tan poco desempleo en países con tan poca inflación? Para los economistas, es una pregunta fundamental. Y cuando los economistas se enfrentan a preguntas fundamentales, suelen producirse desacuerdos fundamentales.

Yo fui uno de los economistas rebeldes de los años sesenta que rechazamos la macroeconomía que nos enseñaron en los cincuenta, la teoría “keynesiana” (desarrollada por J. R. Hicks, A. W. Phillips y James Tobin) según la cual, el motor de todo es la demanda agregada: si hay mucho desempleo es porque falta demanda, y si hay poco, es porque la demanda es anormalmente alta.

Esto nos hacía ruido, porque la teoría económica básica que nos enseñaron (creada por Alfred Marshall, Knut Wicksell y Robert Solow) decía que el motor de todo son las fuerzas estructurales, y que es deseable que el progreso tecnológico se acelere y crezca la propensión al trabajo o al ahorro, porque eso impulsa la oferta de mano de obra y capital, y con ella, el empleo y la inversión. Pero los keynesianos sostenían que las fuerzas estructurales son dañinas, porque provocan pérdida de empleo, a menos que las autoridades fabriquen suficiente demanda para compensar el aumento de la oferta.

Una conclusión a la que llegamos fue que, como mínimo, la trayectoria de una economía, medida por las variables macroeconómicas convencionales (desempleo, inflación y crecimiento de la producción) no depende solamente de la demanda agregada, sino también de las fuerzas estructurales. De modo que el argumento keynesiano de que la “demanda” todo lo puede (que sola es capaz de aumentar el empleo y con él la inversión e incluso el crecimiento) era infundado. Pero aun así los keynesianos lo siguen repitiendo.

La visión estructuralista de la conducta macroeconómica llevó al concepto de una tasa “natural” de desempleo, copiado de la idea (que surgió en Europa en entreguerras) de un tipo de interés “natural”. Pero el término “natural” es engañoso.

La idea básica estructuralista era que mientras las fuerzas del mercado siempre fluctúan, la tasa de desempleo tiene una tendencia a volver a cierto valor. Si, por ejemplo, es inferior al nivel “natural”, entonces subirá hasta alcanzarlo, y con ella subirá la inflación. (Por supuesto, una nueva perturbación de la demanda puede aumentar otra vez el desempleo y reducir la inflación, pero la fuerza centrípeta de la “tasa natural” se hace sentir siempre.)

Pero hay una complicación en la que insisto hace mucho tiempo. La “tasa natural” en sí misma puede variar en respuesta a cambios estructurales o de las normas y actitudes de las personas.

Con todo, hay un hecho curioso que pone en entredicho la idea estructuralista. Estados Unidos y la eurozona atraviesan un período de bonanza; en el primero, el desempleo se hundió y no muestra tendencia a subir a una tasa natural anterior (cualquiera sea su nivel nuevo). Sólo con esos datos, un modelo estructuralista predeciría una tasa de inflación elevada y en alza; pero la inflación se mantiene baja, pese a que la Reserva Federal de los Estados Unidos inundó de liquidez la economía. También en la eurozona, el desempleo está en baja, pero la inflación no crece.

¿Cómo explicar la paradoja de que haya poco desempleo a pesar de una baja inflación (o viceversa)? Hasta ahora, los economistas (sean estructuralistas o keynesianos a ultranza) no han sabido qué decir. La respuesta debe ser que la “tasa natural” no es una constante de la naturaleza, como la velocidad de la luz, sino algo que puede verse afectado por fuerzas estructurales, sean tecnológicas o demográficas.

Por ejemplo, es posible que tendencias demográficas estén frenando el crecimiento salarial y reduciendo la tasa natural. Desde la década de 1970 hasta fines de la de 2000, la cuestión demográfica estuvo básicamente latente. Pero ahora los baby boomers se están jubilando de empleos relativamente bien pagos, mientras el mercado laboral se va llenando de jóvenes, que comienzan con sueldos relativamente bajos. Esto frena el crecimiento salarial para una tasa de desempleo dada, lo que a su vez lleva a que a un nivel de crecimiento salarial dado le corresponda una menor tasa de desempleo.

Otro factor más interesante es el posible efecto sobre la tasa natural de los valores y las actitudes de las personas, y de sus esperanzas y temores en relación con lo desconocido e incierto. Aquí entramos a terra incognita.

Una hipótesis que encuentro convincente es que los trabajadores, sacudidos por la crisis financiera de 2008 y la profunda recesión que le siguió, tienen miedo de pedir ascenso o buscar empleadores que paguen mejor (pese a lo fácil que es hallar empleo en un mercado laboral sin holgura como el de los últimos tiempos). Una hipótesis derivada es que los empleadores, alterados por el lentísimo crecimiento de la productividad (especialmente en los últimos diez años), no quieren conceder aumentos de sueldo, pese al regreso de la demanda a niveles previos a la crisis.

También he sostenido, según un modelo de mi creación, que ante el regreso de un dólar fuerte a principios de 2015 (con la amenaza de inundar los mercados estadounidenses con importaciones), las empresas tuvieron miedo de ofrecer más producción al mismo precio (o tal vez prefirieron mantener el nivel de producción bajando los precios) y se negaron a aumentar los sueldos. En síntesis, una mayor competencia generó una situación de “sobreempleo”: bajo desempleo y baja inflación.

No quiere decir que no haya tasa natural de desempleo: lo que sucede es que no tiene nada de natural. Y nunca lo tuvo.

Edmund S. Phelps, the 2006 Nobel laureate in economics, is Director of the Center on Capitalism and Society at Columbia University and author of Mass Flourishing. Traducción: Esteban Flamini.

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