No hay que temer el crecimiento de la sanidad privada

El problema de la Educación en nuestro país no es el alto grado de aceptación que tiene entre la población la educación privada y/o concertada, sino el hecho de que nadie que pueda evitarlo lleve a sus hijos a los colegios de la Educación Pública, con independencia de su ideología o del partido político al que pertenezca.

En Sanidad, por ahora, no hemos llegado a ese extremo. Y algunos políticos todavía tratan de disimularlo, porque no afecta a sus hijos, lo que todos más queremos. Pero es una cuestión de tiempo.

Aquellos que piensan que no conviene que crezca el sector sanitario privado a costa del incremento del aseguramiento privado (porque, según esgrimen, eso haría que las clases medias abandonaran la Sanidad Pública y, a su vez, que dejara de apostarse por ella), no se dan cuenta de que el problema no es que crezca el seguro privado.

Lo que les preocupa de verdad es que la gente, como pasa en la Educación por sus bajísimos resultados en calidad, no quiera ir a la Sanidad pública.

Un estudio de la Fundación IDIS realizado antes de la pandemia demuestra que el 85% de los pacientes que tenían entonces un seguro privado complementaban el uso de la Sanidad pública con la privada, según le interesaba o convenía.

Antes de la pandemia, la gente que podía se hacía un seguro sanitario de forma voluntaria. Porque no quería esperar una lista de espera para tal o cual prueba, o porque quería ingresar en un entorno más amable donde la experiencia como usuario fuera más satisfactoria, al haber menos masificación.

O, simplemente, porque el hospital privado de turno, no sometido a las inclemencias presupuestarias generales, y para satisfacer las necesidades de sus clientes, había adquirido tal o cual tecnología que todavía no estaba disponible en la Sanidad pública.

Esto era lo más habitual. Y marcaba un equilibrio entre Sanidad pública y privada que permitía que los ciudadanos descargaran a la primera de gastos. Pero no dejaban de participar de ella cuando por cercanía o por otras razones les interesaba seguir utilizándola.

La crisis sanitaria que estamos viviendo, ahora por el problema de la Atención Primaria que azota toda España como secuela de la pandemia de la Covid, se ve incrementada por una evidente falta de motivación de los profesionales. Falta de motivación que hace que los nuevos no quieran trabajar en este pilar asistencial sobre el que pivota todo nuestro sistema sanitario público.

La forma de relacionarse de los ciudadanos con la sanidad privada ha cambiado.

Antes de 2019, los que podían suscribían un seguro sanitario de forma voluntaria. Y los pacientes la usaban de forma complementaria a la Sanidad pública. Desde entonces, en cambio, hemos comprobado que los que tenían seguro sanitario usan mucho más, o de forma exclusiva, la sanidad privada. Y gran parte de los nuevos usuarios se lo hacen como respuesta a la desatención de la pública. Y a costa, porque no pueden permitirse otra cosa, de seguros low cost con pocas coberturas y con copagos para pruebas diagnósticas, consultas o urgencias.

Es decir, la gente se hace un seguro privado porque no accede al sistema sanitario público o porque no quiere pasar por las tremendas listas de espera que se encuentran en todos los niveles asistenciales. O sea, porque no le queda más remedio.

La crisis que estamos viviendo ahora no se va a arreglar ajustando los salarios, conteniendo la atención de los profesionales a los pacientes o tratando de buscar (debajo de las piedras) más efectivos para que los que hay trabajen menos o en mejores condiciones.

El problema de fondo seguirá ahí. Y aunque los que mantienen y se mantienen a costa del sistema mejoren sus condiciones laborales, eso supondrá un golpe definitivo para el sistema. Porque los pacientes, los usuarios, ya han empezado a no querer ir al sistema sanitario público. Y huyen de él hacia un sector privado que, puedo dar por seguro, se acabará adaptando al exceso de demanda al que nos enfrentamos ahora.

El cambio en el sector sanitario público debe de ser mucho más profundo. Un cambio que apueste por una Sanidad pública y unos profesionales que compitan, que trabajen según objetivos y resultados, que funcionen mejor. Con un modelo que aproveche la coexistencia de un sector privado competitivo y no le tenga miedo a la experiencia de usuario que ofrece este. Porque el éxito del sector privado se basa en la personalización, y en ser capaz de competir en tiempos en la atención y en los resultados.

Por eso no sólo hay que normalizar la colaboración del sector privado. Tampoco hay que temer su crecimiento. Cuando la Sanidad pública funciona bien, la gente no la abandona, sino que la combina, aprovechando los recursos de la privada y ahorrando los costes correspondientes a las arcas públicas.

Lo que ocurra con la Sanidad Pública está en manos de nuestras autoridades políticas. Pero, de seguir por la misma senda, tratando de poner vendas en los agujeros del sistema, seguiremos limitándonos a dar una patada para adelante, como se ha hecho hasta ahora.

Pero con la diferencia de que, ahora, los ciudadanos empiezan a rechazar acudir al sector público.

Y eso, como pasó antes con la Educación, será su final. La Educación pública nunca se ha recuperado. Si la Sanidad pública funciona de manera adecuada y eficiente, nada tiene que temer. De hecho, para funcionar mejor debería estar interesada en que a la privada le fuera lo mejor posible.

Seguir igual sólo llevará al Sistema Nacional de Salud al ostracismo.

Juan Abarca Cidón es el presidente de HM Hospitales y de la Fundación IDIS.

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