No hay tal comunidad

Peter Preston Preston es ex director de ‘The Guardian’ (EL MUNDO, 19/07/05).

Otra vez esa palabra camaleónica, a la vez rotunda y cálidamente humana. Comunidad: una palabra que vale para todo. Podríamos estar hablando de un vecindario, una explotación colectiva o un grupo de amigos que se va de cañas. O podríamos estar engolando la voz para formular una vez más el tópico reproche político: «La comunidad musulmana tiene que tomar medidas de una vez para extirpar el terrorismo de su seno».

Pero comencemos con el problema de sacarle demasiados derivados al vocablo latino communis. Si un ministro intenta introducir un impuesto comunitario, no es más que un dulce para tragar el sufrimiento. Si un vecino promete preocuparse por la comunidad, se refiere a una triste visita semanal al desamparado, como mucho.Si un juez envía a un condenado a hacer servicios comunitarios, el tipo acabará en prisión la próxima vez.

La comunidad es algo así como un esparadrapo verbal. La connotación que subyace detrás de esa palabra es que el Reino Unido es una nación que se compone de diversos grupos definidos, homogéneos y organizados según intereses raciales, religiosos o de vecindad.Por eso los políticos en campaña se comprometen a servir a la comunidad, porque la comunidad devuelve votos. Por eso cada comunidad cuenta con su propio líder, elegido o autoproclamado. Las comunidades suelen tener un espíritu propio, que refleja su identidad. Y, por supuesto, las comunidades «se unen como un solo hombre» cuando les golpea la adversidad. Es esta respuesta común, junto al espaldarazo de un liderazgo firme, lo que todo el mundo viene reclamando desde Tavistock Square.

Pero fíjense en una cosa curiosa. Se supone que los extranjeros tienen comunidades capaces de ejercer una acción determinada.Y, por el contrario, nosotros, los autóctonos, somos un grupo mucho menos hábil e integrado. Y eso que nuestras comunidades usan la palabra con promiscuidad, adaptándola al gremio correspondiente.Tenemos comunidades de médicos o de abogados cuando reivindican un aumento salarial, y tenemos comunidades rurales aficionadas a la caza del zorro. Siempre que hay que hacer de la necesidad virtud, ahí surge la palabra, como aquella «comunidad de las apuestas hípicas» que fue a pedirle cuentas a Gordon Brown.

Con toda seguridad es equivocado tratar de comparar el islam y la cristiandad como si fueran dos grandes religiones con cursos paralelos, pero prueben a adaptar al cristianismo algunas de las cosas que se están escribiendo estos días acerca del islam.¿Tenemos una «comunidad cristiana» que englobe a la abadía de Westminster y a las iglesias de Peckham? ¿Se puede hablar, incluso, de una comunidad anglicana, cuando pasa la mitad del tiempo bajo la amenaza de una escisión por las mujeres obispos o los sacerdotes homosexuales? ¿Puede hablar mi párroco en nombre de la juventud de Streatham y Herne Hill? No les ha visto en su vida, y lo mismo podría decir del 95% de sus feligreses.

Aplicar este criterio en el análisis es un camino directo al ridículo. Somos una nación mayoritariamente laica o agnóstica, almas indecisas y votantes indecisos. No entendemos la fe devota y somos un desastre haciendo preguntas… especialmente si uno es reportero de televisión y sólo tiene 20 minutos para encontrar a alguien que represente a todo el pueblo de Leeds o de Liverpool.Por supuesto, esto no quiere decir que aquí no existan las comunidades o que no haya que entregar el carné de miembro a quienes pertenezcan a ellas. Los mauritanos en el Reino Unido tienen su pequeño papel específico. Brixton, tras los tumultos, tuvo algo más serio.Los chipriotas que viven al final de mi calle viven juntos y juegan juntos. El otro día fui a un cementerio judío al norte de Londres a visitar a un amigo que abandonó su fe pero aun así quería que sus cenizas permanecieran junto a su familia, y había una comunidad viva y auténtica a las puertas de la sinagoga.

Pero cuando el líder del Consejo Musulmán dice que la comunidad islámica no es distinta a cualquier otra comunidad y no debería ser tratada como tal, como si fuera «una comunidad criminal y problemática», está aplicando un giro terminológico definitivo.

Con esfuerzo, puedo detectar comunidades de Bangladesh en el East End, de Arabia Saudí a la salida de Edgware Road, paquistaníes en Bradford e indias en Leicester, más grupitos de afganos e iraquíes, todas ellas con sus mezquitas e imames, pero ninguna forma parte de una comunidad más amplia en el sentido en que lo empleaba el secretario general. Es absurdo pensar que el islam británico, después de una noche de negociaciones con el ministro del Interior, Charles Clarke, van a emitir una fatua contra los atentados suicidas y todos la van a observar. ¿Por qué no dictar entonces otra para llevar inmediatamente la paz a Bagdad, las ciudades que la rodean y los pozos petrolíferos?

La palabra engaña. Olvida cómo generaciones de inmigrantes van cambiando y separándose de la antigua fidelidad. Le falta capacidad de comprensión para formular cuestiones concretas de control y autoridad. Supone que hay un orden básico donde no existe y que la presión de una parte de la comunidad puede llevar la armonía al resto. Es bazofia periodística, flatulencia política y (en ocasiones) magnificación religiosa, y es mortalmente peligroso.Porque (véase el caso de Israel y Palestina), ¿qué ocurriría si la comunidad no tuviera éxito y prosiguieran los atentados? Pues que nos veríamos abocados al ojo por ojo más absurdo. Por eso las palabras fáciles y simplistas son tan letales.