No hay tiempo que perder

Por André Glucksmann, filósofo francés. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 05/05/07):

París. Tres de la tarde. El metro está prácticamente vacío. Una joven acaba de sentarse enfrente de mí. Lleva un cochecito con un bebé precioso. El niño me sonríe. Le respondo. Una sonrisa, luego otra y otra. Cada uno en su turno. Entre nosotros se entabla toda una conversación; muda, pero apasionante. Algunas estaciones más tarde, la mujer se levanta. La criatura agita la mano: "adiós". En ese momento, un hombre de mediana edad se acerca y pregunta en un tono afable: "¿Es usted Glucksmann?". "Sí" -respondo-. "Le he estado observando -prosigue sin la menor agresividad-. ¿Cómo puede usted sonreír a un niño y votar a Sarkozy?".

En París, el candidato de la derecha sonríe desde los tablones oficiales caracterizado con el bigote y el flequillo del Fürher. "Sarko = facha", "Sarko = Hitler", "Sarko = Mussolini": las pintadas de los muros despiden un tufillo a estupidez izquierdista. Los "Sarko = guiri" exhalan perfumes más nauseabundos.

La primera vuelta de las presidenciales ha constituido una espléndida victoria para la democracia: el número de votantes y el descalabro de los extremismos -empezando por el Frente Nacional- han reconciliado a la sociedad francesa con la República. Un milagro que preservaremos si -y solamente si- en la segunda vuelta se juega limpio, proyecto contra proyecto, programa para cinco años contra programa para cinco años; si -y solamente si- las votaciones del 6 de mayo no degeneran en un atraco a mano armada referendario o en una caza al hombre. Desde el momento en que la consigna "Todo Salvo Sarkozy", TSS, actúa como vínculo de una mayoría de churras y merinas, las elecciones se desvirtúan. La acumulación de noes de izquierdas y noes de derechas, el rechazo de los de arriba y el desdén de los de abajo, el enfurruñamiento del centro y las imprecaciones extremistas señalan un camino que no conduce a ninguna parte.

Si gana Ségolène Royal, tiene que ser gracias a las convicciones que transmite y a las medidas que propone. Flaco favor le estarían haciendo a ella y a Francia si la coronasen presidenta de prestado, puro producto de la angustia artificial suscitada por un Sarkozy transfigurado en espantapájaros brutal y xenófobo y respaldado en el muro del dinero. Transformar la segunda vuelta, en la que se trata de escoger entre dos candidatos, en un contraplebiscito para exorcizar a uno -¡que viene el coco!- equivale a infantilizar premeditadamente al electorado y a reemplazar la inteligencia del debate de ideas por los rumores descerebrados y el qué dirán.

Es verdad que Sarkozy divide. Las soluciones que propone no pueden gustar a todo el mundo. En lo que se refiere a Europa, desafío crucial para los próximos años, pretende poner fin a la parálisis mediante un tratado institucional mínimo ratificado en el Parlamento. Nada de nuevas consultas populares. No se puede decir que la intención sea precisamente demagógica. Por el contrario, Ségolène Royal anuncia un referéndum bis aderezado con un "protocolo social", lo que equivale a dejar la decisión para el día del juicio final. Ni su propio partido, ni las izquierdas europeas, ni mucho menos las derechas, ni tampoco los 27 países de la Unión se entienden sobre semejante proyecto. ¿Por qué esta ideología referendaria? Los diputados disponen del tiempo y la documentación necesaria para descifrar los ampulosos términos de los textos diplomáticos, y para eso los ha elegido el pueblo.

Respecto a la igualdad, Sarkozy perturba a propios y extraños con su llamada a la "discriminación positiva", que obliga a las autoridades políticas y económicas a frenar las desigualdades de hecho provocadas por la pobreza, el domicilio, el apellido o el color de la piel. Respecto a la laicidad, el candidato la violenta para salvarla. ¿Cómo? Proponiendo construir mezquitas con fondos públicos para que los fieles de la segunda religión de Francia no sigan reuniéndose cuasi clandestinamente en sótanos y garajes. ¿Acaso alguien prefiere que el integrismo fermente en esos cuchitriles? ¿Acaso es mejor que unos patrocinadores más que dudosos financien prédicas terroristas? Respecto a los servicios públicos, Sarkozy sugiere un servicio mínimo de transportes garantizado a partir de este mismo año mediante un acuerdo negociado con los sindicatos o, en su defecto, mediante una ley aprobada en el Parlamento.

Éstas y otras reformas, reclamadas desde hace lustros por una mayoría de franceses, suscitan aprensiones y corren el riesgo de molestar a algunos. Y es que Sarkozy inquieta. Tanto en estos asuntos como en otros de igual importancia (energía nuclear, disuasión, pensiones...), cuando se trata de enfrentarse a decisiones dolorosas, Ségolène Royal contemporiza, invoca una multitud de "moratorias" y aplaza las reformas urgentes para más tarde, o hasta nunca.

Dicen que Royal "une" mientras que Sarkozy "enfrenta". ¿La bella y la bestia? Henos aquíante dos métodos. ¿Cuál es más democrático? ¿El de Sarkozy, que no retrocede ante las disensiones y se atreve a presentar las alternativas a unos electores llamados a decidir con conocimiento de causa, o el de Royal, que promete la unidad a cualquier precio y promueve el inmovilismo?

Francia lleva treinta años vegetando en una burbuja pospolítica. Sus dirigentes no quieren indisponerse con nadie, enseguida pretenden unir a dos franceses de cada tres (Giscard d'Estaing) o reconciliar definitivamente al país con sus representantes (Mitterrand). La misma abulia se apoderó de Chirac, que nunca se recuperó de aquel 82% accidental de 2002. Ségolène Royal se inscribe en esa herencia. Su baza es la de no tomar partido entre los defensores del en el referéndum sobre Europa y los que hicieron triunfar el no, entre los que algunos tachan de "socioliberales" y los que veneran sus viejas glorias estatistas, entre los propalestinos y los amigos de Israel, los laicos y los simpatizantes del islam, los atlantistas y los soberanistas, los que celebran y los que deploran las 35 horas, los que quieren limitar la inmigración clandestina y los que quieren regularizaciones masivas, etc. A todos los cuales se suman en esta segunda vuelta unos centristas hasta ahora anatemizados como "consustancialmente de derechas". Para pescar todos esos peces, Ségolène dice una cosa y la contraria. Trascendiendo las diferencias, más allá de las oposiciones y los conflictos, pone a todo el mundo de acuerdo... sobre nada.

A base de no querer ofender a nadie, el "círculo virtuoso" de las uniones sagradas nos condena a dar vueltas en redondo. ¿Cuándo subiremos al tren de los países europeos que han enderezado sus economías -Dinamarca, Inglaterra, Irlanda, España...-? Hasta nuestro socio alemán, afrontando con más decisión unas dificultades que son también las nuestras, ha podido integrar a 17 millones de ciudadanos pobres de la antigua RDA (los "ossis") a partir de la caída del Muro, mientras que Francia expulsaba del mercado de trabajo a millones de jóvenes y no tan jóvenes. Ha llegado el tiempo de las reformas. Habría, no obstante, que proponerlas antes de ir a votar para que las urnas les concediesen una legitimidad democrática incuestionable.

Queda la objeción suprema: el noqueador de Le Pen es "racista", como demuestra su intención de crear un ministerio infernal. En mi opinión, los verdaderos lepenistas son esos beatos de izquierda y de centro que, sin dudar, presuponen que la única relación posible entre identidad nacional e inmigración ha de ser la de exclusión. ¿Por qué entender necesariamente que un ministerio de inmigración e identidad nacional tiene que ser un ministerio de la identidad contra la inmigración? ¿Qué les da derecho a tan malintencionada interpretación? A Sarkozy de nada le sirve repetir que la identidad francesa no es étnica, que la nación se ha enriquecido sin cesar con las sucesivas oleadas de inmigrantes -de las que su familia formó parte-, que frente a Vichy, la resistencia al nazismo debe mucho a los republicanos españoles, a los armenios, a los judíos... Es inútil. Un canalla inmundo acaba de saltarse la línea continua.

A lo mejor Olivier Besancennot, François Bayrou y Ségolène Royal necesitaban que viniese el lobo feroz para abrazarse en una paupérrima comunión espiritual. El 6 de mayo, en la cabina electoral, cada ciudadano escogerá entre dos papeletas, una para Royal, otra para Sarkozy. Y no entre un o un no dirigidos a un fantasma. Esgrimir la fórmula mágica "Todo Salvo Sarkozy" para abrirle las puertas del Elíseo a Ségolène, diga lo que diga hoy y haga o no haga mañana, es lo más parecido a una estafa. Sería como enterrar el magnífico despertar de la primera vuelta, como reiterar el cártel del no que cortó en seco el impulso europeo y perpetuar tres décadas de estancamiento y debilitamiento francés. Y no tenemos cinco años que perder.