No imaginar alas, sino moverlas

Por Juan Goytisolo, escritor (EL PAÍS, 13/06/08):

Como un siglo atrás, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, vivimos en una época de ensimismamientos identitarios y religiosos, nacionales o étnicos en la que el razonamiento individual es asfixiado por una presunta voluntad colectiva. Como un jinete desbocado, ésta arrambla con las voces críticas, a las que se acusa de traición, y enardece los ánimos del rebaño apriscado a la fuerza en ella. Es el nosotros o ellos: la fortaleza identitaria presupone la existencia de un adversario del que hay que defenderse con uñas y dientes. Las voces broncas de los abertzales etarras o de la ilegalizada Batasuna, las de la jerarquía ultramontana de Cañizares y Rouco Varela, de los cristianos renovados del entorno de Bush y las de la nebulosa del islamismo radical, ya sea el de los salafistas, talibanes o yihadistas de Al Qaeda, tienen un elemento común. Todas ellas se expresan como depositarias de una misión encomendada por la divinidad o por el imperativo de una causa patriótica, aunque sepamos que tras estas pantallas se ocultan intereses materiales —poder político, económico o religioso— menos confesables. El desprecio a las vidas ajenas e incluso a la de los “mártires” de la propia causa legitima el recurso a la violencia, tanto en el caso de la invasión ilegal de Irak, como en el de los atentados mortíferos perpetrados estos últimos años en nombre del islam. La guerra asimétrica de Bush y su entorno —un entorno magistralmente retratado por James Mann en su obra Rise of the Vulcans, recientemente traducida al español— ha alentado sin proponérselo la mundialización del terror y su conversión en una muy rentable mercancía.

Desde el 11-S vivimos atenazados entre la ubicuidad del dios Mercado y las múltiples caretas del dios Marte, cuyos mensajes se difunden instantáneamente por Internet y cuyas técnicas de adoctrinamiento y enganche exigen a su vez de los llamados infieles o apóstatas la continua elaboración de nuevas armas letales y de complejos y perfeccionados sistemas de detección y control. Los manipuladores del terror y los fabricantes de herramientas forjadas para combatirlo descartan por tibios y derrotistas los argumentos de cuantos disienten de su disyuntiva y se esfuerzan en explorar y abrir caminos al diálogo y no a la confrontación. El discurso propagado por los altavoces del exclusivismo religioso, nacional o ideológico condiciona nuestras vidas y convierte a las sociedades atrapadas en el redil consumista en ovejas sin voz.

Sólo las críticas sensatas y juiciosas a la presunta inevitabilidad del choque de civilizaciones pueden devolvernos a la razón. El creciente número de políticos, intelectuales y periodistas que lo ponen en tela de juicio en los países democráticos a la luz de lo que acaece y puede acaecer aún en Oriente Próximo, debería acompañarse no obstante, para ser eficaz, de un idéntico rechazo a su maniqueísmo por parte de las agobiadas y divididas sociedades árabes de la orilla sur del Mediterráneo. ¿Deseos píos? Yo creo que no. Pues este “angelismo” con el que se pretende descalificar a la causa que defendemos no tiene en cuenta la evolución de las ideas en el mundo a la vez uniforme y contradictorio creado por la globalización. Para que las cosas sean posibles un día hay que pedirlas cuando parecen imposibles. Si renunciamos de entrada a dicha posibilidad nos entregamos atados de pies y manos a lo que Octavio Paz llamada con gran acierto “fatalismo risueño”.

No nos engañemos sobre el significado real del choque de civilizaciones: se trata de un eufemismo para ocultar el enfrentamiento entre dos de ellas, la de Occidente —ya sea cristiano o laico— la del islam, aunque Huntington haya extendido sus planteamientos agoreros a la supuesta existencia de una quinta columna hispana en el ámbito de la sociedad estadounidense que amenazaría, según el autor, los valores de la democracia norteamericana. Dicho enfrentamiento se remonta a la época del califato de Damasco y a la expansión del credo musulmán en el Magreb y Al Andalus; es ante todo un viejo conflicto mediterráneo. La novedad de la última década estriba en la asunción de dichas tesis por la primera potencia del planeta gracias al fundamentalismo neoconservador y mesiánico del actual inquilino de la Casa Blanca: el predicado por Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz, Armitage, etcétera. Desaparecida la URSS y el fantasma comunista, el enemigo es el islam.

Desde el horrible e hipermediatizado desplome de las Torres Gemelas, la proliferación de opiniónomos aseverativos y contundentes en su afirmación de que la raíz de los males que nos afectan se halla en el Corán ha cuajado en la idea mil veces repetida de que el islam es incompatible con la democracia. Responderé de entrada que tal afirmación soslaya el hecho de que todos los libros sagrados —el Pentateuco, la Torá, los Evangelios y el revelado a Mahoma— admiten pluralidad de lecturas, unas pacíficas y otras exaltadoras de la violencia como arma legítima. Pero el quid del problema no radica en los textos sino en la pregunta: ¿por qué la beligerancia virtual latente en ellos se activa en un determinado momento en la mente de sus fieles y se convierte en un instrumento de muerte y terror? La Cristiandad y el Islam han conocido épocas de tolerancia e intolerancia, de plenitud y de barbarie. Dejemos pues la teología a los teólogos, no caigamos en la trampa de recurrir, aunque fuere para refutarlos, a argumentos religiosos. La reiterada afirmación de la “esencia cristiana” de Europa es un buen ejemplo de ello. Como decía Blanco White a propósito de las querellas religiosas de su tiempo:

“En tanto que no bajen los ángeles para decidir entre las opiniones diversas de los hombres, cualquiera a quien se le encargue el hablar en nombre del cielo no será más que el oráculo de sus propios deseos y pasiones […] Si nos atenemos a meras teorías, fácil cosa fuera hacer creer a los hombres que con un par de alas, de tamaño proporcionado a su cuerpo, podría volar, como las águilas, hasta las nubes. La dificultad no está en imaginar las alas, sino en moverlas”.

Por una vez, estoy plenamente de acuerdo con mi amigo Serafín Fanjul —yo mantengo las viejas amistades personales al margen de la confrontación de ideas— cuando, refiriéndose a la reiterada cita de azoras y alhadices por los islamólogos occidentales, observa: “Pero ambos corpus documentales [el Corán y la Sunna] que componen la base de toda la doctrina jurídica islámica no dejan de ser teoría, letra venerada, pero letra. Importa más, a mi juicio, la historia de las acciones islámicas o la observación de lo que acontece ahora mismo, único terreno en el que podemos intervenir para cambiar el curso de los acontecimientos” (Abc, 31-3-08).

El panorama que pinta Fanjul es sombrío y coincido con él. Mas, si pasamos de las palabras a los hechos, ¿qué tipo de intervención resulta más adecuado a los principios democráticos que defendemos? ¿Un ataque preventivo a Irán? ¿Machacar aún con mayor fuerza a la indefensa población de Gaza por el delito de votar mal? ¿Multiplicar el envío de armas a Israel y a las teocracias del Golfo? El desastre sin paliativos de la política norteamericana en Oriente Próximo —con su apoyo incondicional al expansionismo israelí y su desconocimiento total de las realidades sociales, religiosas y culturales de los países árabes— muestra la inanidad del mero recurso a las armas para doblegar a unas sociedades que ven en el islamismo su último recurso de salvación. Equiparar éste con el nazismo o el bolchevismo no es sólo una comparación falsa sino ante todo un disparate estratégico y táctico. La nebulosa salafista no obedece a ningún Hitler o Stalin ni dispone de potentes ejércitos. Es un instrumento de presión que se sirve del aura sagrada de la yihad con miras a la conquista del poder detentado por regímenes calificados de corruptos e impíos: esto es, un objetivo político que puede y debe ser combatido por medios políticos. Por dicha razón, habrá que evitar a toda costa las generalizaciones mortíferas que tan a menudo escuchamos en boca de periodistas, estrellas de la tele y radiopredicadores. No hay que tomar la parte por el todo sino subrayar al contrario la diversidad de situaciones existentes en el mundo islámico: lo que vale para Pakistán no vale para Marruecos. Pese al dogma y preceptos compartidos —aunque diferentemente interpretados—, el área del Islam es sociológica e históricamente un tejido hecho con retazos de distintas telas. Las causas de los atentados sangrientos de los últimos años son también sociales, económicas, políticas y culturales, aunque los suicidas y quienes los manipulan invoquen a la divinidad.

El creciente autoritarismo de los regímenes políticos árabes, ya sean las monarquías tradicionales, ya las nuevas dinastías republicanas como las de Siria o Libia, se funda en el temor de sus líderes al manifiesto descontento y frustración de sus pueblos por la diferencia abismal entre quienes gozan de todo y quienes no tienen nada y por la camisa de fuerza de un sistema cerrado y rígido que dificulta, si no impide, la movilidad social. Desacreditados el nacionalismo impulsor de los movimientos independentistas y el juego inane de unos partidos que no conectan con la sociedad, el islamismo, como señala Hicham Ben Abdalá El Alaoui en Le Monde Diplomatique del pasado mes de abril, aparece hoy “como el mejor portavoz de los descontentos y de las exigencias de cambio incluso entre los grupos tradicionalmente izquierdistas y laicos, como el estudiantado”.

Los dilemas a los que se enfrentan los actuales críticos del anquilosamiento del cuerpo doctrinal del Islam, como Mohamed Charfi (Islam y libertad) y Abdelwahab Meddeb (Sortir de la malédiction), me recuerdan a aquellos con los que debían lidiar los ilustrados españoles hace dos siglos: la inercia y el acatamiento fervoroso del pueblo a unos hábitos refrendados por una tradición secular. ¿Cómo influir en la masa de fieles sorteando el previsible fracaso de un ataque frontal, a veces con la ayuda de ejércitos extranjeros, como en el caso de Bonaparte, a unas creencias respetables en sí pero manipuladas por un dogmatismo excluyente de la diversidad religiosa, étnica y cultural?

Conscientes del fatalismo creado por el peso de la historia, los intelectuales árabes más lúcidos defienden una política pragmática que rehúya la democratización impuesta desde fuera. No hay que confundir, precisan, la creencia religiosa con su expresión temporal y legal. La labor crítica y educativa debe ser gradual para resultar efectiva. La violencia engendra nueva violencia y la espiral sangrienta así abierta (Palestina, Líbano, Iraq…) resulta difícil de cerrar. Reforma, y no espada. El remedio ha de aplicarse a la raíz del estancamiento político, religioso y cultural, pero sin arrancarla.

Los planteamientos radicales de los actuales fustigadores del Islam no nos explican cuáles son los pasos que conducen a una política real y práctica respecto a la masa de 1.300 millones de musulmanes atrapados entre el desaliento y el peso creciente de la intolerancia entre sus sociedades. La propuesta de Meddeb —“comprometernos con la construcción de un Estado pragmático”— me parece factible si el reformismo, entreverado con valores laicos, cuenta con el apoyo real y concreto de la Unión Europea y de los miembros del Foro Mediterráneo.

Libertad de interpretación religiosa, crítica, reforma: tales son los pasos de quienes, en el seno de las sociedades musulmanas, aspiran a un compromiso entre democracia e islam. En este largo y azaroso trayecto, la lucha por la igualdad jurídica y práctica de la mujer será un objetivo primordial. La feroz discriminación que sufre en la mayoría de países musulmanes, fruto de la conjunción de tradiciones patriarcales preislámicas y de la impronta del lenguaje beduino de los tiempos del Profeta —un tema, este último, finamente analizado por Mohamed Ennaji en L’amitié du Prince: remontándose a la raíz de las palabras llega a la raíz de los problemas—, se concreta en una situación de minusvalía y dependencia expuesta a la vista de todos. La situación varía, como es obvio, de un país a otro, pero la unión casi hipostática entre el poder estatal y su soporte religioso, constituye un obstáculo difícil de salvar. En mi opinión —no la de un islamólogo que no soy ni pretendo serlo: sólo de alguien que mira a las sociedades musulmanas desde dentro—, el reformismo pragmático es el único medio de remediar gradualmente el ensimismamiento y desigualdad que les agobian. Ello exige como premisa el desenvolvimiento de una educación cívica y de una crítica empírica: no imaginar las alas del libre vuelo, sino moverlas.